Mazatlán Decimonónico
Antonio Lerma Garay















MAZATLÁN DECIMONÓNICO
©  2005, Jesús Antonio Lerma Garay.
Queda rigurosamente prohibida la reproducción parcial o total de esta obra.
D. R.   Noviembre del año 2005.
ISBN  1-59872-220-4





El Triste Pueblo de un Banquero Español

Durante las últimas décadas de la dominación española las ciudades más importantes del sur de Cinaloa eran Rosario y San Sebastián. Y referirse a las islas de Mazatlán para los marineros no era sino precisar el punto que servía de referencia para llegar a Presidio de Mazatlán. La localidad que actualmente conocemos como Mazatlán carecía por completo de importancia poblacional, ya no digamos comercial. El puerto de San Blas en el cantón de Tepic, más cercano a Guadalajara y que dependía del mismo estado de Jalisco, lo superaba en importancia. La marina española tenía ahí la mayor base naval del Pacífico de la Nueva España. Dicho puerto era el preferido por las autoridades por ser más cercano a la ciudad capital. Sólo de vez en cuando el puerto de Mazatlán era utilizado por  misioneros y autoridades en su paso hacia las Californias u otras regiones del norte.

A través de los siglos diecisiete y dieciocho gran parte de los exploradores europeos ignoraban la existencia de este puerto. En el mapa de América Septentrional del duque de Orleáns, impreso el año mil setecientos cuarenta y seis, se muestra el territorio de la Nueva España y en la parte correspondiente al sur de Cinaloa, se aprecian  Rosario y  San Sebastián. Mazatlán, se aprecia mas no como un puerto sino como una población ubicada al margen del río del mismo nombre,  es decir lo que hoy conocemos como Villa Unión.  El inglés George Vancouver al regreso de su exploración por el norte de nuestro continente, en diciembre de mil setecientos noventa y  cuatro, pasó por estos lares de la Nueva España y los describe así “las islas Marías, yacen entre Cabo San Lucas y Cabo Corrientes, antes del puerto de San Blas” ; pero para nada menciona el puerto de la tierra de venados. Lo mismo sucede con Otto von Kotzebue quien efectuó su viaje alrededor del mundo entre los años mil ochocientos quince y mil ochocientos dieciocho. En su mapa, realizado por el almirante Krusenstern, en el Pacífico mexicano se aprecian sólo San Blas, Cabo San Lucas, Cabo Corrientes y Acapulco.

Michael C. White, inglés también conocido como Miguel Blanco, fue uno de los primeros europeos en visitar este puerto. Llegó aquí el año mil ochocientos diecinueve a bordo de la goleta Flor de Mayo, la cual era capitaneada por el español Pepe Sailas. El inglés señala “de La Paz nos dirigimos a Mazatlán, donde no había otro edificio más que el de la aduana” . En realidad la consolidación de Mazatlán como  puerto abierto al comercio no vino sino una vez consumada la Independencia de México.

La balandra Blossom zarpó de Spithead, Inglaterra, el diecinueve de mayo de mil ochocientos veinticinco. Ésta, a pesar de estar equipada con dieciséis cañones, tenía una misión puramente científica consistente en explorar el estrecho de Bering. Por tal razón su capitán,  William Frederick Beechey, había sido instruido que en caso de que surgiese la guerra entre Inglaterra y alguno de los países que tocaría, debería izar bandera blanca y abstenerse de participar  en combate alguno. La balandra visitó no sólo el estrecho de Bering, sino que ya de regreso a Europa, a su paso por la República Mejicana, ancló en lugares como San Francisco y Monterey, California; San Blas, Jalisco; y Mazatlán, Cinaloa. A este puerto llegó el barco el tres de febrero de mil ochocientos veintiocho. Fue este hombre inglés uno de los primeros exploradores europeos en llegar a nuestro  puerto. 

Durante los cinco días que pasó en este puerto, Frederick Beechey no se concretó a ver el caserío de pescadores que era el Mazatlán de ese entonces. Él era un cartógrafo por naturaleza y durante su breve estadía realizó uno de los primeros y más exactos mapas no sólo del puerto y sus alrededores, sino también de aquellas casas al norte del cerro de la aduana. En este documento, que abarca desde la punta del Sábalo hasta la península de la Piedra, entre otros aspectos se pueden apreciar las dos lagunas de agua fresca de donde se surtían los mazatlecos; el camino que conducía al norte; y una veintena de construcciones al noreste del cerro de la aduana .

Un testimonio más sobre la falta de importancia poblacional del Mazatlán de las tres primeras décadas del siglo diecinueve nos lo brinda el teniente Wise, quien señala: “En el año 1830 Mazatlán era una miserable villa de indios pescadores, pero debido a su ventajosa posición al proporcionar mejor puerto y agua fresca para barcos grandes que cualquier otra al norte de Acapulco; sus facilidades de comunicación con los ricos distritos mineros de Zacatecas, Durango y Culiacán; además del mercado abierto en las pobladas provincias que colindan en el Pacífico, pronto su magnitud prosperó a una pequeña ciudad de diez mil habitantes y se convirtió en el punto comercial más importante del continente al norte del ecuador” . 

Otro dato que nos da una idea de la carencia de importancia poblacional de nuestro puerto en los primeros treinta años decimonónicos  es el decreto mediante el cual el Estado de Occidente se dividió, resultando de nuevo los estados de Sonora y Sinaloa. El catorce de octubre de mil ochocientos treinta el gobierno de la República emitió este decreto que en su artículo segundo estipulaba  “El estado de Sinaloa se compone por ahora y entretanto se instalan las nuevas legislaturas que convengan entre sí sobre la demarcación de sus respectivos distritos, de los departamentos de S. Sebastián, Culiacán y el Fuerte. El estado de Sonora de los departamentos de Arizpe y Horcasitas, según están demarcados unos y otros en la constitución del estado”. 

Sin lugar a dudas uno de los primeros testimonios, quizá el primero, que conocemos sobre el incipiente florecimiento de nuestra ciudad nos lo brinda el francés Abel Aubert du Petit-Thouars.

A las seis de la tarde del doce de diciembre de mil ochocientos treinta y siete, ancló en las cercanías de la isla de Venados la fragata francesa Vénus . La mañana siguiente du Petit-Thouars, quien era el capitán del navío, envió a tierra una lancha para avisar a las autoridades sobre su llegada. Al mediodía el bote regresó al navío y se escucharon las veintiún salvas con las que los barcos extranjeros saludaban el pabellón nacional. Desde tierra los mejicanos saludaron a la bandera francesa de la misma forma. Luego los marineros franceses bajaron a tierra. El navegante había seguido la narrativa de William F. Beechey como guía y le había servido para llegar a nuestro puerto. Sin embargo, algo no encajaba. El caserío que aquel inglés había visitado unos cuantos años atrás era ahora una próspera y creciente villa en la que vivían de cuatro a cinco mil personas. Du Petit-Thouars quedó admirado al notar el crecimiento y la prosperidad del puerto, y se refiere al respecto: “En menos de ocho años Mazatlán, triste pueblo,  compuesto apenas de unas chozas miserables y un pequeño número de habitantes que no se ocupaban sino de la pesca, se ha convertido en una villa de comercio muy frecuentada y ya muy importante” .

El capitán francés saludó  al más afamado y conocido de los comerciantes mazatlecos, disfrutó de su amabilidad y cordialidad. Era éste un banquero nacido en España, de gran visión y habilidad para los negocios, que estableció relaciones comerciales con barcos que iban y venían entre Mazatlán y lugares tan distantes como Perú, Chile, Estados Unidos, China y Europa. Pronto sus negocios lo hicieron fundar la primer casa comercial del puerto.

Fueron las actividades comerciales de este gran señor las que dieron impulso al caserío de pescadores para convertirlo en tan sólo ocho años en la floreciente villa a la que llegaron los tripulantes del Vénus. Con sumo respeto y admiración du Petit-Thouars se refería a este banquero y negociante español como Monsieur Machado.

El negocio del señor B. Machado  era el único que existía en el puerto, y “recibía cada año dos o tres embarques de Europa, un número más elevado de barcos de Valparaíso y varios de China” . Mas no pasó mucho tiempo monopolizando, ya que para el año de mil ochocientos treinta y tres se abrieron seis casas comerciales más . El comercio de este puerto era ya de  vital importancia para la economía no sólo de la costa del Pacífico mexicano, sino de gran parte del noroeste. “Las cargas de bienes europeos importados a esta costa anualmente son de aproximadamente ocho barcos de trescientas toneladas en promedio, de los cuales unos cinco descargan  en el puerto de Mazatlán, y de aquí  son distribuidas al interior mediante mulas y a lo largo de la costa en barcos más pequeños” .

El nombre oficial de Mazatlán cuando Duflot de Mofras llegó a este lugar, en mil ochocientos cuarenta, era Villa de los Cotilla. El navegante francés calculó una población de ocho mil habitantes “ésta se incrementa a doce mil, especialmente cuando mercaderes de las provincias de Chihuahua, Jalisco, Sonora, Colima, Sinaloa y Durango arriban para hacer compras” . Ese mismo año veintiocho barcos extranjeros, cuatro de ellos de bandera francesa,  llegaron hasta aquí y vendieron mercaderías con buenas ganancias. El desarrollo económico era inminente; nuevas casas comerciales se abrían por mexicanos y extranjeros ansiosos de invertir su dinero o que aprovechaban sus puestos gubernamentales. Duflot de Mofras hace una enumeración de éstas: la casa de John Parrot y M. Valadé ; Scarborough and Company , de Nueva York; Kayser Hayn y Compañía, de Hamburgo ; M. Denghausen , de Hamburgo; Castaños, española ; Machado y Yeoward, angloespañola; Penny y Vega, anglomexicana; y las francesas Patte y Sellier, Gaucheron, Fort y Serment, y Vial.  Aunque años después, Duflot de Mofras realizó otro plano de nuestra ciudad el cual es mucho más famoso y conocido que el de William F. Beechey.

San Blas decayó prontamente ante el gran auge de Mazatlán, que obligaba a que muchas de las actividades comerciales se realizasen ya no en aquellos lares sino en el pujante puerto sinaloense . Por supuesto que no sólo el puerto jalisciense menguó ante la prosperidad del nuestro. Como había sucedido en la antigüedad las importaciones y exportaciones causaron que la villa junto al mar opacara a las poblaciones del interior; en este caso Presidio de Mazatlán, San Sebastián y Rosario. Ya no era más el caserío de indígenas pescadores ni el triste pueblo, ya era “Mazatlán, la ciudad de los negocios y del materialismo” .

Jatsutaro y Zensuke, los náufragos del Eiju Maru, llegaron a esta ciudad a principios de diciembre de mil ochocientos cuarenta y dos. En su narrativa el primero de ellos reporta “El pueblo de Mazatlán tiene algunas setecientas casas en total” .

Ya muy cercana la invasión estadounidense, William Maxwell Wood llegó a Mazatlán el tres de enero de mil ochocientos cuarenta y cinco, y se refiere a éste de la siguiente forma “tiene una apariencia fresca, floreciente y de prosperidad, inusual de los pueblos mexicanos.  De ser una pequeña villa  de repente se ha erigido en toda una ciudad... Las moradas son, por supuesto, recién construidas y al estar pintadas con lechadas  dan a la ciudad una apariencia de claridad y alegría, y están construidas en estilo español”  .

Cuando los estadounidenses se posesionaron del puerto, en mil ochocientos cuarenta y siete, el teniente Wise describió a Mazatlán de la siguiente manera ”El pueblo está construido sobre un espacio triangular cuyos ángulos están formados por tres cerros, el vértice es un peñasco que se extiende hacia el mar, y más allá dos  isletas apenas divididas del casco del Crestón. Estas puntas salientes juntas forman una partición temeraria que, con otra barrera paralela hacia el este, separa el océano lo suficiente como para admitir un anclaje seguro, excepto por los vientos del sur. Esto es llamado Puerto Nuevo. A la izquierda y derecha del pueblo hay playas curvas y arenosas; una paralela a Puerto Nuevo, protegida por una barra de arena, que contiene buen abrigo para barcos pequeños. Más allá un amplio estero corre tierra adentro sesenta millas hacia el sur, mientras que un canal se extiende hacia el poniente, rodea Mazatlán y pasa algunas millas paralelo al mar. Sólo una estrecha faja de pantano y arena evita que el océano y  estero se junten. A la derecha del pueblo  comienza un pequeño parche de arena llamado Olas Altas, donde se sitúan algunas de las mejores construcciones, después está una elevación en forma de domo y  más allá hay una muesca anteriormente usada como Puerto Viejo, y la playa continúa con una suave curva hasta donde la vista alcanza, hacia el golfo, hacia el norte”

Por su parte, en el mismo período, el capitán S. F. Dupont señala que el puerto contaba con once mil habitantes . Mientras que para enero de mil ochocientos cincuenta el señor E. Gilbert se refirió Mazatlán en los siguientes términos “el pueblo luce un aspecto de economía, energía y empresa que fue más agradable y que no estaba preparado para encontrar”. Él calculó la población mazatleca entre cinco y diez mil personas .  El traslado de los poderes estatales a esta ciudad, en mil ochocientos cincuenta y dos, mismo que duró hasta mil ochocientos setenta y tres, tuvo repercusiones en la población ya que un número estimado en mil quinientas personas originarias de Culiacán se establecieron aquí .

El Evening Bulletin de San Francisco, en su edición del dos de enero de mil ochocientos sesenta y cuatro reportó “La ciudad de Mazatlán nunca mostró indudables evidencias de prosperidad y crecimiento como en el presente. A esta fecha hay veintisiete edificios en proceso de construcción además de muchas residencias ordinarias en los suburbios”.

El año mil ochocientos sesenta y ocho la prensa local daba fe de que la ciudad no contaba ni con medio siglo de haber sido fundada “Mazatlán, población que aun no lleva cincuenta años de existencia, se encuentra por así decirlo en los primeros años de la vida. Habiendo debido su origen a las especulaciones, se ha ido ensanchando mas y mas hasta formar hoy la ciudad mas poblada, mas hermosa y mas culta de las que existen en el litoral del Pacífico”. 

Según la Enciclopedia Británica, para mil ochocientos setenta y uno Mazatlán tenía  doce mil setecientos seis habitantes. 

Leonidas Hamilton durante su estadía en el puerto, a finales de la década de los años setenta, calculó una población de diecisiete mil habitantes y un promedio de quinientas casas comerciales. Él hace una enumeración de las principales, las cuales eran: Rogers y Marshall; Juan Cristobal Farber; Edward Coffey; Budwig y Rasch; Isaac V. Coppell; Charpentier; Reynard y compañía; Peña y compañía; Hernández, Mendía y compañía; Bartning Hermanos y compañía; Melchers Sucesores; Hermanos James; C. Goldschmith; Hermanos L. Cannobio; Hermanos Díaz de León; M. Magaña; Hermanos Maxemin; J. Kelly y compañía; F. Echeguren, hermana y sobrinos; J. De la Quintara y compañía; Haas y Encinas; F. Tellería y compañía; T. Heyman y compañía; Lewels y compañía; Calisher y Jacobs; La Mazatleca y hermanos J. Gallick; la Relojería Alemana de Lewis Loeske; Ignacio Escudero; y,  Cruzet. Existían también dos fundidoras, una de ellas denominada Vicente Ferreira y compañía. 
Los principales edificios eran la aduana, una iglesia nueva, que hoy día es la catedral, el palacio municipal, el cuartel de artillería, una fábrica de algodón, una gasera y los hoteles Iturbide y  Nacional .






Cuando Mazatlán dejó de existir

La siguiente es transcripción íntegra del decreto por el cual Villa de la Unión oficialmente dejó de llamarse Presidio de Mazatlán. Este hecho dejó vacante a este nombre, Mazatlán,  y toda vez que el puerto era conocido por los navegantes como Islas de Mazatlán, la ciudad no tardó en adoptar dicha denominación.


“El gobernador provisional del estado de occidente, á sus habitantes SABED: que el Congreso del mismo Estado, ha decretado lo siguiente

Nùm. 81. El Congreso constitucional del Estado libre, independiente y soberano de occidente, ha tenido á bien decretar lo que sigue
Se declara Villa de la Unión al Presidio de Mazatlán; y Villa de Diana el que hoy es pueblo de Chametla.
Lo tendrá entendido el gobernador del Estado, y dispondrá su cumplimiento, haciéndolo imprimir, publicar y circular. Concepción de Álamos 11 de Setiembre de 1828 = José Manuel de Estrella, diputado presidente =Carlos Ortiz de Echeverría, diputado srio. = Antonio Almada, diputado srio.
Por tanto mando se imprima, publique y circule, dándosele el debido cumplimiento.
Dios y libertad.  Concepción de Álamos 11 de Setiembre de 1828

José María Gaxiola

José Francisco Velasco
Srio.”





El Cañón del Héros

Al amanecer del veinte de noviembre de  mil ochocientos veintiséis, dos barcos navegaban hacia Mazatlán procedentes del noroeste. El más cercano al puerto, el Rosa, era originario de Génova aunque provenía de China, tenía tres mástiles y era comandado por el capitán Thérèse; esa misma noche ancló en el puerto. El otro era el Héros, barco francés de trescientas setenta toneladas, proveniente de las costas de California que hasta la mañana siguiente pudo tirar ancla en las cercanías de la isla de Venados. El barco francés saludó a la República Mejicana haciendo disparos al aire con su improvisado cañón. Luego desembarcaron los franceses Auguste Duhaut-Cilly, capitán del barco, y Jean-Baptiste Rives, un miembro del Congreso estadounidense, y varias personas más entre las que se encontraba el gobernador de California .

En ese entonces Mazatlán estaba constituido por un simple caserío sin planeación alguna, ubicado al norte del cerro de la aduana,  que era habitado principalmente por pescadores. La Bahía del Fondeadero bañaba la falda oriente de esta elevación.

A ese caserío llegaron los extranjeros y saludaron al teniente coronel del ejército mejicano y al capitán de resguardo de la aduana. Éste le indicó a Auguste Duhaut-Cilly que las leyes mejicanas requerían que el capitán del navío extranjero depositara su manifiesto dentro de las cuarenta y ocho horas siguientes a su llegada al puerto. El capitán de resguardo le advirtió que si desembarcaban por lo menos un solo artículo, todo la  carga debería ser desembarcada y pagaría un impuesto del cuarenta y seis por ciento , independientemente de que la carga fuera vendida en el puerto o reembarcada.

Duhaut-Cilly solicitó al capitán de resguardo un trato especial debido a que transportaba a un miembro del Congreso estadounidense. El guardia de la aduana le respondió que no estaba a su alcance dar solución a su petición, por lo que lo conminó a trasladarse hasta la ciudad de Rosario a exponer su caso a la Comisaría General. Al día siguiente hasta allá se desplazaron Jean-Baptiste Rives y el comandante Padrés, otro pasajero del barco. Pero pasó una semana y no regresaban al puerto.

En ese tiempo arribó de San Blas un nuevo capitán de resguardo a quien todos temían por su fama de incorruptible e inflexible. Duhaut-Cilly fue advertido de ello, pero no se amilanó y de inmediato se presentó ante él para exponerle su caso. El nuevo encargado de la aduana se mostró comprensible y aconsejó al francés solicitar permiso para cargar agua y madera, lo cual le permitiría  permanecer varios días en el puerto. Al mismo tiempo le ordenó desplazar el Héros a las cercanías del edificio de la aduana. Así lo hizo el francés, anclando el barco en la Bahía del Fondeadero, cerca  de la isla del Crestón.

Si bien el plan original de Auguste Duhaut-Cilly era no desembarcar su cargamento, don Ignacio Fletes, un comerciante de Presidio de Mazatlán,  entró en contacto con él y le compró varias de las mercancías que traía a bordo del Héros, obligándolo a depositar su manifiesto en la Aduana. Gracias a ello las autoridades mejicanas se enteraron que el barco francés transportaba varias mercancías prohibidas  por lo que desde Presidio de Mazatlán se ordenó su salida. En ese entonces la citada población  en las márgenes del río era mucho más grande e importante que el puerto y contaba con oficinas administrativas y un destacamento de soldados. 

Mas Duhaut-Cilly no se dio por vencido y contrató a un guía que lo llevara hacia allá para solicitar un permiso especial. Montados en mulas, ambos hombres  salieron el día once de diciembre. El francés quedó fascinado por los raros árboles y arbustos así como por bellas flores que encontraban mientras avanzaban. A la mitad del camino los jinetes se refrescaron en un rancho denominado El Castillo. Un poco más tarde llegaron a la orilla del Río Mazatlán donde, para no mojarse, cruzaron sin apearse de los equinos. Minutos después llegaban a Presidio de Mazatlán. El capitán del Héros pasó varias noches en la casa de Ignacio Fletes. Así describe la casa de este comerciante mazatleco “Es un edificio cuadrado y grande con una sola entrada... Es de un solo piso, pero los cuartos son grandes y con techos altos, y muy limpios. Está construida de ladrillos. En los cuatro lados del patio interior una línea de columnas pintadas color rosa  sirve de base a una serie de galerías y le da un aire de opulencia  a la vivienda. El exterior tiene aspecto de prisión, o al menos parece de esas casas orientales que igualmente tienen pocas puertas o ventanas”.

Al amanecer del día doce de diciembre Duahut-Cilly se encontraba en Presidio de Mazatlán cuando el cañón del Héros respondió a los disparos que soldados mejicanos hacían desde las barracas. El sonido de los cañonazos retumbaba por todo el caserío del puerto. ¿Qué sucedía? ¿por qué razón los soldados mejicanos disparaban y los marineros franceses les respondían?

Antes de partir rumbo a Presidio de Mazatlán, el capitán francés había recibido un oficio del comandante del puerto haciéndole saber que al día siguiente se conmemoraba a la Virgen de Guadalupe y el cumpleaños del Presidente de la República, Guadalupe Victoria. Por tales razones se le hacía una invitación a contribuir en el esplendor de los festejos respondiendo a los disparos de cañón que se harían desde tierra. Auguste Duhaut-Cilly aceptó de inmediato y se comprometió a colaborar con la celebración.  Fue así como los tripulantes del Héros cumplieron la orden dada por su capitán. Esa noche la fiesta continuó y el cañón del barco realizó más disparos.

El capitán del Héros pasó varios días en la casa de don Ignacio Fletes y tuvo oportunidad de conocer el pueblo, así se refiere al  Presidio de Mazatlán: ...”hay varias casas decentes más,  pero el resto del pueblo es una colección de chozas. La población puede ser de unas dos mil quinientas almas. La iglesia, bien construida, está frente a una plaza  sobre cuyos tres bordes restantes se ubican las mejores casas del pueblo”.

Sin lograr su cometido en Presidio de Mazatlán, el francés regresó al puerto y el quince de diciembre se vio obligado a zarpar  rumbo a Cabo San Lucas y la Alta California.

Sin embargo, a las dos de la tarde del ocho de mayo del año siguiente el Héros llegó de nuevo a Mazatlán y ancló una vez más en las cercanías de la isla de Venados. En esta ocasión el doctor Paul Émile Botta , uno de los pasajeros, expresó al capitán su deseo de conocer Presidio de Mazatlán, y alrededor de las cinco de la tarde  de ese mismo día los dos comenzaron la cabalgata hacia allá. Mientras tanto, una vez más la tripulación del barco aprovechó el tiempo para surtirse de agua y madera .

En realidad Duahut-Cilly iba en busca de don Ignacio Fletes, para finiquitar los negocios efectuados meses atrás. Sin embargo, al llegar al pueblo  encontraron que el comerciante y su familia se encontraban en Rosario. Al día siguiente ambos extranjeros se presentaron ante la autoridad y pidieron permiso para desplazarse a aquella ciudad. La negativa fue rotunda. Peor aún, el Héros debía zarpar de inmediato. Durante su estadía anterior, dicho barco había permanecido mucho más tiempo del permitido y había comprometido a los oficiales mejicanos, quienes fueron advertidos por escrito sobre el riesgo de perder su trabajo. Además, se le hizo saber a Duhaut-Cilly que los oficiales superiores comenzaban a sospechar que el Héros y él mismo se dedicaban al contrabando.

Empecinado, el capitán francés se las ingenió para demorar su partida y logró enviar una carta a Ignacio Fletes. La noche del día diez recibió respuesta del comerciante mazatleco en la que le aconsejaba partir de inmediato y no tentar la suerte con las autoridades mejicanas, ya que podría pagar las consecuencias. También envió una carta a su casa comercial para que pagaran al francés los adeudos contraídos meses antes. Al leer la carta  Duhaut-Cilly  sintió temor de que las autoridades mejicanas confiscaran su barco. La mañana siguiente, muy temprano, los dos franceses cabalgaron de regreso al puerto donde encontraron su navío sin novedad alguna. Duhaut-Cilly comprendió que la advertencia que le daba Ignacio Fletes era seria y ese mismo día el Héros  zarpó  de Mazatlán.







Los Soldados de Micheltorena

A mediados de septiembre de mil ochocientos cuarenta y dos el comerciante alemán Heinrich Virmond abordó en Acapulco la goleta California en compañía de su compatriota Edward Vischer, artista y pintor, y el doctor finés Sandels Edhelyertha. Virmond, debido a sus ocupaciones ya había estado en California, no así los  otros dos europeos. La tripulación de la goleta estaba conformada por el capitán John B. R. Cooper, estadounidense,  dos hombres de raza negra  de la misma nacionalidad y varios nativos de las islas Sandwich .  La goleta, que era propiedad del gobierno de California y por tanto estaba sujeta a la autoridad militar, tenía órdenes de detenerse en los puertos de San Blas y Mazatlán. Por esos días arribaron al puerto sinaloense algunos de los soldados que habrían de servir al gobernador de California, Manuel Micheltorena .

El capitán  Cooper cumplió la orden que le había sido dada previamente y ancló la goleta de ochenta toneladas en San Blas donde una tormenta, si bien no la hundió, la dejó bastante averiada y hasta pudo arrancarle cadena y ancla. De ahí pasó a Mazatlán donde su capitán, debido a que la viruela había atacado a parte de la tripulación, hubo de contratar nuevos marineros. Sin embargo,  mayor fue su sorpresa  cuando al reportarse ante el comandante militar escuchó que dicha goleta habría de transportar hasta el puerto de Monterey a los futuros soldados del gobernador Manuel Micheltorena. El capitán Cooper protestó mas no hubo excusa que valiese; el barco era propiedad del gobierno y éste así lo había dispuesto.

A decir verdad aquellos hombres distaban muchos de ser soldados regulares. En realidad eran presidiarios sacados principalmente de las cárceles de Jalisco a quienes el gobierno había conmutado sus penas para servir al ejército mejicano en California. El selecto grupo estaba constituido por  toda una gama de criminales, y uno que otro inocente, que venían encadenados y que en este puerto de exconvictos pasaron a formar parte del ejército mejicano. Los más temidos eran nueve que habiendo sido condenados a muerte nada perderían con cometer alguna fechoría o al menos intentar huir. Todos los mazatlecos miraban aterrados a los recién llegados. Los comerciantes,  temiendo lo peor,  pidieron a las autoridades que los encerrasen en algún sitio. Fue así que el comandante militar, de apellido  Duque, ordenó que fueran confinados en una de las islas cercanas  mientras llegaba el barco que los transportaría a California.

Los expresidiarios no se resignaban a servir como soldados e ir a parar a tierras tan lejanas, por lo que buscaron la manera de escapar. Con lona de las velas y leña fabricaron balsas para llegar a tierra firme y de ahí huir hacia otra parte. Tal vez aquellos hombres hubiesen alcanzado tierra firme o quizás las corrientes los hubiesen arrastrado mar adentro, pero ni una de estas situaciones se dio ya que las balsas no pasaron desapercibidas a las autoridades mejicanas. De inmediato soldados abordaron botes y fueron tras de ellos logrando reaprehender, quizá rescatar, todos los que huían. Cuando contaron a los hombres que habían sacado del mar, encontraron  que aún faltaban muchos de los futuros soldados. El general Duque mandó a sus hombres hacia la isla y la rastrearon de punta a punta. Los soldados encontraron entre treinta y cuarenta expresidiarios que se escondían en una cueva y en los desfiladeros. Luego de reaprehenderlos, para evitar un nuevo intento de fuga, las autoridades acordaron encerrar a aquellos hombres en la cárcel de la villa.

Cuando llegó la hora de zarpar rumbo a California, desde tierra Edward Vischer vio como los andrajosos y encadenados expresidiarios fueron subidos a botes para ser llevados hasta la goleta. El hombre quedó pasmado y estuvo tentado a desertar del viaje, mas había dado su palabra de honor a Virmond  de acompañarlo, y no se dejó amilanar. Por su parte el capitán Cooper se encontraba más que preocupado, jamás había pensado encontrarse en tal situación: una tripulación extraña, compuesta en su mayoría de mazatlecos e irlandeses,  y por pasajeros un hato de exprisioneros. Sin embargo, los nuevos soldados no fueron confiados del todo a Cooper sino que fueron capitaneados por un miembro del ejército mejicano; un pobre  hombre que de tan enfermo que se encontraba  su esposa e hijos tuvieron que viajar en el barco para cuidarlo.

La sobrecargada goleta zarpó de Mazatlán en los últimos días del mes de  septiembre. Por supuesto que los nuevos pasajeros causaron más preocupación a Cooper y sus hombres ya que, tal como éste temía, tres semanas después de salir de Mazatlán el militar mejicano murió a bordo. Hasta entonces sus soldados, los exconvictos, habían viajado en las bodegas mareados, mejor dicho aterrados, debido a una tormenta que habían encontrado en Los Cabos. Pero ahora la muerte de su jefe obligaba a que subiesen a rendirle honores. Ese fue el momento más temido tanto por la tripulación como por los demás pasajeros ya que se corrían rumores de que ellos aprovecharían la situación para amotinarse.  Por fortuna la goleta encontró una nueva tormenta que los mantuvo encerrados hasta que llegaron a Monterey,  lugar en el que fueron recibidos con la misma consternación que habían causado a los mazatlecos .






Rumbo a la Fiebre del Oro

En mil ochocientos cuarenta y ocho, cuando se descubrió la existencia de yacimientos de oro en San Francisco, California, la noticia se esparció no sólo en los Estados Unidos sino por todo el mundo. Esto provocó que muchos hombres quisieran convertirse en ricos de la noche a la mañana. Un elevado número de estadounidenses que vivían en la costa este se aprestó a convertirse en gambusinos al otro lado de su país. Sin embargo, en aquel entonces era toda una proeza recorrer los miles y miles de kilómetros que separan a San Francisco de estados como Ohio, Nueva York o Pensilvania. Incluso para los texanos, mucho más cerca de San Francisco,  no era tarea fácil ya que el río Gila, en los estados de Nuevo México y Arizona, representaba un obstáculo imposible de pasar.

Para los prospectos de gambusinos de la costa este estadounidense existían tres rutas para llegar a San Francisco. La primera era abordar un barco en Nueva York que los llevara a Panamá, cabalgar a través de este istmo y ya en el Pacífico abordar otro barco rumbo a la Fiebre del Oro. La segunda ruta era abordar un barco en Nueva York, cruzar el Cabo de Hornos y continuar la travesía hasta llegar al famoso puerto de California en un tiempo  aproximado de cinco meses.

La tercer ruta, la más rápida, barata y segura,  era tomar un barco rumbo a Veracruz, de ahí viajar hasta Guadalajara, Tepic y San Blas. Ya en este puerto cabalgar o tomar un barco hacia Mazatlán. Es por ello que muchos buscadores de oro abordaban barcos en los puertos y llegaban a puertos mexicanos del golfo y de ahí cabalgaban durante semanas hasta llegar a Mazatlán. Por dos razones este puerto resultaba paradisíaco para los futuros buscadores de oro. Por una parte constituía un lugar seguro donde podían encontrar comida y hospedaje para descansar de la larga y agotadora cabalgata; por el otro, Mazatlán era una especie de antesala ya que sabían que en cuestión de días podrían abordar un barco que luego de cuatro o cinco semanas de navegación los llevaría hasta la Fiebre del Oro en  San Francisco.


Los hombres de la Camargo Company.

Edwin Allen Sherman nació el  veinticinco de agosto de mil ochocientos veintinueve en lo que hoy es Brockton, Massachusetts. Muy joven se inició en el periodismo  sirviendo de reportero para periódicos de Illinois, Wisconsin y Nueva York. En mil ochocientos cuarenta y cinco, cuando se dio cuenta que la guerra entre Estados Unidos y Méjico era inminente, se enlistó en el ejército. Sherman obtuvo el grado de mayor y participó, entre otras, en las batallas de Veracruz, Monterrey y Matamoros.  Fue en este puerto jarocho donde resultó herido cuando una bala de cañón le pasó entre las piernas.

Una vez terminada la guerra y cuando comenzó la Fiebre del Oro de San Francisco,  Sherman y varios hombres más fundaron la Camargo Company. El objetivo de la compañía era ir al puerto californiano en búsqueda del metal precioso. El primero de febrero de mil ochocientos cuarenta y nueve, en Filadelfia el grupo de cuarenta hombres abordó la fragata Thomas Walters rumbo a Tampico, Tamaulipas. De este puerto mexicano el grupo viajó a caballo hasta San Luis Potosí,  Guadalajara y  Tepic. Fue en esta ciudad donde  el grupo se dividió cuando el reverendo C. M. Black,  Robert Thompson y varios hombres más abandonaron la idea original de viajar hasta Mazatlán y se fueron rumbo a San Blas donde compraron una goleta.

Sherman y los demás continuaron cabalgando hasta que llegaron a Rosario, Sinaloa, el domingo quince de abril del mismo año. Relató él que sus  hombres no podían dejar de mirar a las rosarenses quienes salían de misa y, por ser domingo, vestían sus mejores atuendos. Los recién llegados también llamaban la atención de las mujeres.

El grupo continuó su viaje hasta que al caer el sol topó con un cuartel militar, ya en las cercanías de Mazatlán. Al pasar junto a la tropa mejicana Sherman sintió la mirada escrutadora del  capitán. Los hombres siguieron adelante y optaron  por pasar la noche junto a un caserío.

A las once de la mañana del martes diecisiete de abril los hombres de la Camargo Company llegaron a Mazatlán. Grande fue su felicidad al encontrar hospedaje y comida no sólo para ellos, sino también para sus cansados y hambrientos animales.

De inmediato Sherman buscó transporte  a San Francisco  y encontró que dos barcos se hallaban anclados en el puerto. De los dos escogió el que le pareció el mejor, el Fanny. Este barco,  construido en Holanda y que navegaba con bandera peruana, era el más nuevo y limpio. Sherman fue hacia el capitán del barco, de apellido Du Brodt,  y convinieron en llevar a todos los hombres de la Camargo Company hasta San Francisco por tres mil seiscientos dólares.

Poco después Sherman fue sorprendido por el capitán mejicano que tan fríamente le había mirado con anterioridad. Los viajeros portaban rifles del mismo calibre y muy parecidos a los utilizados por el ejército estadounidense durante la guerra contra Méjico. Aparentemente el militar mejicano había quedado prendido de aquellas armas, aunado a ello  la escasez de caballos, le hicieron ofrecer a los estadounidenses cien dólares por cada uno de los equipos,  consistentes en el propio equino, rifle y otros implementos. Ni los hombres de Sherman ni el militar mejicano dudaron en efectuar tal transacción.

Pronto el Fanny estaba atestado por el gentío deseoso de convertirse en gambusino en San Francisco, incluidos casi ciento cincuenta mejicanos. Sherman acudió al capitán Du Brodt para quejarse ya que, decía, parecía iban a ser transportados como ganado y no como personas. Y aunque no consiguió disminuir el número de viajeros, obtuvo del capitán un descuento del cincuenta por ciento del precio de sus pasajes.

Sherman y sus hombres, en compañía de Du Brodt, fueron a los alrededores de Mazatlán para hacerse de avituallamiento. Fue así que subieron al Fanny trece cerdos, veinte cabezas de ganado vacuno, cuarenta cabezas de entre borregos y cabras, además de doscientos cincuenta pollos. Adivinando que el viaje no sería muy placentero, Sherman ordenó a cada uno de sus hombres almacenar en sus camas doce kilogramos de pan.

El lunes veintitrés de abril casi cuatrocientos cincuenta personas salieron de Mazatlán a bordo del Fanny con rumbo a San Francisco.  Las previsiones de Sherman fueron correctas ya que la comida pronto escaseó y a las tres semanas de viaje los pasajeros sufrían por su racionamiento,  por lo que comenzaron a fraguar un motín.  No obstante, el veinticuatro de mayo siguiente llegaron sanos y salvos a su destino.


Adjudicación del San Blasiña.

Daniel Woods fue uno de los que decidieron separarse de los hombres de la Camargo Company en Tepic y se fue rumbo al puerto de San Blas, pensando que le sería más rápido y fácil encontrar barco que lo llevara a San Francisco. El prospecto de gambusino pensó que la razón le asistía al desviarse hacia el puerto más cercano ya que el mismo día que llegó ahí,  doce de abril,  junto con treinta y siete hombres más se embarcó en el San Blasiña; una añeja goleta  de veintitrés toneladas con diez metros de eslora y tres de manga .

El mar se encontraba sereno ese día, lo que hizo a los hombres pensar que pronto se encontrarían buscando el preciado metal en la otrora Yerbabuena. Sin embargo, no todo fue miel y perlas para estos hombres, ya que la goleta sobrepoblada  empezó a mostrar sus achaques además de la impericia del capitán. La carga, consistente de plátanos, más el elevado número de viajeros hacían que el navío avanzara lentamente por el Océano Pacífico. La mayoría de los hombres tuvo que dormir en cubierta; Daniel y dos más hicieron de su cama un rústico  bote fabricado a partir del tronco de un árbol, y ahí durmieron ocho noches. Pronto el agua comenzó a escasear y fue racionada. El día diecinueve se quedaron sin el vital líquido. Por fortuna al día siguiente, veinte de abril,  llegaron al puerto de Mazatlán.

Aquí los hombres de la Camargo Company encontraron que el capitán del San Blasiña se había quedado sin dinero y no podía continuar el viaje hasta San Francisco. Más que molestos, los hombres acudieron ante las autoridades del puerto y les expusieron su caso. El propietario del barco aducía que le era imposible continuar el viaje ya que había quebrado. No obstante, se descubrió que estos prospectos de gambusinos habían pagado por el viaje de San Blas a San Francisco mucho más de lo que valía la goleta. Dos semanas después las autoridades de Mazatlán determinaron embargar el San Blasiña a su dueño y otorgarlo en propiedad a los pasajeros de la Camargo Company. Fue así que estos hombres se hicieron propietarios de  un viejo barco con el que deberían llegar a San Francisco. Los hombres nombraron capitán a un pobre y viejo hombre de nacionalidad francesa, quien tenía más de veinte años sin subirse a un barco. La impericia de todos quedó probada cuando tuvieron que detenerse en San José ya que el agua se les había agotado. No obstante, los propietarios del San Blasiña  pudieron llegar a su destino.


La Defiance Company.

Pero no todos seguían las tres principales rutas para ir a la Fiebre del Oro, ya que el veintiséis de febrero de mil ochocientos cuarenta y nueve S. McKnight y cuatro hombres más salieron desde Perrysburg, Ohio, rumbo a San Francisco.  De Ohio viajaron a Cincinati, donde conocieron otros veinticinco hombres que llevaban el mismo rumbo. Ambos grupos decidieron unirse y se hicieron llamar la Defiance Company . Ahí abordaron un vapor que los dejó en Nueva Orleáns donde abordaron otro barco que los llevó hasta Galveston, Texas. Por tierra cabalgaron hasta San Antonio, en el mismo estado, y de ahí cruzaron ríos, valles y montañas hasta llegar a Chihuahua y luego a Durango. En el largo y peligroso camino el grupo  se desintegraba y, en ocasiones los hombres se reencontraban luego de días o semanas de haberse separado. No fue sino hasta el día primero de agosto, a las dos de la mañana, cuando los hombres de la Defiance Company llegaron a Mazatlán. Pero éstos no tuvieron la misma suerte que otros buscadores de oro ya que  el barco que los llevaría a California, Rolland, de bandera francesa, resultó hundido por una de las temidas tormentas de este puerto. No fue sino hasta el día último de agosto cuando estos hombres abordaron el barco Dos Amigos  para llegar a la tierra dorada luego de una penosa travesía de treinta y seis días.































Por la Plazuela de los Naranjos

Cuando Abel du Petit-Thouars llegó a nuestro puerto señala que la pequeña villa no tenía ni un monumento,  y el paseo de Olas Altas, en los primeros años de existencia de Mazatlán, fue el lugar preferido para los paseos y caminatas de los porteños. Luego fue construida la Plaza de Machado,  bautizada así en honor al virtual fundador la pequeña villa. William Maxwell menciona que ya existía esta plazuela cuando él llegó a nuestra ciudad, en mil ochocientos cuarenta y cinco; es decir unos cuantos años después de la visita del capitán del Vénus. Henry Edwards hace una descripción de aquélla “La ciudad tiene tres plazas, la principal es de forma oblonga, como de noventa metros de largo por cuarenta y cinco de ancho... está, mejor dicho, estaba rodeada de naranjos. Pero muchos de ellos los han dejado secar y no parece existir intención de replantarlos. Los que aún permanecen son árboles vigorosos. Durante nuestra visita dos o tres tenían frutas, algunas bien maduras y otras meras flores reventando. Alrededor de la plaza existen algunas bancas de piedra, curiosamente esculpidas como los aztecas; pero los asientos de muchas de ellas se han roto y sólo quedan los respaldos. Y con el espíritu mexicano de descuido ya sufrirán gradualmente hasta desmoronarse, cuando con un poco de cemento y unas horas de trabajo las restaurarían hasta dejarlas en su condición original”...

Las otras plazas a las que se refiere Edwards eran la Plaza Hidalgo y la Plaza de Toros. Leonidas Hamilton escribió respecto a la principal: ”Se encuentra una plaza pública de buen gusto, con asientos a los lados, hecha de ladrillo pintado de rojo. Tiene corredores de ladrillo que van hasta el centro donde coinciden en un corredor circular... a lo largo de éste cada cuatro metros y medio se encuentra un naranjo, lo cual de veras suma belleza a toda la escena. Una bella fuente de agua cristalina funciona día y noche” .  

En su edición del diecisiete de octubre de mil ochocientos setenta y ocho, El Monitor del Pacífico reportó: en la plaza Hidalgo se inició la siembra de “lluvia de oro” pero a la vez se descuidaba la tradicional plazuela de Machado y sus característicos naranjos empezaron a desaparecer. Igualmente reportó: ”El paseo de Olas Altas. Avanza rápidamente, y creemos que en dos semanas quedará concluido hasta la casa del señor Echeguren, en donde rematará con una glorieta avanzada sobre el mar y destinada para la música. El Sr. D. Francisco Echeguren nos ha hecho un positivo bien, dotando á esta ciudad con un lugar de solaz”.


Pinturas.

Mazatlán con sus playas, islas, cerros y calles fue fuente de inspiración para más de un pintor. Entre éstos se encontraba Ernesto Otto, socio del empresario teatral Job Carrillo, quien desde un punto en las cercanías del cerro del Vigía pintó un cuadro del Mazatlán de aquel entonces . La hazaña de Gaspar Sánchez Ochoa al derrotar a la Cordeliere también sirvió de inspiración a un pintor quien meses después exhibió en el prestigiado salón Platt’s Hall de San Francisco cuatro pinturas al óleo en las que se representaban diversas fases de la batalla; al calce de cada cuadro se podía leer Glorias de México . En abril de mil ochocientos sesenta y cinco A. T. Petitjean, capitán de artillería del ejército francés, pintó la acuarela A la salida de Misa en Mazatlán,  en la cual se aprecia el ejército francés marchando frente a una iglesia.

Cuando Jatsutaro regresó a su ciudad natal narró a las autoridades locales los pormenores de su naufragio y meses en Méjico. Sus narraciones fueron recogidas en el libro Kaigai Ibun . En éste, con la asistencia del mismo náufrago, Morizumi  Sadatero realizó varias pinturas de Mazatlán, en las cuales se aprecian el paseo de Olas Altas y las islas, los edificios que alojaban  tiendas como zapatería, carnicería, vinatería y otros comercios, así como el bergantín en que zarparon Jatsutaro y Zensuke Inoue.

En mil ochocientos noventa y cuatro el artista José Juan Tablada pintó la acuarela Mazatlán desde el Cerro del Faro.


Cosas de la familia Machado.

Señala du Petit-Thouars que el señor B. Machado fue el fundador de Mazatlán y que con sus negocios inició la era de prosperidad de aquel caserío de indígenas pescadores. Existe otra aseveración en el sentido de que fue la familia Machado la fundadora de Mazatlán cuando, al referirse a la mina Grande de Pánuco, una nota periodística establece: “era la mina de la gran familia Machado –los fundadores de Mazatlán” . 

Su residencia la tenían asentada justamente en una esquina frente a la plaza más antigua de la ciudad , que no en vano lleva su apellido. Y por supuesto que este banquero español y su familia pasaron a ser de las personas más influyentes no sólo en la localidad sino en el estado.

En los primeros años de la década mil ochocientos sesentas la mina Grande, situada en Pánuco, fue denunciada por una compañía estadounidense. El asunto causó revuelo no sólo por la fama de la mina, sino porque era considerada propiedad de la familia Machado. Aunado a ello, el juez encargado del caso era nada menos que Ignacio Machado, miembro de dicha familia. Este juzgador resolvió que no le asistía la razón a los denunciantes, por lo que la compañía estadounidense apeló ante la Suprema Corte de Justicia . No obstante, el caso quedó en una especie de limbo debido a que cuando se interpuso la apelación ya se peleaba la guerra de intervención francesa. Aún más, los barcos de la marina francesa ya se acercaban a este puerto para posesionarse de la ciudad.

Cuando murió Juan Nepomuceno Machado, uno de los miembros de la poderosa familia,  el veintiocho de noviembre de  mil ochocientos cuarenta y ocho,  dejó  un pequeño legado a un extraño de la familia.  Así fue como el señor Carlos Martínez debió recibir una casa ubicada en el cuartel primero, manzana segunda de esta ciudad. Sin embargo los demás miembros de la familia se opusieron a que se entregara el bien. Fue así como Ignacio, Bernardo, Josefa y Sabina, todos ellos de apellido Machado, retuvieron para sí el inmueble. El señor Carlos Martínez  falleció y jamás tomó posesión de su legado. No obstante, los hijos de éste,  menores Agustín y Carmen Martínez, continuaron el litigio patrocinados por un curador, de nombre Adauto Salazar.  Las influencias de la familia fundadora de Mazatlán se hicieron sentir en el juicio y ocasionaron que se alargase por muchos  años; inició en agosto de 1855 y apenas en julio de 1868 se dictó sentencia. Finalmente la justicia estuvo de parte de los menores y  los Machado hubieron de entregar la propiedad a aquéllos. A través de los años que duró el juicio la renta de la finca produjo unos cinco mil pesos, mismos que no fueron considerados en el expediente .











La Constitución de 1857

El cinco de febrero de mil ochocientos cincuenta y siete entró en vigor la nueva Constitución Política de la República Mejicana, la cual en su artículo ciento veintiuno disponía que todo funcionario público antes de tomar posesión de su encargo debía  prestar juramento de guardar y hacer guardar la Carta Magna y las leyes que de ella emanaren. La Prefectura del Distrito de Mazatlán no fue la excepción, por lo que casi tres meses después, el primero de mayo, los funcionarios y empleados públicos hubieron de jurarle obediencia. Verbatim ac literatim, la siguiente es una transcripción de la nota publicada en El Progreso .

ACTAS DE JURAMENTO

Prefectura del Distrito de Mazatlán. En el puerto de Mazatlán á primero de Mayo de mil ochocientos cincuenta y siete años: reunidos en él salón de acuerdos de la R. Junta Municipal las autoridades y empleados que á continuación se expresan, á efecto de dar cumplimiento á la disposición del art. 6° del supremo decreto de 17 de Marzo del presente año, y prevención 7ª del 19 de Abril último acordada por el supremo gobierno del Estado, se dio principio á la ceremonia del juramento de la Constitución política de la República, presentándose el Sr. prefecto del Distrito ante el Vocal único que asistió á la ceremonia, Lic. D. Miguel Caraza, por hallarse ausentes los demás y con presencia del Sr.  síndico procurador D. Antonio Sobrino é hincando una rodilla en tierra y puesta la mano derecha sobre los Santos Evangelios colocados al pie de la imagen del Salvador, fue interpelado por el Sr. Vocal en estos términos, ¿Juráis á Dios guardar y hacer guardar la Constitución política de la República mejicana, espedida por el congreso constituyente en 5 de Febrero de 1857? Contestó: –Si juro. Y tomando por segunda vez la palabra el referido Sr. Vocal, dijo. –Si así lo hicieres Dios os lo premie y si no, él y la nación os lo demanden. Enseguida apartado del puesto tomó su lugar el Sr. prefecto y acercándose á la mesa, recibió el juramento en los mismos términos al Excmo. Sr. general en gefe de los Estados de Occidente, D. José Maria Yañez, en seguida lo prestaron en la misma forma el referido Vocal Sr. Caraza, síndico de la municipalidad D. Antonio Sobrino, alcalde D. Fortunato Arreola, D. Indalecio Flores y  D. Gabriel Salazar: contador de la aduana marítima D. Angel Lerdo de Tejada, vista de la misma y agente del ministerio de fomento D. Eduardo Cabrera, administrador de rentas D. Miguel Zares, recaudador de contribuciones directas D. Luis M. Servo, administrador de la renta del papel sellado D. Andres Vasavilbaso, tesorero municipal D. Juan I. Lerdo, D. Juan J. Vazquez como preceptor de la escuela municipal, subprefecto del partido de San Ignacio D. Juan García, secretario de la junta Lic. D. Ignacio Serratos, y escribano público y de hipotecas D. Rafael Carreon, no haciéndolo en aquel acto el administrador de correos D. Angel López Portillo, porque oficialmente manifestó que su salud quebrantada no le permitía presentarse a la ceremonia; pero que juraría tan luego que se restableciese. Acto continuo prestaron el juramento el juez del ramo criminal Lic. D. Antonio Aldrete, el Sr. director del hospital civil D. Luis Lerdo de Tejada, administrador del mismo establecimiento D. Arcadio Rodriguez, y practicante D. Pedro Marín, recaudador de los fondos municipales D. Ignacio Maldonado, D. Francisco Tostado y D. Rito Tellechea, cabo de serenos D. Ignacio Vidal, los cuatro gefes de cuartel D. Vicente Calderon, D. Guadalupe Cota, D. Aniceto López y D. Manuel Estrella, agentes de policía D. Jacinto Coronado y D. Justo Rangel, administrador del rastro D. Juan Flores, escribiente de la secretaría municipal D. Guadalupe Serratos, D. Cipriano Zapata como empleado jubilado y el secretario de la prefectura D. Pedro Gama.

En seguida el mismo Sr. Prefecto como coronel del 2° batallon de guardia nacional, les recibió juramento á sus subordinados, en este órden: al teniente coronel D. Pedro Mendez, al primer ayudante D. Felipe Macsimi, al capital de la 1ª compañía D. Pedro Nuñez, al teniente de la misma D. Doroteo García y á los subtenientes D. Jesus del mismo apellido y D. Jesus Ochoa. Al capitan de la  2ª D. Jesus Calderon, teniente D. Jesus Godoy y subtenientes de la propia D. Ignacio Cárdenas y D. Manuel Gamboa. Al capitan de la 3ª D. Juan Sanchez, al teniente D. Eulogio Gallegos y á los subtenientes D. Manuel Crespo y D. German Hernandez.

Ultimamente se le recibió al teniente del piquete de guardia nacional del Venadillo, D. José María Delgado, no recibiéndoselos al 2° ayudante y al subayudante por tener su residencia en la villa de Union, ante cuya autoridad lo deben prestar.

Concluido el acto, el Sr. Prefecto con tal carácter y con el de coronel de guardia nacional, dirigió á los circunstantes una breve alocusion deseando á la República una nueva era de prosperidad y de ventura. –I. Berúben.

Por ante mí que doy fe. –Pedro Gama, secretario.


El Plan de Mazatlán.

Inconforme con la nueva Constitución Política, el diecisiete de diciembre de mil ochocientos cincuenta y siete, el general Félix Zuloaga promulgó el Plan de Tacubaya.  En su artículo primero, éste establecía: Desde esta fecha cesará de regir en la República la Constitución de 1857. En realidad Zuloaga y sus seguidores se oponían a los preceptos liberales contenidos en dicha Carta Magna. Esta noticia no tardó en llegar a este puerto y las reacciones no se hicieron esperar.

El primero de enero de mil ochocientos cincuenta y ocho en la casa de Pedro Espejo, gobernador provisional del estado, se reunieron éste, Antonio Vizcayno y Gregorio Moreno, además de los jefes y oficiales del ejército en esta plaza, con el fin de deliberar respecto al mencionado plan promulgado en la capital de la República, y decidirse al respecto: apoyarlo u oponerse a él. La sesión era presidida por el mismo Pedro Espejo y tuvo como resultado lo que se dio en llamar El Plan de Mazatlán. El cual en su  artículo primero se adhería totalmente al plan de Félix Zuloaga. El artículo segundo reconocía y reiteraba como gobernador del estado a José María Yáñez; la tercera disposición reconocía a Leonardo Ibarra como vicegobernador. En su quinto punto el plan nombraba una comisión que acudiría ante José María Yáñez, quien se encontraba enfermo, para que aprobara el acta de la sesión,  y que había sido signada por los ya mencionados y por dos generales, siete coroneles, ocho tenientes coroneles, ocho comandantes y dieciocho capitanes .

José María Yáñez aprobó dicha acta e hizo suyo el Plan de Tacubaya. Al día siguiente la guarnición de Culiacán se adhirió al pronunciamiento de este puerto, y días después las guarniciones de Cosalá,  San Ignacio, San Sebastián, Villa Unión y varias más . El Plan de Tacubaya dio inicio a la Guerra de Reforma.


La misa del gobernador Pesqueira.

A principios de abril de mil ochocientos cincuenta y nueve alrededor de novecientos soldados de las fuerzas conservadoras, al mando de Pérez Gómez y del general Manuel Arteaga, se encontraban atrincherados en Mazatlán . Meses antes se habían sublevado contra el gobierno federal. Aproximadamente a las tres de la mañana del tres de abril las fuerzas federales al mando de Ignacio Pesqueira,  General en Jefe de la División de Occidente y Gobernador de Sonora y Provisional de Sinaloa, tomaron por sorpresa a los sublevados. Para las seis y quince de la mañana, luego de una sangrienta batalla en la que abundaron muertos y heridos por ambos bandos, los sublevados fueron reprimidos. 

Esa madrugada muchos de los sublevados murieron, otros huyeron, y algunos más se refugiaron en las casas de los ciudadanos comunes y corrientes. El pánico cundió entre los comerciantes mazatlecos, la población en general se encontraba alarmada. Todos esperaban saqueos, violaciones y asesinatos por parte de los constitucionalistas. Sin embargo, sucedió lo contrario ya que las fuerzas de Ignacio Pesqueira patrullaban las calles de la ciudad resguardándola . Mazatlán entró de nuevo al orden constitucional. Para el día cuatro algunos de los sublevados que aún se escondían terminaron asilados en el consulado de Inglaterra .

A pesar de todo el gobernador y general Ignacio Pesqueira sintió que debía agradecerle a Dios que la revuelta había terminado, por lo que fue su deseo  ordenar una misa por el restablecimiento de la constitucionalidad en el puerto y por el eterno descanso de todos los caídos en el reciente combate. Sin embargo, el encargado provisional de la única iglesia que existía en el puerto, padre Prudencio Santillana, tenía muy en cuenta que la Iglesia Católica había declarado ilícito el juramento constitucional, el cual consistía en hincar una rodilla, colocar la mano derecha sobre la Biblia al pie de la imagen del Dios y  jurar a éste guardar y hacer guardar la nueva ley fundamental. 

Llegó el enviado del gobernador, también presbítero Nieves E. Acosta, a la casa del padre Prudencio y luego de exponerle el motivo de su visita escuchó la respuesta del capellán; se trataba de una contundente negativa. Para ello él argumentaba que “por órden espresa de su prelado le estaba prohibido acceder á las disposiciones ó solicitudes  de toda autoridad constitucional que no estuviesen de acuerdo con las espedidas por los Ilustrisimos Diocesanos; y que, habiéndose declarado ilícito el juramento constitucional, no podía la iglesia mejicana solemnizar el triunfo obtenido por las armas que sostienen un código que ataca los derechos y prerrogativas de la misma iglesia, porque tal vez muchos de los que habían perecido habían prestado dicho juramento y muerto sin retractarse de él. En cuyo caso no podía ni debía hacer exéquias por el descanso de sus almas”.

El sacerdote enviado del gobernador quedó asombrado ante el rechazo del padre Prudencio. Éste escuchó al señor Nieves refutar sus posturas, mas de nada sirvió ya que, dijo, como ministro del culto temía más a la expulsión que pudiese imponerle su prelado que a cualquier castigo que le impusiese el gobierno.  Lo único que pudo obtener el enviado del general Pesqueira fue la promesa del padre Santillana de que él mismo se presentaría ante el gobernador y le expondría personalmente los motivos de su negativa.

Y así sucedió, el padre Prudencio Santillana fue ante el gobernante para excusarse exponiéndole los motivos por los que se negaba a celebrar la misa solicitada. El general también intentó persuadirlo pero fue inútil, el padre Prudencio no entendió razón. El gobernador Pesqueira, incapaz de creer que un simple cura se atreviese a contravenir sus deseos, montó en cólera y ahí mismo mandó arrestarlo.

Una noche de cárcel bastó para que el padre Santillana pareciera convencerse de que la misa solicitada por el gobernador era justa y conforme a la doctrina católica, por lo que decidió celebrarla. Y así lo mandó decir al general Pesqueira quien, al conocer esta determinación, ordenó su inmediata libertad.





















El padre Santillana se encontraba entre la espada y la pared. Por un lado temía ser expulsado por quebrantar la prohibición de la Iglesia, y por el otro sabía que de nuevo podría sufrir la ira del gobernador del estado. No había mucho qué pensar y cuatro días después de haber recuperado su libertad, el sacerdote huyó de Mazatlán, y seguramente del estado, sin haber oficiado la  misa solicitada.

Fue el propio padre Nieves E. Acosta quien el domingo siguiente ofició la deseada misa en la iglesia del puerto.  En esa ocasión el  sermón fue dedicado a rebatir la postura del padre Prudencio y el de la Iglesia misma, probando con razones que la constitución de mil ochocientos cincuenta y siete no se opone a los evangelios sino que los imita al procurar la libertad  de los individuos .
Diversión y Entretenimiento

Mazatlán era una villa que se hacía querer, que encantaba a todos sus visitantes. Siempre se hablaba de su belleza de  estilo  europeo, así como el aire de progreso que existía en ella. Pero la ciudad nunca hubiese pasado de ser un campo pesquero de no ser por sus habitantes. Por supuesto que existieron los comerciantes extranjeros; estadounidenses, alemanes, españoles y de otras nacionalidades, que dieron impulso e hicieron progresar el puerto. Pero a su lado, también existieron los simples ciudadanos de las clases populares, que mediante su idiosincrasia y sus ocupaciones acuñaron al mazatleco decimonónico: trabajador, pero a la vez holgazán y desidioso; tolerante y a la vez violento; con el humor y la diversión siempre a flor de piel, y  muchas veces excedido.


Violento,  borracho y parrandero.

Por la facilidad para conseguirlo, durante mucho tiempo el cuchillo fue el arma preferida de los mazatlecos, no era nada raro verlos caminar por las calles con esta arma fajada en la cintura y sacarla bajo cualquier pretexto. “Por ejemplo, en la esquina está un grupo de léperos –caballeros que hay por toda la República de México disfrutando de la misma moralidad que un leproso, sobre sus espaldas cargan todas sus propiedades– jugando monte sobre un zarape uno acusa al otro de hacer trampa mientras le lanza el más mortal insulto que un español puede ofrecer, posiblemente por acercarse a la verdad, ‘eres un cornudo’. Mentira o verdad, su antagonista clama por todos los santos que atestigüen su inocencia. Se pone de pie, enreda el zarape en su brazo izquierdo y antes de que puedas decir agua va sus afilados cuchillos se mueven rápido; raramente paran antes de intercambiar profundas y a veces fatales heridas. Si no se hirieron seriamente beben un vaso de aguardiente juntos, encienden cigarrillos y continúa el juego hasta que brota otro pleito. Estos pequeños pasajes de armas ocurren cada hora” . 

Henry Edwards también dio testimonio del mazatleco parrandero y dado a la serenata: “ocasionalmente un hombre con organillo era contratado por alguno de los cargadores y otros de los vecinos de los muelles para remoler sus miserables notas toda la noche para su especial gratificación. A veces toda una banda vendría a dar serenata a alguna señorita en su día de fiesta y traquetearía hasta el amanecer. En esas ocasiones es normal invitar a los músicos a la casa y tenerlos alegrando dentro, pero si la celebración ha comenzado en la calle, esa costumbre es dispensada y proceden a mayores libaciones con trompetas y tamborazos hasta que el resplandor del nuevo día los manda a casa” . 


El Carnaval de 1848.

Cuando el ejército estadounidense se posesionó del puerto, sus soldados encontraron que sólo existía una iglesia  a la que acudían los mazatlecos a rezar y celebrar misa. En realidad ese templo distaba mucho de ser una gran catedral como las de las grandes urbes, o siquiera como la de San Sebastián o la de Copala, construida ésta por el marqués de Pánuco. No pasó desapercibido a sus ojos que los lugareños no eran muy apegados a la religión y aun reprocharon que la gran mayoría de las parejas no celebraran matrimonio por la iglesia sino que simplemente mantuviesen una unión libre. Los invasores se referían respetuosamente al capellán encargado del templo como el padre Windmill .

Durante su estadía los militares estadounidenses tuvieron la oportunidad de presenciar la manera en que los mazatlecos celebraban el carnaval. Algunos quedaron confundidos y hasta indignados ante la forma nada ortodoxa de celebrar esta fiesta esencialmente religiosa. Durante las tardes de carnestolendas los mazatlecos efectuaban desfiles por las calles, tirando cohetes todo el trayecto. Sin embargo, era por la noche cuando comenzaba el fandango en el que los porteños daban rienda suelta al baile y la bebida .


El Cagliostro  rioplatense.

A finales de diciembre de mil ochocientos setenta y dos, procedente de Sudamérica, llegó a Mazatlán  el prestidigitador Julio F. Bosco,  conocido en Argentina como El Cagliostro del Río de la Plata.  Los mazatlecos llenaban a diario el Teatro del Recreo para ver los actos de ilusionismo, magia y adivinación que hábilmente ejecutaba el cagliostro argentino. Una noche el señor Bosco anunció a los asistentes que le había cortado la cabeza a un joven y que la había depositado en una caja. El gentío quedó asombrado cuando el ilusionista abrió la caja, la colocó sobre una mesa y apareció una cabeza carente de cuerpo. Pronto ésta comenzó a platicar y reír con el ilusionista. En un momento el cagliostro invitó al joven a fumar poniéndole un puro en la boca, y la cabeza sin cuerpo inhaló humo del cigarro para exhalarlo con satisfacción. Los mazatlecos se preguntaban cómo era posible que una cabeza sin cuerpo hablara, riese y aun fumara.

El prestidigitador invitó a los asistentes a participar en la función, y un hombre subió al escenario a ver la cabeza parlante y a un metro de ésta fue incapaz de descubrir truco alguno. El ilusionista también sacó un juego de naipes e invitó a tres personas para que cada una tomara una carta, luego pidieron a la cabeza parlante que adivinara de qué carta se trataba. Todos los asistentes quedaron asombrados cuando la cabeza sin cuerpo acertó en las tres preguntas. La Cabeza Parlante del señor Bosco dejó a todo Mazatlán asombrado.

Una noche de jueves de finales de ese mismo mes el sudamericano ejecutó el acto denominado Degollación de un hombre vivo. Todo iba bien excepto que a la gente no les gustó mucho el hecho de que el señor Bosco utilizara cortinas para tapar el cuerpo al momento de cortarlo y al reunirlo. No obstante, los mazatlecos aplaudieron a más no poder.

El señor Bosco finalizaba sus funciones con un silforama producido por luz eléctrica proyectando sobre un cuadro variadas vistas, las cuales provocaban las delicias de los mazatlecos.


El Tigre del Norte

Vagabundo por naturaleza, el estadounidense Bill Folley viajaba por la República Mejicana de un lado a otro, y debido a sus habilidades ecuestres se hacía llamar El Tigre del Norte. Los soldados invasores, sus compatriotas, lo encontraron en el puerto y le ofrecieron trabajo como encargado de cuidar y alimentar a sus caballos. El hombre había aplicado para un puesto público en la ciudad pero había sido rechazado y, debido a sus aficiones y vocación, el trabajo ofrecido por la tropa le pareció muy poco y renunció a él declarando a sus conciudadanos como “la gente más ingrata del mundo”. El Tigre del Norte ofrecía en una arena un espectáculo en el que demostraba sus habilidades ecuestres realizando suertes de todos los tipos. Los mazatlecos y la tropa estadounidense acudían puntualmente a las funciones; para algunos de éstos, las suertes del señor Folley eran lo mejor que había en Mazatlán. Un día el Tigre del Norte decidió que era tiempo de buscar nuevos cielos donde brillar como la estrella que era y abordó un barco rumbo a Chile, donde continuó presentando su espectáculo .





La fiesta de las Olas Altas.

“Los habitantes de Mazatlán, recobrándose del reino de inquietud y problemas consecuencia de una revolución, ahora se han lanzado atolondradamente a ese alegre y festivo escenario de diversión: ‘La fiesta de las Olas Altas’. Una festividad a la orilla del mar que se celebra cada año en mayo, en la que el baile, el juego, la bebida, la natación, refrescos y frutas se sirven ad libitum. El aristócrata y el plebeyo, el viejo y el joven, la iglesia y el Estado se mezclan y confunden,  uno emulando al otro para realzar una hilaridad general. La oportuna llegada del ‘Circo del Señor Chiarini’ ha sido afortunada para su propietario y apreciada por los buscadores de placer. La casa llena y el público elogiando dan testimonio suficiente. El señor Chiarini tiene treinta y dos caballos raramente igualados en cuanto a belleza y entrenamiento. Él va a San Francisco en el vapor de hoy, donde se propone aumentar su compañía circense. La celebración del cinco de mayo, en memoria del triunfo de Zaragoza sobre los franceses, la fiesta, el circo y la presencia de militares en sus uniformes de gala, ha llevado a romper el estancamiento mercantil y comercial” .

En efecto, la fiesta de mayo de las Olas Altas era toda una costumbre. Para el efecto el ayuntamiento celebraba una subasta pública en la cual arrendaba toda una calle al mejor postor. Sobre ésta el ganador construía tiendas en las cuales se instalaban fondas, neverías, cantinas y juegos  de monte y ruleta. En la calle y fuera de las tiendas había carcamanes y más juegos, pero de menor cuantía, se vendían enchiladas, tamales y demás platillos locales. Al caer el sol la calle se llenaba de familias que iban y venían, escuchaban la infaltable música, cenaban y muchos de los asistentes acudían al verde tapiz del monte o de la ruleta para tentar la suerte .

Durante la ocupación estadounidense, el teniente Wise señala: “Mazatlán era extremadamente alegre debido a la festividad anual que se lleva acabo en Olas Altas   –una playa curva que se asienta entre los dos promontorios frente al océano. Yo ignoro si existe en el calendario un santo patrono de los jugadores,  mas debo creer que esta fiesta está expresamente dedicada a él.
Había un gran número de casillas hechas de ramas y palos sobre el paseo arenoso, todas bonitamente adornadas con muselina y otras telas ligeras, en cada una había una sabrosa exposición de vinos y frutas, con salones cara al mar hechos de mamparas, dispuestos para jugar o comer. Más allá había unos vigorosos postes, firmemente plantados al suelo, soportando coches que se columpiaban o caballos de madera, algunos girando perpendicularmente mientras que otros lo hacían en forma horizontal. Más  allá  estaban  las barracas más humildes, para las clases más bajas –para el juego, saltabancos, malabaristas, comidas y, quizá, uno que otro pleito.
Hacia la noche la población se reúne en Olas Altas y la escena se pone muy alegre y animada –las mesas de monte con muchedumbres, dólares y onzas de oro repican incesantemente– loterías en las que se juega para ganar dulces y licores; indios con tablas de figuras, haciendo más ruido que sus hermanos  y apostando monedas de cobre o un pescado frito. Los carros y los caballos llenos de paisanos deleitados, disfrutando los placeres de la vida en la ciudad. ¡Y en los fandangos también! Había muchachas con sus vestidos más alegres, bailando con la animadora música de harpas y guitarras, en intervalos reventando un agudo grito” .


Baraja, boliche y ruleta.

La baraja jugó un papel muy importante entre las diversiones del mazatleco del siglo diecinueve, no sólo entre las clases populares sino también entre la aristocracia. Mazatlecos pudientes y de la clase trabajadora acudían por las noches a Olas Altas, la Plazuela Machado o a las Sociedades  a jugar baraja y ruleta principalmente. El juego más común de cartas era uno conocido como monte.  En la noche del primer domingo de mil ochocientos cuarenta y cinco en el perímetro de la Plazuela Machado había mesas cubiertas de manteles con artículos de juego: dados, ruletas, naipes y  globos. En la plaza misma había tiendas y puestos donde el gentío bebía, bailaba o escuchaba la música de guitarras, harpas y violines .

Los barcos de guerra estadounidenses se encontraban en los alrededores de Mazatlán esperando noticias sobre el inicio de la guerra cuando proveniente de San Blas llegó un buque británico de ochenta cañones: el Collingwood, al mando  del almirante George Seymour. Quiso él  conocer una de las minas del sur de Sinaloa y se trasladó hasta Pánuco. Estas minas eran conocidas por los ingleses debido a que gran parte del  oro y plata que producían era enviada en sus barcos hasta Inglaterra.  Junto con el almirante iba el teniente Fred Walpole y varios marineros más. Luego de pasar un par de días en aquel rincón de la Sierra Madre regresaron al puerto. Lo primero que quiso hacer el teniente Walpole a su regreso fue afeitarse por lo que de inmediato fue hacia una barbería. Sentado sobre su propio mostrador se encontraba el barbero jugando naipes, y al ver al recién llegado le invitó a unirse al juego. El inglés se negó y  pidió al peluquero que lo afeitara. Pero éste no iba a perderse de su juego favorito y se concreto a responderle que estaba ocupado jugando y no podía afeitar a nadie .

Manuel Carbia era un español radicado en el puerto que además de ser  propietario de lanchas y mesas de billar, entre otras de sus numerosas actividades contaba con ser restaurantero, prestamista y manejador de un almacén que se encontraba por los muelles. Los soldados estadounidenses le llamaban Señor Carbo. Siempre con su puro en la mano o en la boca, el comerciante se sentaba detrás en una mesa cubierta con un mantel color verde donde  exhibía con mucho gusto y orgullo sus artículos de diversión: naipes y dólares. Se jactaba el señor Carbo que él jugaba no por necesidad, sino sólo por diversión . Y sólo por entretenerse a menudo se llenaba las bolsas de dólares ganados a los demás, incluidos soldados estadounidenses que osaban retarlo .

Los boliches también servían de entretenimiento a los mazatlecos. Los soldados estadounidenses cuando se cansaban de jugar monte acudían al boliche Smither’s . Un día se intentó desterrar los boliches de Mazatlán y el uso de los nueve pinos fue declarado ilegal. Sin embargo el problema fue rápidamente resuelto cuando se agregó un pino más . Tiempo después existía El Boliche de las Américas, que se encontraba en la calle del Muelle.

En su edición del doce de diciembre de mil ochocientos sesenta y cuatro, el periódico Daily Alta California, reportó que las tropas francesas al ocupar el puerto habían prohibido el juego en público. Una idea del grado de adicción de los mazatlecos al juego nos la da una nota publicada en un periódico de Culiacán en su edición del día  veintidós de mayo de mil ochocientos ochenta : “Los paseos de Mazatlán. Sabemos que los paseos de ‘Olas Altas’ en Mazatlán han estado muy tristes y desairados; que los tahures se han llevado buen chasco, pues la generalidad de los comerciantes y demás personas acomodadas se comprometieron á no jugar y lo han cumplido. Dícese que las partidas y ruletas se levantaban eso de las diez de la noche por falta de puntos. Bien, muy bien, ojalá que siempre suceda lo mismo, para que se extirpe el vicio del juego.”


La plaza de toros.

Luego de una navegación de ocho días desde San Blas,  Daniel Woods a su llegada a Mazatlán, el veinte de abril de mil ochocientos cuarenta y nueve, encontró grandes cartelones de papel que anunciaban la celebración de la burla y sacrificio de toros . Pudo entender que los papelones describían las virtudes  de los animales que animarían la corrida, toros y toreros,  y no perdió la oportunidad de asistir a ella. Los domingos eran los días dedicados a esta fiesta que se efectuaba en la  Plaza de los Toros. La plaza se encontraba muy cerca de lo que hoy día es la catedral. El local era una especie de anfiteatro de aproximadamente un cuarto de acre, alrededor se encontraban las sillas dispuestas en filas que acomodaban varios, muchos cientos de personas. A un lado estaban los toriles y al otro una especie de balcón, decorado en forma extravagante, dedicado al juez de la corrida. 

Por la mañana de ese día se efectuaba un desfile en el que una banda recorría las calles tocando música marcial, al frente iba el bravo y valiente matador vestido con su traje de luces, portando espada y capote en mano. Por la tarde se celebraba la mofa y sacrificio de los animales. Un elevado número de los asistentes estaba conformado por mujeres. La corrida era animada por una banda musical y en los intermedios un hombre gritaba con todas sus fuerzas las suertes que habría de realizar el matador.

El predio donde se ubicaba la plaza de toros era propiedad de Juan Cima, quien en mil ochocientos sesenta y ocho fallidamente propuso al Ayuntamiento se construyera en dicho terreno lo que sería el nuevo mercado .


Visitando un barco francés.

En la década de los años mil ochocientos treintas  no a diario visitaba Mazatlán un barco francés, y menos una fragata. Fue por ello que la Vénus causó gran admiración entre los mazatlecos, y su tripulación gozó de las mayores consideraciones. Los mazatlecos no se resignaban a ver el barco desde lejos, anclado en las cercanías de la isla de Venado, y pidieron a capitán que les permitiese visitarlo. Agradecido por el trato recibido,  Du Petit-Thouars cedió a la petición,  trasladó su barco de las cercanías de dicha isla hacia la bahía del Fondeadero y permitió que la Vénus fuera visitada no sólo por los mazatlecos adinerados, sino por todas las personas que así quisieron hacerlo. Parte de las hospitalidades que los franceses recibieron fueron los bailes que todas las noches las familias mazatlecas pudientes organizaban en su honor .


Las iluminaciones

Las iluminaciones eran la forma más común en que el mazatleco celebraba cualquier acontecimiento cívico o religioso. Cuando llegaron al puerto noticias erróneas de que las fuerzas de Antonio López de Santa Anna había ganado la batalla de Buenavista, de inmediato cohetes fueron lanzados hacia lo alto . Hecho que, por cierto, llenó de consternación a los militares estadounidenses que se encontraban en el puerto. El día veinte de noviembre de mil ochocientos sesenta y cuatro los franceses celebraron la toma de Mazatlán con un elevado número de juegos pirotécnicos . Durante la celebración de la Independencia, el dieciséis de septiembre de mil ochocientos cincuenta y nueve,  por la mañana y noche se escucharon los disparos de cañones. Mientras que en la Plazuela de Machado se levantó  un templete decorado con banderas. Desde éste los señores Luis Pacheco y Francisco Maldonado dieron los discursos de rigor. Al último el cielo se iluminó con los fuegos artificiales .


El Circo Atayde.

El veintiséis de agosto de mil ochocientos ochenta y ocho se celebró en la Plaza de Toros de la localidad la primer función del Circo Atayde, propiedad del zacatecano Francisco Atayde.




Noches de Teatro

El teatro jugó un papel primordial entre las diversiones y entretenimientos del mazatleco decimonónico. Cuando Estados Unidos invadió la Republica Mejicana y su ejército se posesionó del puerto, y una vez que tanto mejicanos como invasores pudieron llevar una vida  normal, los soldados estadounidenses buscaron formas de divertirse en sus ratos libres y encontraron que existía un teatro pero no encontraron ópera ni compañía teatral alguna, por lo que algunos de ellos se propusieron darle utilidad al inmueble. Fue así como una vez por semana bigotones y patilludos soldados estadounidenses, autodenominándose Thespian Corps en honor del padre de la tragedia griega, se vestían de enaguas para representar sus obras teatrales preferidas .

En los primeros días de enero de mil ochocientos cincuenta y ocho se escenificó en el único teatro de la localidad la obra El Excomulgado, de José Zorrilla. La compañía teatral era de los señores Estrella y Armario. Los actores eran las señoras Suárez y García y el propio señor Armario. Y aunque la asistencia fue muy baja los actores hicieron su mejor papel . El día veinticuatro del mismo mes se escenificó Los tres enemigos del Alma: dinero, gloria y amor.

El día catorce de enero en este mismo teatro sin nombre se ofreció una función teatral en honor del gobernador del estado, José María Yáñez. La escenificación de la obra Magdalena o la Calumnia, del español Ángel M. Descarrete,  estuvo a cargo de los señores Armario, Estrella y Dávila así como de la señora García. Ésta deleitó al gobernador y a toda la concurrencia no sólo con sus dotes teatrales y su gran belleza, sino cuando fuera del programa con su fina voz interpretó La Colasa .


La compañía teatral de Job Carrillo.

De igual forma que si se tratase de la promoción de una corrida de toros, el sábado veintitrés de noviembre de mil ochocientos setenta y dos, una banda musical recorría las calles de Mazatlán. A la cabeza iban  Job Carrillo, las  señoras Parladorio de Camacho y Ruiz, el señor Castelán y varios artistas más. Ese era el día esperado no sólo por ellos, sino también por todos los mazatlecos. Con bombo y platillo se anunciaba que esa misma noche iniciaría la segunda época del Teatro del Recreo.

Job Carrillo era el propietario del nuevo teatro que, en realidad, no era tan grandioso como los teatros de las grandes ciudades, sino que apenas contaba con las instalaciones necesarias para el desarrollo de sus actividades: el escenario, palcos, luneta  y galería. Las paredes estaban decoradas con finos y bien hechos retratos de Miguel de Cervantes, Lope de Vega, William Shakespeare, Moliere y Lord Byron.

El empresario y artista confió en que el desfile por las calles sería suficiente para promocionar el nuevo entretenimiento y prefirió no imprimir  programas. Don Job Carrillo tenía razón ya que esa noche el Teatro del Recreo estaba lleno de gente ansiosa de ver una obra teatral. Ahí se dieron cita miembros de las familias pudientes del puerto. Las mujeres vestían al estilo americano, con vestidos traídos principalmente de San Francisco.

La obra debería comenzar a las ocho de la noche, mas ya pasaba de las ocho treinta y todavía no había seña alguna de que fuera a comenzar. Por todos lados se veían hombres con su cigarro, ya fuera en la mano o en la boca. El humo maloliente de los cigarros creaba una atmósfera tan pesada que incluso dificultaba la respiración.

Por fin, ya cerca de las nueve de la noche comenzó la comedia Roberto el Diablo, escrita por el bonaerense Ventura de la Vega. Job Carrillo personificó al personaje central de la obra, Roberto el Diablo; el señor Castelán dio vida a Juan, el anciano sirviente y lacónico; la señora Parladorio, de nacionalidad cubana,  caracterizó a la baronesa de Ronqueroles; mientras que la señora Ruiz escenificó a la hija buena y encantadora. Los mazatlecos disfrutaban al máximo de este espectáculo; los aplausos coronaban cada escena; brotaban risas y carcajadas de los asistentes tras cada  pasaje gracioso.

Al día siguiente, domingo veinticuatro, tuvo lugar la escenificación de Alarcón, del sanluqueño Luis de Eguilaz.  Esta vez Job Carrillo personificó a Alarcón; la señora Parladorio dio vida a una mujer intrigante y burlesca en tanto que la señora Ruiz jugó el papel de mujer enamorada; por su parte el señor Castelán desempeño el papel de un joven burlón .

Durante diciembre de ese mismo año la compañía de Job Carrillo siguió representando en su Teatro del Recreo diversas obras principalmente de escritores españoles; tales como Tanto por ciento y Las citas a media noche. Otros de los actores que participaban en las obras fueron los señores Riebeling y Camacho, así como la señora Juárez.

Días antes de que abriese el Teatro del Recreo, José Castelán inauguró su austero teatro en el patio de un mesón de la plaza principal. La concurrencia esa noche fue nutrida .


Carolina Civili.

En los primeros días del mes de abril de mil ochocientos setenta y uno llegó a Mazatlán la afamada actriz española Carolina Civili acompañada de su compañía teatral. Desde días antes El Correo del Pacífico había escrito una apología sobre la bella mujer y los mazatlecos la esperaban con ansiedad. Todos quedaron encantados con los azules ojos de la española y con su profesionalismo. Una noche de domingo el teatro estaba lleno de asistentes deseosos de ver la representación de la obra Hermosa Judit, en la que para brindar lo mejor de sí a los asistentes, la mujer hubo de luchar contra un escenario carente de  luz adecuada . Carolina Civili y su compañía teatral entretendrían a los mazatlecos con diecinueve  funciones más, una de éstas con la obra La Loca de Madrid. Otros actores eran su esposo, el señor Palau, la señora Quintana y los señores Vidaurri, Carrillo  y Miranda .

No obstante, no todo fue miel sobre hojuelas para esta empresaria y artista ya que los mazatlecos, adictos al juego y a su festividad preferida,  las fiestas de mayo, se olvidaron de la dramaturgia y de la afamada española. Durante esos días la compañía teatral abría el telón sólo para encontrar un teatro casi vacío. La explicación que recibió la mujer fue que la causa eran los juegos de las Olas Altas. Un diputado, señor Romero,  denunció ante el Congreso del estado la situación y solicitó la intervención del gobernador. Aunque las fiestas ya iban a terminar aún preocupaba el hecho de que año tras año las autoridades concedían a los organizadores una prórroga para continuarlas. La prensa comentaba el caso y tuvo peso al impedir que por esta ocasión la fiesta se prolongara . 

Entonces vino la venganza de los organizadores de la fiesta quienes contrataron a un hombre que de día pregonaba embustes por las calles, tales como “No vayan al teatro donde se asfixia la gente; la otra noche sacaron una mujer ahogada... Vayan a las Olas Altas donde todo se puede hacer con comodidad y de balde, y dan vino y hay música”...  Aún más a la hora en que comenzaría la función teatral llegaba una banda de música a las puertas del teatro e invitaba a los posibles concurrentes a ir a Olas Altas. Los que cambiaban de parecer, libando seguían a la banda que tirando cohetes avanzaba por las calles hasta llegar al paseo de la playa .




El señor Mendiola.

También existía la compañía teatral del señor Mendiola, la cual el día tres de diciembre de mil ochocientos sesenta y ocho en el Teatro el Recreo deleitó a los mazatlecos con la obra El Italiano o la Cisterna de Alby, autoría de Isidoro Gil. El domingo siguiente, día seis, representaron la obra Quien Porfía Mata Venado, de Bretón de los Herreros. Los actores eran el propio señor Mendiola y su esposa, la señora Ruiz,  y otros .


El Teatro Mazatlán.

El Teatro el Recreo no fue el único que existió en la ciudad durante el siglo diecinueve.  Durante la década de los años setentas a quien llegaba a Mazatlán en barco lo primero que le llamaba la atención era un edificio imponente, pegado a la Plazuela de Machado, mismo que albergaría al Teatro Mazatlán, y aunque la construcción se encontraba muy avanzada, fue detenida debido a la repentina muerte de su dueño durante un viaje a San Francisco. “El auditorio, consistente de un gran entarimado es capaz de sentar a cerca de cuatrocientas personas. La parte superior de la casa está dividida en cuatro filas de palcos, cada uno cercado con elegantes diseños de herrería, los cuales ahora han caído hasta el suelo para enmohecer y podrirse. El techo ha sido perforado para colocarle un gran candelabro, y por todos lados hay evidencias de las mejores intenciones de adornar el edificio. Los trabajadores habían avanzado tanto en la obra (cuando la muerte repentina del propietario detuvo la construcción)  que unos cuantos cientos de dólares serían suficientes para terminarlo. Aún así  no se ha encontrado nadie con suficiente espíritu para llevar manos a la obra. Y así, por tanto, una de las más imponentes estructuras de la ciudad, ha sido sentenciada a decaer”  

Fue este teatro el escenario donde los mazatlecos habrían de disfrutar dos obras de Peón Contreras; La Eternidad de un Minuto  y  Condenado á Muerte  . 


Traviata.

La noche del veintidós de diciembre de mil ochocientos sesenta y ocho se estrenó en la localidad la ópera Traviata, de Giuseppe Verdi, dirigida por Luis Meneses y a cargo de Luís Donizzetti, la señora Pineda y los señores Fabri y Pineda. El argumento de la  obra pareció a la prensa mazatleca  “inmoral hasta el exceso”. Esta fue la primera ocasión en que una compañía de ópera hizo su aparición en esta ciudad .























La Fiebre Minera del Sur de Sinaloa

La Fiebre del Oro de San Francisco provocó la búsqueda del preciado metal no sólo en el norte de California, sino también en lugares como Nuevo México, Óregon, Alaska y varios más. Ese afán de extraer metales preciosos llegó hasta nuestro país, a lugares como Chihuahua, Sonora, Baja California y Sinaloa. Las principales localidades mineras del sur de nuestro estado eran Cosalá, Copala, Pánuco y Rosario. Gambusinos, empresarios y estudiosos de la metalurgia de Estados Unidos llegaban de San Francisco a Mazatlán, para trasladarse de aquí a los mencionados distritos mineros .

De hecho desde mucho antes de que explotara la Fiebre del Oro de San Francisco la producción minera del sur de Sinaloa era conocida y celebrada en Inglaterra.

No sólo ciudadanos mexicanos estaban facultados para denunciar minas, sino también extranjeros. Sin embargo, para que éstos pudieran hacer la denuncia debían cubrir dos requisitos. Primero debían mostrar un certificado de ciudadanía expedido por el cónsul respectivo, en el caso del estadounidense tenía un precio de tres dólares; y el segundo requisito era mostrar un pasaporte expedido por el prefecto de Mazatlán, con precio de un dólar. Con estos documentos los extranjeros acudían al tribunal en cuya jurisdicción se encontraba la mina para hacer la denuncia a la cual debía caer la resolución en menos de un mes .

El trece de abril de mil ochocientos sesenta y tres, un corresponsal escribió desde Copala “Como ha sido mi intención durante mi estadía, mantenerlos informados de los asuntos mineros en esta sección del estado, uno de los mejores distritos minerales de Sinaloa y, me han informado, tan rico como cualquiera de la costa del Pacífico de México. Mi objetivo será darles una idea del progreso de varias minas abiertas en las cercanías. Las siguientes minas han sido explotadas considerablemente el mes pasado: La Cinco Señores, Manzanillo, Providencia, Sombrero, Napoleón, San Nicolás y una o dos más” .  Por otra parte se reportó la existencia de las minas Trinidad y  La Paz. Así como  La Providencia, Nuestro Consuelo, del Carmen y el Velén; las cuatro propiedad de la Providencia Mining Company. Las minas Manzanillo y Fatigas eran propiedad de una compañía de San Francisco. Otras minas eran Napoleón, Alacrán y San José. A unos tres kilómetros de Copala se encontraban las minas Arco y Sombrero. Todas ellas propiedad de extranjeros, principalmente estadounidenses. Sólo las minas La Esperanza y Extensión de El Velén eran propiedad de mexicanos .

La mina Barreteros ubicada en el cerro del mismo nombre, en las cercanías de Cosalá, fue explotada durante gran parte del siglo diecinueve. Se reportó que las primeras extracciones de metales se hicieron el año mil ochocientos uno, primero por un señor de apellido Félix y luego por Bartolo López quienes extrajeron considerables cantidades de plata. Sin embargo este último la abandonó debido a una demanda. Hacia mil ochocientos catorce el señor Yriarte se apropió de esta mina, y aunque obtuvo ganancias de ochenta y cuatro mil dólares, se vio precisado a abandonarla al ser incapaz de contrarrestar el flujo de agua del subsuelo. Para mil ochocientos cincuenta y uno una compañía de la ciudad de México tomó el control de la mina y León de Worringer fue nombrado su director. Éste de manera inmediata mejoró el sistema de extracción de los metales.

Hacia la década de los años setenta la mina Tajo, de Rosario, fue considerada como la mejor equipada y de mayor producción. Era propiedad del señor Bradbury, de Oakland,  junto con el señor Kelly y otros comerciantes de Mazatlán. En Plomosas existía la mina de este mismo nombre, cuya propiedad estaba dividida en veinticuatro acciones propiedad de comerciantes mazatlecos; otra mina era la Santa María; el cincuenta por ciento de la mina Xocihuistita, también en Plomosas, era propiedad de accionistas de San Francisco quienes para adquirirla pagaron quinientos mil dólares. La mina Santa Rosa era la principal de Pánuco .

Las principales minas de Copala eran la Cuatro Señores, Cinco Señores, Cinco de Mayo y Siempre Viva.  La primera de ellas había sido propiedad de William Best y había pasado a manos de Kelly y Compañía, mientras que la segunda era propiedad de dos comerciantes de Cosalá y tres de Mazatlán

Las principales minas de Cosalá conformaban un grupo denominado Guadalupe de los Reyes. La principal de ellas era La Estacata, propiedad de Echeguren y Compañía, de Mazatlán. Otras minas eran La Bufa, Mamut, La Estrella, Realito y Mina del Agua; todas ellas propiedad de la Mexican Mining and Real Estate Company de San Francisco . También existía la mina Gioconda que el señor Harpending de San Francisco había comprado a un mexicano por ochenta mil dólares .

Durante largos decenios la exportación de la plata extraída de las minas sinaloenses se hizo en pasta y no fue sino hasta el establecimiento de la disputada casa de moneda de Culiacán cuando los mineros enviaban la plata a procesar a dicha ciudad, y luego la exportaban ya acuñada .

Era tal la fama de las minas del noroeste de México que inclusive sirvieron para  financiar la guerra que se seguía contra los invasores franceses y el Imperio Mejicano. Gaspar Sánchez Ochoa, ya  nombrado general, era el comisionado de la República de México en Estados Unidos, y lanzó a través del Pacific Bank de San Francisco una emisión de bonos pagaderos a seis años, con valor de cincuenta centavos de dólar cada uno, con un interés del seis por ciento anual, mismo que sería pagado semestralmente. El respaldo financiero de estos bonos serían los aranceles recaudados en las aduanas de Mazatlán, Guaymas y Manzanillo, así como la producción de todas las minas existentes en los estados de Sinaloa, Sonora y Colima .

En mil ochocientos sesenta y seis la compañía J. S. Mannasse, de San Diego, acudió al llamado del representante mexicano y compró al general  Plácido Vega un elevado número de estos bonos. Una vez fenecido el plazo para la devolución del dinero invertido, la República  Mejicana fue incapaz de hacer el pago por lo que esta compañía presentó ante la Comisión Adjunta Americana y Mexicana  una demanda reclamando el pago de la suma invertida y los intereses generados. Dicha comisión fue incapaz de decidir al respecto, por lo que al caso pasó  a una corte de Washington, la cual sin titubeo alguno el veinte de junio de mil ochocientos setenta y uno condenó a la República Mejicana al pago de lo exigido en la demanda .












Las Instituciones Educativas

Hacia la década de los años mil ochocientos treinta la educación de la niñez mazatleca no era precisamente una de las prioridades de las autoridades. De hecho para el año mil ochocientos cuarenta Mazatlán ya había dejado de ser un caserío de pescadores pues estaba poblado por alrededor de ocho mil habitantes  y ya contaba con la aduana, comercios establecidos, una iglesia y varias legaciones. Sin embargo, no existía ni una escuela. Fueron los comerciantes extranjeros quienes mediante donaciones hicieron que se abriese la primera escuela pública de Mazatlán .

Al jurar lealtad a la Constitución de mil ochocientos cincuenta y siete por parte de los empleados y funcionarios públicos, el primero de mayo de dicho año, se brinda el dato de que sólo existía una escuela en la localidad cuando se da fe de que  jura guardar lealtad a la Carta Magna por parte de D. Juan J. Vazquez como preceptor de la escuela municipal.

Desde la aparición de la primera aula hasta el año mil ochocientos setenta y tres el gobierno tenía poco control sobre las instituciones educativas; de hecho nadie sabía cuántas escuelas existían en el estado. Fue por ello que el gobernador Eustaquio Buelna hizo emitir una circular ordenando realizar un censo de las instituciones educativas existentes en Sinaloa:

“Siendo necesario tener á la vista una noticia general de los establecimientos de instrucción pública que existen en el estado, por acuerdo del ciudadano gobernador se ordena á ud. remita á la mayor brevedad la que corresponde a ese Distrito, expresando los que sean de enseñanza primaria ó secundaria; por qué fondos están sostenidos; el número de alumnos que concurren, con distinción de su sexo; los libros que tienen y clases á que asisten. También se expresará el nombre de los directores, profesores ó maestros y el sueldo que disfrutan”.
“Independencia y Libertad. Mazatlán. Mayo 31 de 1873.- Francisco Salido Rodríguez. Oficial mayor”. 


Alumnos sobresalientes de las escuelas 1 y 2.

La noche del treinta y uno de diciembre de mil ochocientos setenta y dos Mazatlán no sólo se aprestó a despedir el año, sino también a festejar a los niños más inteligentes de la ciudad. Los pasillos y hasta el exterior de la casa municipal se encontraban abarrotados de autoridades civiles y militares, maestros y  alumnos de las escuelas municipales uno y dos, padres de familia y una orquesta que no paraba de tocar. Presidía la ceremonia el  general José Ceballos. Las materias que por las que los niños habrían de recibir premios eran: lectura, escritura, Historia, geografía, gramática, aritmética, geometría, costura y bordado, música y dibujo.

Alumnos y alumnas fueron separados de acuerdo a las costumbres de la época y formados  en grupos simétricos. Primero el c. Gabriel Peláez subió a la tribuna y leyó un discurso propio de tal acto. Después vino el c.  Francisco Ramírez  quien declamó una poesía referente a la juventud estudiosa. Luego las voces de las niñas se hicieron escuchar cuando a coro cantaron la pieza La Sonámbula.

Al finalizar dicha canción llegó el momento esperado.  Fueron las niñas quienes primero fueron recompensadas  por sus estudios. Veintinueve de la escuela número uno y cuarenta de la número dos recibieron sus respectivas medallas y accésit.

Apenas cinco semanas antes el Teatro del Recreo acababa de ser reinaugurado con la obra  Roberto el Diablo. Razón por la que vino el turno de una pieza homónima, catalogada como aria por la prensa local, la cual fue cantada por las mismas escolares. También participó con un discurso Adolfo Wilhelmy, quien era oficial primero.

Entonces era el turno de  los niños, quienes no pudieron competir contra sus compañeras. Sólo obtuvieron preseas, quince de la escuela número uno y treinta y siete de la número dos. De inmediato vino una romanza de la misma obra de teatro.

Por supuesto que la Casa Lancasteriana no podía faltar a tal acto dedicado a impulsar la educación de los niños del puerto. Con tal fin los lancasterianos habían dispuesto varios objetos, mismos que fueron rifados entre los escolares. Después de la rifa vino “el duo del Trovatore” y un vals interpretado por la orquesta.


Nacimiento del Liceo Rosales.

ANGEL URREA, Vice-gobernador &c.,

Que la H. Legislatura del mismo me ha dirigido el decreto que sigue:

“H. Legislatura del Estado de Sinaloa.

Núm. 32.- El pueblo del Estado de Sinaloa, representado por su 5° Congreso constitucional decreta la siguiente

Ley que establece un colegio de instrucción secundaria intitulado

“LICEO ROSALES”

Art. 1°. Se establece en la capital del Estado, un colegio de educación secundaria, intitulado COLEGIO ROSALES, en el que se enseñaran las materias siguientes:
Matemáticas puras,
Física,
Química,
Historia natural,
Francés,
Inglés,
Latín
Dibujo lineal,
Contabilidad mercantil.
Art. 2°. Los estudios se harán en tres años con las asignaturas siguientes:
Primer año.- Matemáticas, Francés, Dibujo lineal.
Segundo año.- Física, Francés, Inglés, Contabilidad.
Tercer año.- Química e Historia natural, Inglés, Latín.
Art. 3°. Las dotaciones de profesores y gastos del colegio, serán como sigue:
Un profesor de Matemáticas y Dibujo lineal anualmente. . . $  1,200 00
Un profesor de Física, Química é Historia natural . . . “  1,200 00
Un profesor de francés. . . “  480 00
Un id  de inglés. . .   “  480 00
Un id  de contabilidad. . .  “  240 00
Un id  de latín, cuando sea necesario. . .   “  600 00
Renta de casa. . .  “  1,200 00
Un portero y mozo de aseo. . .“  300 00
Sobresueldo a un profesor que sea prefecto ó inspector del
colegio. . .  “  240 00
Un rector que no sea profesor, honorario. . . $ 5,940 00
Art. 4°. Luego que los fondos de instrucción pública mejoren y que adelanten los estudios, se añadirán dos clases: una de historia y geografía y otra de lógica y literatura con la dotación de seiscientos pesos cada una.
Art. 5°. El rector y profesores serán nombrados por el Ejecutivo con la aprobación del Congreso.
Art. 6°. El rector y profesores unidos a tres miembros honorarios, que nombrará el Congreso, formarán una junta directiva de estudios, que consultará las mejoras que en el ramo de instrucción pública puedan introducirse y expedirá títulos á las personas que en el Estado adopten la profesión de enseñar, previos los exámenes respectivos.
Art. 7°. Se destinan en el año próximo con cargo al fondo de instrucción pública, tres mil pesos, para compra de muebles, útiles y máquinas para el colegio.
Art. 8°. Se establecerá en el colegio una biblioteca para la cual se destinan mil pesos anuales con cargo al mismo fondo.
Art. 9°. A medida que los fondos de instrucción pública lo permitan, se irán estableciendo en las cabeceras de distrito, por el órden de sus poblaciones, escuelas superiores, en que se enseñen los ramos siguientes: Matemáticas, Contabilidad, Inglés y Frances.
Sala de sesiones del H. Congreso. Mazatlán, Diciembre 27 de 1872.-Francisco G. Flores, diputado presidente.- Carlos M. Escovar, diputado secretario.- Adolfo Vizcarra, diputado secretario.
Por tanto mando se imprima, publique y circule, dándosele su debida observancia.
Mazatlán, Enero 2 de 1873.-Angel Urrea.-Francisco S. Rodríguez, secretario interino.”


Instituciones de beneficencia.

A mediados de los años setentas existían en la ciudad algunas asociaciones que funcionaban como instituciones de beneficencia. La Lancasteriana se dedicaba a proveer educación primaria a los niños de las clases bajas. La Auxiliar de las Señoras tenía el mismo propósito que la anterior. Las sociedades mutualistas Panaderos y Artesanos Unidos se ocupaban de enseñar sus respectivos oficios. La Porvenir del Bello Sexo que, como su nombre lo indica, atendía sólo la educación de las porteñas desde una perspectiva feminista. La Hidalgo que se encargaba de la instrucción de artes y oficios . Para marzo de mil ochocientos setenta y uno se estableció la Sociedad de Beneficencia de las Señoras, que se encargaría de combatir la mendicidad en la ciudad, haciendo distinción entre las personas que sí necesitaban pordiosear por las calles y los que hacían de la mendicidad su medio de vida .


Un colegio de niñas y clases de inglés.

En mil ochocientos setenta y uno la profesora Teresa Villegas, quien se había desempeñado como directora de la escuela municipal de niñas, anunció que abriría una escuela privada en la cual se daría instrucción correspondiente a secundaria .  Por su parte, para  mil ochocientos setenta y uno, la señora Matilde R. de Arons impartía clases de inglés tanto en casas particulares como en su propio domicilio, sito en calle del Indio Triste, número 34.


El Colegio Náutico.

La noche del ocho de noviembre de mil ochocientos setenta y dos el señor Francisco Dublé se vistió de gala para la reapertura del Colegio Náutico. No se hicieron esperar los discursos relativos al gran valor de esta escuela, a cargo del general José Ceballos, del alumno Juan Vasavilbaso, y de varias personas más. El propio señor Dublé hizo una reseña de la historia del colegio. Una vez concluidos los discursos la orquesta dio inicio al baile que se prolongó hasta las tres y media de la mañana .

El nombre oficial de esta institución era Colegio Náutico Mercantil y se ubicaba en calle Principal  46, en la casa de los señores Fontán. Contaba con dos tipos de alumnos, internos y externos, a quienes se daba instrucción secundaria y profesional mediante materias como pilotaje, cosmografía e hidrografía; aritmética, geometría y trigonometría; dibujo lineal y levantamiento de planos; francés e inglés y otras . 

Pronto la prensa insistió en que se abriese una escuela de contramaestres que operara junto con este colegio y se hizo el proyecto. Por su parte el ayuntamiento emitió un decreto otorgándole un subsidio a ambas instituciones .

El año mil ochocientos setenta y uno el ingeniero A. L. Tapia levantó un plano de la ciudad, y para realizarlo se auxilió de alumnos de este colegio. El plano comprendía las calles y manzanas sino también las propiedades con sus dimensiones y nombres de los propietarios .

No obstante, lo que en la actualidad se conoce como Escuela Náutica de Mazatlán fue inaugurada el  primero de enero de mil ochocientos ochenta y uno, con  José Ortiz Monasterio como director.





























































El Cordonazo de 1838

Durante el siglo diecinueve marineros nacionales y extranjeros coincidían en que Mazatlán era un puerto seguro, excepto durante la temporada de tormentas. De hecho eran muy pocos los hombres de mar que no rehuían al puerto sinaloense durante tal temporada; y no en vano acercarse por estos lares les causaba pavor. El primero de noviembre de mil ochocientos treinta y ocho un fuerte huracán azotó Mazatlán dejando un elevado número de  muertos y hundiendo los nueve  barcos que se encontraban en el puerto . Esta tormenta quedó grabada en la mente de los mazatlecos por varios años.

Ese día, entre las nueve naves hundidas por el viento y la marejada en las cercanías de Mazatlán, se encontraban dos fragatas de bandera estadounidense, Mary y Griffon. Muchos de sus tripulantes perecieron en ese acto. Mas no todos, y desde tierra John Parrot, el cónsul estadounidense, organizó la búsqueda y rescate de aquellos viajeros y tripulantes.

Andrés Correa, Alex Salazar y Juan Rodríguez se aventuraron en las violentas aguas para salvar la vida de William Plumstead y otros que se encontraban en inminente peligro. Luego de rescatarlos los depositaron en Puerto Viejo. Por su parte John Valcht  se arriesgó y fue hasta  Punta Blanca en busca de sobrevivientes. Algunos de los hombres de la fragata Griffon se encontraban resguardados en la isla de Crestón, y hasta allá fueron mazatlecos en una canoa a rescatarlos. Otros fueron a buscar sobrevivientes hasta las islas de Venados, Pájaros y Lobos. Desde Olas Altas algunos más quisieron unirse al rescate e intentaron lanzar una lancha pero el fuerte oleaje no lo permitió.

Una vez concluidas las labores de rescate, John Parrot premió, mejor dicho pagó a los rescatistas un total de trescientos veintitrés dólares con cincuenta centavos, los cuales se distribuyeron de la siguiente manera: a las tres personas que salvaron a William Plumstead se les pagó doscientos dólares por el rescate más dos cincuenta por llevarlo hasta su casa; a John Valcht  quince dólares; los que salvaron a quienes se encontraban en la isla de Crestón recibieron veintiséis dólares; quienes se aventuraron hasta las tres islas recibieron veinticinco dólares; y los hombres que desde Olas Altas quisieron unirse a la búsqueda pero no pudieron hacerlo recibieron cuatro dólares.

Mención especial merecen los cincuenta y tres dólares que John Parrot pagó a B. Machado por una canoa en la que rescatistas fueron en busca de sobrevivientes del Mary, quienes se encontraban  a la deriva en restos de la nave.

Los trescientos veintitrés dólares con cincuenta centavos que el cónsul pagó por el rescate de los náufragos causaron molestia a los auditores del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, ya que tal dinero no era de la bolsa de John Parrot sino de la legación, y por principio rechazaron que esos gastos fueran autorizados a los diplomáticos .


Dos raros fenómenos.

A decir de Edward Belcher un fenómeno denominado Roller era posible verlo al menos en cuatro puntos del globo: Tristán de Acuña, Santa Helena, Ascención y Mazatlán . Este fenómeno, que en nuestro puerto ocurría en la bahía del Fondeadero, consistía en que el mar retrocedía y se alejaba de la costa y luego regresaba rápida e impetuosamente, al igual que las olas generadas durante los terremotos submarinos. Lo grave sucedía cuando se encontraban barcos en las aguas de la bahía, mismos que quedaban varados en el fondo descubierto, luego cuando el mar regresaba violentamente los hacía añicos.

Señala Belcher que este fenómeno ocurrió en la bahía del Fondeadero los años 1827, 1836 y 1839. Sin embargo, el fenómeno era fácilmente evitable al fondear un poco mar adentro . 

“BOMBAS MARINAS. El domingo pasado, ha presenciado la población de este puerto el fenómeno atmosférico mas grandioso que puede imaginarse: dos bombas marinas de una magnitud y dimensiones sorprendentes, se presentaron á la vista en las Olas Altas. Las enormes masas de agua que á una altura prodigiosa se vieron levantarse, en momentos que el sol iba a ocultarse en el Ocaso, los vivos colores que sobre ellas se reflejaban al estar como estaban interpuestas entre el sol y la vista del observador debido á los rayos luminosos de aquel astro, y el aspecto que dió á las mangas en el momento de ocultarse asemajandolas á enormes reptiles arrojando fuego por la boca, era todo un conjunto que nosotros contemplamos extasiados”



























































Delitos y Delincuentes


Motín en la Amelia.

El nueve de septiembre de mil ochocientos cuarenta y ocho la goleta inglesa Amelia zarpó de Mazatlán rumbo a China capitaneada por el dublinés Robert L. McNally. A bordo llevaba un cargamento calculado en trescientos mil dólares y varios pasajeros entre los que se encontraban John Smith de Roterdam, John Berringer de Burdeos, el londinense Thomas Gannou, un sueco llamado Frank y un mejicano de nombre Ramón Alva. También viajaban tres extranjeros residentes en este puerto,  el señor y la señora Cook junto con su asistente, de nombre Mary Hudson.

Hacia el diecinueve de ese mismo mes la goleta abandonó la costa mejicana y se enfiló rumbo al continente asiático. Sin embargo, la noche del tres de octubre en la cubierta tres tripulantes de nacionalidad mejicana atacaron al segundo asistente del capitán, y lo mataron a cuchilladas. El capitán McNally y el señor Cook escucharon el forcejeo y salieron a investigar, pero de inmediato fueron atacados por dos hombres quienes les asestaron cuchilladas que causaron la muerte al segundo y severas heridas al capitán. Un tercer hombre se encontraba en el castillo de proa para evitar que otro guardia  se acercara.  El capitán pudo escapar y bajó a su cabina,  tomó un alfanje y regresó a cubierta para enfrentar a los asesinos, pero apenas había llegado cuando un cuchillo le abrió el cuello.

Miedo y confusión cundieron entre los pasajeros y la tripulación. Con el fin de proteger a las damas, el asistente del capitán las encerró en su camarote y luego fue a refugiarse al suyo. Al mismo tiempo los tres amotinados se posesionaron de la cabina y viraron el barco con rumbo a Perú. La mañana siguiente los tres hombres fingieron estar bajando un bote, mismo que ofrecieron al asistente junto con provisiones para que abandonara el barco en compañía de las mujeres. El hombre, creyendo que la oferta era sincera, se apresuró a ir a cubierta donde fue atacado y acuchillado por los amotinados quienes lo lanzaron al mar aún con vida. Luego, los asesinos se apropiaron del cargamento de oro y lo repartieron no solo entre ellos, sino que obligaron al resto de la tripulación a tomar parte.

Durante ese día los amotinados celebraron bebiendo  vino y jugando cartas. También obligaron a las mujeres a acompañarlos a la mesa mientras jugaban; si ellas no accedían las matarían. Al día siguiente, cinco de octubre, la Amelia continuó su viaje rumbo a sudamérica y el trío de delincuentes siguió bebiendo alcohol.

Para la media noche de ese día los amotinados se encontraban  embrutecidos por el exceso de alcohol y quedaron dormidos. El resto de la tripulación se dio cuenta  de la situación y urdió un plan. A la una de la mañana el holandés John Smith tomó un hacha y fue hacia la cabina donde encontró a los asesinos. Con esta arma mató a dos de ellos  pero, al parecer,  el tercero pudo oponer resistencia ya que el roterdamense sólo pudo cercenarle un brazo y necesitó la ayuda de un joven carpintero, de nombre desconocido, quien le ayudó a tirarlo por la borda.

Una vez terminado el motín, que tuvo como saldo la muerte de los amotinados y los asesinatos antes descritos así como el del mejicano Ramón Alva, el resto de la tripulación decidió que era necesario y obligatorio dar aviso a las autoridades de lo ocurrido. Mazatlán, por ser el punto de origen del viaje, fue tomado en cuenta, pero descartado ante la lejanía. Y la Amelia se enfiló hacia las islas Sandwich donde se inició una investigación que no encontró ningún otro culpable más que los tres mejicanos  amotinados .


Un naufragio sospechoso.

A principios de junio de mil ochocientos sesenta y tres el barco inglés Albemarle llegó a Mazatlán. No es posible asegurar de dónde provenía este navío, aunque debido a sus pasajeros es casi seguro que viniera de San Francisco. También  se sabe que durante esos días el puerto era abatido por una de sus conocidas y temidas tormentas.

Tal vez el capitán del Albemarle  jamás fue advertido de ello, quizá nunca había escuchado de esas tormentas y cordonazos. Aunque hubo quienes se atrevieron a especular que el único objetivo de su arribo a Mazatlán durante la época de tormentas era hundirlo para cobrar el seguro respectivo sin investigación alguna por parte de la compañía aseguradora o de las autoridades.

El barco tiró su ancla en la Bahía del Fondeadero, en algún punto entre las islas de Crestón y de Chivos, mientras esperaba que la tormenta amainara; pero ésta no cedía. A bordo del barco inglés se encontraba Frank F. Flanders, un estadounidense que traía consigo una carga muy especial: The Nondescript. 

La historia del The Nondescript, es decir el sin descripción, comienza con el inglés Charles Waterton; acaudalado aventurero, naturalista y taxidermista, que aseguraba haber encontrado en algún lugar de Guyana una criatura de apariencia de mono, muy peluda y con una gran cola, mismo que exhibían como atracción en San Francisco. En realidad The Nondescript era una falsedad producto de las habilidades taxidermísticas de Charles Waterton. No obstante, el señor Flanders transportaba tal criatura a bordo del Albemarle, como un gran tesoro, para exhibirla ante los mazatlecos. Y todo indica que quería mucho más a esa criatura que a su propia vida.

Hacia la medianoche del doce de junio oleaje y viento azotaban el Albemarle haciendo que el pánico cundiera entre los viajeros. No así entre los miembros de la tripulación que estaba conformada por viejos lobos de mar. Sin embargo, a las tres de la mañana de ese miércoles un bote tipo ballenero fue lanzado del barco para transportar a tierra pasajeros y parte de la tripulación. El señor Flanders aseguró en este bote un espacio para su criatura, mas no lo obtuvo para sí mismo.  Entonces fue hora de lanzar un segundo bote que transportaría a trece personas a tierra. Entre los que iban el propio Frank Flanders, el mejicano José María Peña; los miembros de la tripulación John Dring, John Hughes, un hombre de apellido Hindson,  Christopher Johnson; y siete personas más. No hubo espacio en los botes salvavidas para un gato y un cerdo que viajaban en el barco.

Sin embargo, este bote no corrió la misma suerte que el primero.  Contrario a lo que había sucedido minutos antes, las altas y continuas olas voltearon la lancha arrojando al mar los pasajeros donde se ahogaron las seis personas mencionadas.

Una vez en tierra firme, al ser cuestionado al respecto, el capitán del Albemarle negó haber dado órdenes de abandonar el barco y aseguró que quienes lo hicieron así, fue por voluntad propia.

La duda surgió de inmediato: cómo podían esos marineros experimentados haber abandonado el barco sin esforzarse en salvarlo  y, peor aún, cuánto pagaría la compañía aseguradora por el barco perdido. Los rumores tampoco se hicieron esperar. Se decía que no sólo el cerdo y el gato habían perecido en el Albemarle, sino también se habían perdido varias vidas humanas.


Salvado por la luz de una cantina.

Uno de los primeros días de febrero de mil ochocientos cuarenta y seis, alrededor de las ocho de una noche, William Maxwell Wood se encontraba en una playa del sur de Mazatlán. Le llamó mucho la atención que las canoas sobre la arena se encontraban quilla arriba. Pero William Maxwell no era un turista más, sino que era miembro de uno de los buques de guerra estadounidenses estacionados en las cercanías del puerto, por lo que su presencia en aquella oscura playa no era por el deseo de disfrutar de la brisa marina  sino que en realidad esperaba comunicarse con sus soldados . Pero detrás de las lanchas en la arena se escondía un hombre quien, viendo al marinero estadounidense solo, caminó hacia él  empuñando  un filoso cuchillo. Por unos segundos se  detuvo ante aquél y le escudriñó  la cara. El extranjero  dio un paso atrás y el intruso acercó aún más su cara a la del otro. El movimiento del soldado fue de vital importancia  ya que un haz de luz proveniente de una cantina cercana permitió al del cuchillo ver la cara del estadounidense, y al no reconocerlo se embolsó el arma y se alejó de ahí.

Un mes atrás, durante las celebraciones de año nuevo, en una de las calles de Mazatlán, Maxwell Wood estaba parado junto a  un desconocido y de repente  lo vio caer al suelo ensangrentado. El soldado recordó que el cura llegó a la escena del crimen minutos después, pero fue inútil ya que con un cuchillo al caído le habían partido el corazón en dos. Era obvio que el lugareño se había equivocado de persona, pero este recuerdo hizo que el militar estadounidense se sintiera indignado al haber tenido tan cerca de sí a la muerte. Y sin perder tiempo fue tras aquel hombre quien entró a una tienda. Para desgracia del porteño, en el local había varios marineros compañeros de Wood a quienes ordenó detenerlo para llevarlo ante la justicia. El hombre negó los cargos y Wood ordenó a los suyos esculcar el bolso, de donde sacaron el filoso cuchillo.  Los militares estadounidenses no lo entregaron a las autoridades sino que lo golpearon por un rato, luego le devolvieron el arma y le permitieron seguir su camino.


Las armas del teniente de la tripa.

Ya era el día en que habría de celebrarse el baile anual de los carniceros de la localidad, pero Rita, la virreina de la fiesta, aún no tenía su chambelán. Nada importaba que el ejército estadounidense estuviese posesionado del puerto, la tradición debía continuar por lo que esa mañana la joven mazatleca y sus amigas llegaron hasta donde se encontraba el teniente Wise para invitarlo al baile que se celebraría esa noche en las marismas. Él aceptó de inmediato. Y por ser ella la virreina del baile de los carniceros, dio a su chambelán el nombramiento de Teniente de la Tripa. Sin saber el significado de tal expresión, el militar lo aceptó de buen gusto.  Y esa noche allá fue el teniente de la tripa,  tras el amor de Rita, a parar a las marismas de las orillas de aquel Mazatlán en donde encontró una especie de templete en el medio del arenal, rodeado de numerosos puestos con luces y música. Sin embargo, el ambiente no era precisamente seguro razón por la que, por mera precaución, el militar invasor desaseguró su espada de la funda previendo que podría darse el caso de necesitarla. Rita y él caminaban entre los léperos y sus novias que bebían mientras bailaban al ritmo de un jarabe. De repente, en menos de un segundo alguien sustrajo la espada de la funda. Ni la virreina mazatleca ni su teniente de la tripa pudieron ver quién se había robado el arma. De inmediato se inició la búsqueda... pero fue en vano. Rita lloraba y suplicaba regresaran la espada a su chambelán pero fue inútil.  En protesta la virreina abandonó el baile y fue rumbo a su casa acompañada de su chambelán.

Mas no fue esa la primera vez que el teniente Wise fue víctima de robo en Mazatlán. Una noche en un apartamento, antes de dormirse, colocó sus dos pistolas y ropa en una mesa de centro y dejó la ventana abierta; convencido de que el enrejado de ésta era bastante para dormir con toda seguridad. La mañana siguiente encontró un gancho sujeto a un palo largo con el cual alguien había extraído las armas y ropa .


El cónsul amenazado.

El capitán estadounidense Edward Moore era propietario del Frank Hotel, lugar en el que se hospedaban todo tipo de personas, incluidos, por supuesto, ciudadanos de los Estados Unidos. Por tal motivo el representante de ese país en el puerto, Richard L. Robertson, en más de una ocasión tuvo que asistir a ese lugar a prestar servicios consulares a sus conciudadanos. El dueño del hotel sentía animadversión hacía el representante norteamericano y en más de una ocasión se jactó de que habría de matarlo en la primera oportunidad que se le presentara.  En realidad la razón que motivaba el odio de Moore hacia su compatriota era que éste representaba al gobierno de los Estados Unidos, en tanto que él era un secesionista a ultranza.

Pronto las amenazas de muerte llegaron a oídos del señor Robertson, y de inmediato, el día nueve de mayo de mil ochocientos sesenta y dos,  éste presentó una denuncia ante el juez de primera instancia del puerto. Este juzgador pasó el expediente al juez primero mayor para que recabara las pruebas pertinentes.  El doce de mayo Vicente Calderón  y M. Sánchez,  juez  y secretario del juzgado, escucharon los testimonios del estadounidense Benjamin A. Whiterman, de Watson C. Hull, cirujano del buque de guerra estadounidense Santa Maria, del alemán Henry Levi y de un mazatleco de apellido Pond. Los cuatro testimonios coincidían en que Edward Moore blandiendo su pistola de siete tiros, la cual siempre llevaba fajada, alardeaba que habría de matar al cónsul estadounidense.

Al día siguiente el juez primero mayor devolvió el expediente al juzgado de origen, el cual ese mismo día hizo comparecer al capitán estadounidense. Éste negó los cargos que le imputaban testigos y denunciante. No obstante, pidió que el cónsul por ningún motivo se presentara en su establecimiento ni se inmiscuyera  con él. El diplomático solicitó al juez exigiese al denunciado caución pecuniaria. Ante lo que el juzgador emitió una resolución por la que negaba exigir al denunciado fianza alguna ya que las leyes no lo permitían, y al mismo tiempo obligaba al hotelero a permitir el acceso libre y seguro del cónsul a su establecimiento.

El cónsul no quedó conforme con la resolución judicial,  por lo que pidió copia certificada del expediente. Una semana después con ella en mano acudió directamente ante el gobernador Plácido Vega.  El ocho de junio éste emitió una resolución en cuya parte primera conminaba a Edward Moore a presentar ante el juez de la causa una fianza por la cantidad de ocho mil pesos y jurar solemnemente que no habría de ofender o molestar al diplomático. La parte segunda del resolutivo establecía que si el hotelero se negaba a presentar la fianza, habría de abandonar la circunscripción consular de Richard L. Robertson en un plazo improrrogable de quince días.

El hotelero secesionista se negó a pagar la elevada fianza que le había sido impuesta y se vio obligado a abandonar el puerto. No obstante, el destierro sólo duró entre tres y cuatro meses ya que otros secesionistas residentes en el puerto intercedieron por él aduciendo inversiones de miles de dólares que requerían su presencia y fue por ello que se le permitió regresar a Mazatlán .


Un accidente más.

El dieciséis de octubre de mil ochocientos setenta y ocho en la tienda del señor Luís Morales el empleado Ángel Navarro se encontraba limpiando una pistola. Ahí se encontraba también la niña Marcelina Saucedo, de diez años de edad. Accidentalmente el arma se accionó disparando una bala que  atravesó el corazón de la pequeña quien murió al instante.












Los Náufragos del Eiju Maru

El siete de octubre de mil ochocientos cuarenta y uno el barco pesquero Eiju Maru zarpó de Hyogo, Japón, llevando a bordo a  Jatsutaro y su hermano mayor, Shichitaro, el capitán Zensuke Inoue y once pescadores más.  En Uraga el barco fue inspeccionado  y al día siguiente zarpó rumbo a Oshu, mas el viento lo obligó a ir hacia Izu hasta ir a parar a Oajiro.  El navío llegó a Cabo Inubo el veinticuatro de noviembre, de ahí  regresaría a Oshu. Pero alrededor de las diez de la noche el fuerte viento  de la noche los obligó a arrear velas y dejar que el barco navegara a la deriva. Hacia la media noche la situación empeoró obligando a los hombres a echar por la borda parte de su cargamento. El día siguiente no fue mejor,  por lo que  se vieron forzados a deshacerse de más carga. Pronto el Eiju Maru navegaba a la deriva rumbo al sureste.

Para finales de marzo de mil ochocientos cuarenta y dos los japoneses se dieron cuenta que los días se hacían más largos y cálidos. Un día uno de los pescadores subió a la torre y vio un barco a lo lejos. Los japoneses estaban sorprendidos de ver un barco después de viajar meses a la deriva; pero quedaron aún más sorprendidos cuando aquella nave se acercaba más y más a ellos. La sorpresa se convirtió en terror al darse cuenta que el barco que se les acercaba era  de extranjeros. El buque, que era comandado por dos españoles y  contaba con  una tripulación de veintiséis filipinos, dio varias  vueltas alrededor del Eiju Maru hasta que bajó  dos botes con cinco o seis hombres armados. Las lanchas dieron varias vueltas alrededor del barco japonés hasta que finalmente aquellos hombres decidieron abordarlo.

Los japoneses no sabían qué trato recibirían por parte de los recién llegados, por lo que los  recibieron con saludos y reverencias. De inmediato filipinos y españoles descubrieron en los japoneses signos de debilidad debido a la mala alimentación. Pronto los nipones abandonaron el Eiju Maru y subieron al otro barco.  Los primeros tres días los náufragos recibieron alimentos tres veces al día; los días siguientes sólo dos veces diarias. El barco siguió su viaje rumbo al sureste por sesenta días durante los cuales los japoneses fueron tratados como esclavos; mal alimentándolos y obligándolos a trabajar sin parar.

Para finales de mayo de mil ochocientos cuarenta y dos el barco se acercó a tierra y por fin ancló. Jatsutaro vio a los extranjeros bajar un bote y dirigirse a la playa, al parecer para realizar algunas compras.  Esa media noche los extranjeros obligaron a siete de los japoneses a abandonar el barco.

Una vez más estos nipones estaban aterrados ¿En qué tierras se encontraban? ¿quiénes las habitaban? ¿serían gentes tan bárbaras como los que recién los habían abandonado? Jatsutaro y Zensuke decidieron ir a buscar ayuda en una casa que habían visto desde el barco, pero los demás se opusieron con temor.  A pesar de ello, aquéllos se aventuraron y caminaron a la luz de la luna un par de leguas. Pronto escucharon voces en un idioma inentendible, pero osaron alzar las suyas. De inmediato obtuvieron respuesta de los nativos quienes estaban sorprendidos de ver a los extranjeros ahí.

Los lugareños guiaron a los japoneses hasta un sitio donde se encontraban dos casas y unas veinte personas quienes igualmente quedaron sorprendidas de ver a los exnáufragos. Todos parecían querer saber cómo habían ido a parar ahí, pero ni los lugareños hablaban japonés ni los nipones hablaban el idioma de los nativos. A pesar del obstáculo lingüístico, mientras tomaban agua, con señas los recién llegados les hicieron saber sus desventuras y sufrimientos. Uno de los lugareños parecía preguntar que de dónde venían, a lo que ellos respondieron Nippon varias veces. Los lugareños respondieron diciendo Japón.

Los siete japoneses permanecieron durante dos días en ese lugar,  que tiempo después supieron que se llamaba Cabo San Lucas. De ahí los náufragos fueron llevados en barco a San José del Cabo, donde fueron presentados ante la autoridad. Ahí encontraron a  dos de los japoneses que habían permanecido en el barco que los había traído a Baja California.

Conversaban los nueve japoneses sobre sus aventuras y el destino de los cuatro compatriotas suyos que aún quedaban en el barco cuando unos veinte hombres, al parecer comerciantes, llegaron hasta ellos. Cada uno de los mejicanos adoptó un japonés y lo llevó a vivir a su casa. 

A principios de septiembre siguiente  Miguel Chosa, quien era el protector de Jatsutaro, recibió una carta  de la capital por la que tuvo que trasladarse a un lugar llamado Mazatlán. El comerciante dejó al japonés como encargado de sus asuntos y de su familia.

Dos meses después, en noviembre, Jatsutaro conoció a Berón, un marinero amigo de Miguel Chosa, quien le preguntó si era su intención regresar algún día a su país natal. Con tristeza Jatsutaro le respondió que ni por un momento podía olvidar su tierra y sus padres.  Ante ello, Berón le recomendó trasladarse a Mazatlán, donde le sería más fácil encontrar un barco con destino al lejano oriente.

Jatsutaro envió con Berón una carta a Zensuke, quien residía en La Paz,  haciéndole saber la conversación sostenida. Pronto los nueve japoneses se reunieron y convinieron en que  Jatsutaro y Zensuke eran los idóneos para realizar el viaje a aquel lugar llamado Mazatlán y buscar una vía de regreso a Japón. En su propio barco Berón transportó a estos dos nipones de San José a Mazatlán, donde llegaron entre el cinco y seis de diciembre. La fortuna seguía de su lado pues un bergantín estadounidense saldría en cuestión de cuatro o cinco días rumbo a China.

Miguel Chosa, quien  se encontraba aún en Mazatlán, se enteró de la llegada de los japoneses. Pronto fue a ver a Jatsutaro  y le pidió  no regresar a Japón. A cambio le daría una de sus hijas y una dote de diez mil monedas de plata. Con cortesía  el nipón se rehusó.

Berón llevó a los dos japoneses a las casas de las familias pudientes de Mazatlán, a quienes pedían ayuda monetaria para repatriar a los japoneses. Algunos les daban cinco o diez monedas de plata; de las familias más ricas obtenía treinta e incluso cincuenta monedas. Al final lograron reunir  doscientas sesenta  monedas.

Jatsutaro y Zensuke  querían regresar  a San José para llevar a sus compañeros en el viaje a China.  Pero no había tiempo. Berón les advirtió que si perdían ese barco podrían pasar seis, doce o veinticuatro meses antes de que otro barco zarpara con ese rumbo. Con dolor ambos utilizaron cien monedas para comprar pasajes en barco,  y parte del resto se utilizó en ropa, vinos y otros artículos.

Sólo cinco días estuvieron Jatsutaro y Zensuke  en Mazatlán  ya que abordaron el bergantín estadounidense y pudieron llegar a sus casas el dos de octubre de mil ochocientos cuarenta y cuatro .





















La Flema Inglesa

Durante gran parte del siglo diecinueve los barcos de guerra de Inglaterra constantemente visitaban el Pacífico mejicano. Y aquellos modernos buques a menudo anclaban en las aguas mazatlecas guiados por la necesidad de avituallamiento o por la ambición que provocaban los productos mineros del sur de Sinaloa. Definitivamente la escuadra inglesa era muy poderosa, tanto así que cuando Estados Unidos se preparaba ya a invadir los puertos mejicanos el poderío de aquélla hacía temer a los estadounidenses ya que, se especulaba, Inglaterra tomaría posesión de California antes que ellos. Y debido a esa superioridad los ingleses en más de una ocasión hicieron sufrir a los mazatlecos.


Una fragata austriaca.

En octubre del año mil ochocientos cincuenta y nueve un barco que el ejército mexicano empleaba como guardacostas encontró anclada en las cercanías de Mazatlán una fragata de bandera austriaca llamada Ivich. Los oficiales mexicanos abordaron la misteriosa nave y sólo encontraron dos marineros casi agonizantes, éstos les informaron que tres tripulantes más se habían aventurado en busca de auxilio. El barco se encontraba seriamente averiado, por lo que parecía imposible que completara su viaje de Río de Janeiro a San Francisco. De inmediato la nave fue asegurada y trasladada hasta las cercanías de la aduana.

Pronto la noticia corrió por la ciudad y llegó hasta los oídos de William Miller, vicecónsul de Estados Unidos, quien fue a investigar el caso y encontró que la fragata transportaba un cargamento de café. En vista de que el destino de la carga era una ciudad estadounidense, el diplomático asumió que dichos bienes eran propiedad de personas de su país y, ante la inexistencia de un representante austriaco en el puerto, solicitó a las autoridades ser nombrado depositario de la nave, asumiendo toda  responsabilidad por las reparaciones de ésta, el manejo de la carga y el pago de cualquier deuda que le surgiera. El caso fue turnado a un juez de la localidad quien accedió a tal petición e hizo comparecer al diplomático ante el juzgado para hacerle entrega formal y material del barco junto con todos los documentos que habían encontrado a bordo.

Pronto el vicecónsul llegó a un arreglo con todas las personas que habían intervenido tanto en el salvamento como en las  reparaciones inmediatas del navío,  conviniendo en pagarles los adeudos causados. Todo parecía andar sobre ruedas, excepto por un pequeño gran detalle: el gobierno de Méjico exigía como pago por el salvamento una tercera parte del valor de la nave y otro tanto de la carga. El vicecónsul quedó sorprendido e indignado por tal exigencia. “Tal reclamación no tiene paralelo, ninguna Nación civilizada puede esperar que le paguen por ser humana”  alegaba él. Mas de nada sirvieron sus argumentos y las autoridades portuarias se mantuvieron en su exigencia esgrimiendo “somos pobres y no podemos darnos el lujo de ser generosos” .

Sin pedir permiso al depositario legal del barco, por la mañana del veintisiete de octubre las autoridades mazatlecas fueron hacia la fragata Ivich y la acercaron hacia la orilla con el propósito de descargar y asegurar la parte del café que consideraban su pago. William Miller se encontraba desesperado debido a que no podía solicitar la protección de los militares de su país ya que ningún barco de guerra estadounidense se encontraba en las cercanías de Mazatlán. Sin embargo reparó en que el Amethyst, buque de guerra inglés, se encontraba anclado en el puerto. Y allá fue el vicecónsul a exponer el caso al capitán del barco inglés, Sidney Grenfell, quien atentamente escuchó los pormenores del delicado asunto. El vicecónsul solicitó su intervención y le pidió aceptara ser nombrado custodio del Ivich, nombramiento que el capitán inglés aceptó “en auxilio de una Nación amiga ante la arbitrariedad de un gobierno extranjero” .

Ni el cónsul estadounidense ni el capitán inglés comunicaron a las autoridades mejicanas la determinación que habían tomado, sino que fraguaron un plan para recuperar el navío. Por la noche del día siguiente una lancha salió del barco inglés rumbo a la fragata austriaca, que se encontraba precisamente frente al fortín del ejército mexicano. La canoa transportaba al capitán Dyer y veinte marineros fuertemente armados. En la oscuridad, con gran sigilo y arrojo, los ingleses abordaron el barco en disputa, sin realizar un solo disparo subieron el ancla y alejaron la nave de ese punto para colocarla junto al buque de guerra inglés. El Ivich ahora era resguardado por la Marina Real y los mexicanos nada podían hacer al respecto.

Pero las presiones del capitán del Amethyst a las autoridades de Mazatlán no se concretaron a resguardar el Ivich, sino que aquél inició un bloqueo al puerto. Para los primeros días de noviembre el buque de la marina inglesa tenía entre seis y ocho barcos de nacionalidad mexicana encañonados en las cercanías de la isla de Venados. El día cinco, bajo los auspicios del capitán de la fragata estadounidense Sparking Sea,  ingleses y mexicanos celebraron una conferencia, a bordo de dicho barco, en virtud de la cual se llegó a un acuerdo y finalmente los barcos mexicanos fueron liberados el día seis .

Era obvio que las presiones ejercidas por el buque inglés eran efectivas ya que ese mismo día cinco  las autoridades mazatlecas llegaron a un acuerdo con el vicecónsul de los Estados Unidos y decidieron someter el caso del Ivich a un juicio arbitral. Los árbitros que tuvieron la responsabilidad de solucionar esta disputa con imparcialidad, la cual involucraba ya a cuatro naciones,  fueron cuatro comerciantes de la localidad .

Las actividades bélicas del Amethyst no sólo se concretaron a Mazatlán. A finales del ese mismo año en San Blas fue apresado el cónsul británico bajo cargos de contrabando. Y de inmediato fue allá el buque inglés. En esos mismos días llegaron a aquel puerto dos barcos ingleses con mercancías para la Baron, Forbes y Compañía de Tepic, los cuales fueron asegurados por las autoridades locales. El capitán del Amethyst exigió su liberación, pero las autoridades se negaron a entregarlos. Entonces el capitán mandó en botes a sus hombres para liberarlos. De inmediato desde tierra los mexicanos abrieron fuego en contra de aquéllos, pero con mucha más rapidez y destreza el buque inglés abrió fuego contra los soldados mexicanos. El resultado fue que los dos barcos asegurados fueron liberados por los soldados ingleses .


El Incidente del Chanticleer.

El  once de mayo de mil ochocientos sesenta y ocho, proveniente de San Blas, llegó a este puerto el buque de guerra inglés Chanticleer. Ese mismo día partió rumbo a otros puntos del golfo .  El once de junio el barco se encontraba en las cercanías de Altata cuando se colocó en una situación de peligro y mediante un disparo de cañón pidió ayuda a las autoridades portuarias. De inmediato un piloto fue enviado para auxiliar en las labores,  y una vez a salvo en el puerto se le exigió el pago de la maniobra de pilotaje. El capitán del barco se negó a pagar y el caso fue reportado tanto al gobernador del estado como a la aduana de Mazatlán .

Días después el Chanticleer regresó a nuestro puerto, y los oficiales del navío celebraron contrato con un comerciante de la localidad, de quien obtuvieron seiscientos treinta y tres dólares para avituallarse.  Previniendo que las autoridades de la aduana pudieran considerar tal transacción como contrabando, se pidió permiso a éstas para llevar el dinero al barco . El dieciséis de junio el pagador general del barco, señor Wallace, realizó las compras que necesitaba y se dirigió hacia su navío aún llevando trescientos setenta y ocho dólares en efectivo. A pesar de haber dado aviso a las autoridades aduanales sobre el préstamo monetario, al pasar por el edificio de la aduana el señor Wallace fue detenido por los oficiales de ésta, quienes lo esculcaron y encontraron en una bolsa secreta el efectivo mencionado, mismo que de inmediato fue confiscado bajo cargos de contrabando . En realidad la búsqueda se debió a que un oficial de la aduana había recibido noticias de que el pagador del barco inglés estaba realizando dichas labores ilícitas .

El señor Wallace fue a su navío y reportó los hechos a su capitán, William H. Bridge. Sin perder tiempo éste bajó a investigar los hechos, pero al no saber qué hacer buscó ayuda entre los comerciantes.  Ya de regreso al barco, el capitán pasó por el edificio de la aduana y fue detenido por tres oficiales aduanales quienes, sospechando que se trataba de un contrabandista más, lo esculcaron mientras se mofaban de él. El inglés les hizo saber que estaban tratando, en realidad maltratando al capitán de un buque de guerra inglés, lo que provocó las risas y burlas de estos oficiales quienes lo dejaron ir una vez que lo humillaron.

Al día siguiente el capitán Bridge envió una nota de protesta al general Ramón Corona demandándole en primer término que los oficiales de la aduana que lo habían ultrajado fueran enviados al Chanticleer donde él personalmente les propinaría el castigo que merecían; luego exigía la devolución del dinero confiscado y por último una sanción pecuniaria por los insultos recibidos. Estas exigencias debían ser satisfechas en un plazo no mayor de veinticuatro horas . Corona se deslindó del caso  haciéndole saber que no tenía jurisdicción ya que él sólo era el Comandante de la Cuarta División del Ejército Mejicano y que si quería justicia debería recurrir a los juzgados y en última instancia acudir directamente al gobierno federal. El día siguiente el capitán del navío inglés y otro de sus oficiales bajaron a tierra en uniforme completo y se entrevistaron con el cónsul inglés, con quien enviaron una nueva nota a Corona. El día diecinueve el capitán envió una nueva nota a Corona exigiéndole la devolución del dinero y una disculpa por los insultos recibidos; de no hacerlo así él ya resolvería el asunto a su manera. Una vez más el militar mexicano le respondió lavándose las manos .

Resuelto por completo, el día veinte de junio William H. Bridge envió al cónsul estadounidense la siguiente nota:

“Barco de Su Majestad Chanticleer en Mazatlán. 20  de junio de 1868.
Señor:
Tengo el Honor de informar a usted que habiendo fracasado procurar reparación de las autoridades mexicanas en Mazatlán por el gran insulto que me fue infligido por el departamento de aduanas, me veo compelido a tomar medidas sumarias para repeler los insultos.
Por  tanto, bloquearé el puerto de Mazatlán desde este mediodía, y haré dicho bloqueo en tanto lo considere necesario. Si requiriese de fuerzas para llevar a cabo mis intenciones, me veré obligado a recurrir a ellas. Pero será mi deseo, mientras inflijo este castigo al gobierno de Mazatlán, en lo posible no causar daños a la propiedad privada.
Le ruego tenga la bondad de izar en su consulado la bandera de los Estados Unidos y notifique a sus paisanos en Mazatlán mis intenciones.
Antes de abrir fuego al edificio de la Aduana y otros edificios públicos izaré la bandera inglesa en el mástil y dispararé una salva, para que los habitantes puedan alejarse del peligro.
Tengo el honor, Señor, de ser su más obediente servidor.
W. H. Bridge. Comandante y Señor Oficial. Costa Occidental de México”.

Al mismo tiempo, el inglés hizo pública la siguiente carta:

“20 de junio de 1868.
A los habitantes de Mazatlán
Considerando los graves insultos que han sido infligidos al comandante y otros oficiales del Barco de Su Majestad Chanticleer por las autoridades de Mazatlán; y considerando que ha sido negada una satisfacción por tales insultos.
Por tanto hago saber que a partir del mediodía del día 20 de junio de 1868, el puerto de Mazatlán será bloqueado y cualquier barco mexicano que intente salir del puerto será inmediatamente detenido.
La bandera británica será izada en el tercer mástil del Chanticleer y una salva disparada, para advertir a los habitantes que se alejen hacia un lugar seguro.
William H. Bridge.
Comandante del Chanticleer”.

El cónsul estadounidense recibió la nota a las diez de la mañana del sábado veinte y tan sólo dos horas después, exactamente a mediodía, tal como había amenazado, el barco inglés comenzó el bloqueo del puerto mazatleco.

El capitán Bridge había amenazado con bombardear la aduana y otros edificios públicos el lunes veintidós, y no había duda de que cumpliría su palabra. La noticia pronto se esparció entre la población y con ella cundió el pánico. De inmediato algunos ciudadanos buscaron un mediador en el conflicto y acudieron al cónsul estadounidense y al de Prusia. Los ciudadanos estadounidenses por precaución izaron su bandera en sus propiedades. Esa misma mañana del día veinte el cónsul de Estados Unidos y el de la República de Ecuador, señor Arzúa, acudieron a platicar con Ramón Corona y le instaron a que resolviese ese conflicto. Él mantuvo su postura de que el caso escapaba de su jurisdicción. No obstante, debido a la gravedad del asunto, enviaría una nota al capitán inglés. Aunado a lo anterior, el diplomático estadounidense y el de Prusia, señor Fuhrken, enviaron una nota al capitán del buque inglés y el segundo también envió una nota a su similar de Inglaterra en el puerto solicitándole impidiera el bombardeo.

A instancias de sus oficiales de marina,  Ramón Corona mandó montar en el edificio de la aduana tres piezas de artillería y una guardia integrada por  doscientos soldados al mando del coronel Adolfo Riestra. Era entre las cinco y cinco treinta de la tarde cuando cuatro lanchas, cada una con ocho soldados armados, bajaron del barco inglés y se enfilaron hacia el enclenque muelle frente a dicho edificio, donde la artillería del ejército mexicano se aprestó a repeler el desembarque. La noticia se propagó de inmediato y muchos mazatlecos, hombres y mujeres, con curiosidad fueron a la playa a observar lo que parecía el inicio de una nueva guerra. Un elevado número de ciudadanos quería unirse en la defensa de su ciudad y pedía al ejército armas;  el general Neri, subalterno de Ramón Corona, las repartió todas . Soldados y civiles mexicanos esperaban a los ingleses gritándoles palabras ofensivas y obscenidades, mismas que fueron correspondidas desde las canoas. Al ver la aduana defendida de tal manera  los ingleses abandonaron su misión y se vieron obligados a regresar al barco. A decir verdad no es posible establecer cuál o qué era su tarea, tal vez tomar la aduana o simplemente asustar a las autoridades de Mazatlán .

Después de una noche de tensa calma llegó el domingo veintiuno, cuando por precaución, del edificio aduanal fueron sacados los archivos y demás bienes de valor. Lo mismo hicieron los soldados, quienes removieron del cuartel sus similares. Por supuesto que los comerciantes no se quedaron atrás. También ese día el diplomático estadounidense envió al capitán inglés la siguiente nota:

“Señor:
En unión de los cónsules de Inglaterra y de Prusia, siento que es mi deber llamar su atención sobre la gran destrucción de vidas y propiedades que habrá de resultar del bombardeo de esta ciudad.
Como la ciudad es indefensa y la mayoría de las propiedades pertenecen a extranjeros, verdaderamente espero que usted pueda obtener reparación de alguna manera más leve.
Muy respetuosamente.
Isac Sisson.
Cónsul de  Estados Unidos”.

Ese mismo día el gobierno del estado a través de una nota en su periódico oficial, Regeneración de Sinaloa, dio cuenta de este intento de desembarco y de la reacción patriota de civiles y militares. De la misma forma justificaba el acto de los oficiales de  la aduana aduciendo que el decomiso del dinero del militar inglés se había hecho con estricto apego a las leyes .

Mientras tanto el Chanticleer seguía bloqueando el puerto, aunque de manera selectiva, ya que sólo detenía los barcos de bandera de la República Mejicana por unos minutos para luego dejarlos continuar su viaje. Como estrategia diplomática Ramón Corona hizo saber a William H. Bridge que evacuaría sus tropas de la plaza al momento de que el buque inglés iniciara las hostilidades, a la vez que le reiteraba que el asunto escapaba de su competencia.

Muy temprano en la mañana del día veintidós familias completas evacuaban la ciudad mientras que el Chanticleer tomaba posición para iniciar el bombardeo. 

Los comerciantes se sentían atrapados entre Escila y Caribdes; si los ingleses bombardeaban la ciudad el ejército mexicano la evacuaría. Y ante la falta de elementos de seguridad una vez terminado el bombardeo saqueos y motines comenzarían instantáneamente. Fue por ello que los hombres de negocios entraron en contacto con el capitán Bridge y le expusieron estos argumentos, haciéndole saber que, amén de los muertos y daños a las propiedades,  quienes mayormente se verían afectados por el bombardeo serían precisamente ellos, comerciantes conciudadanos de él y de otros países amigos del imperio británico. Razones por las que le pidieron reconsiderara su decisión de reducir a escombros el edificio de la aduana y demás edificios públicos. Aún más, ellos consideraban que su cólera era justa y  apoyaban su determinación de buscar una satisfacción, aunque no tan severa. Y en vista de que las autoridades de la aduana se negaban a pedirle disculpas,  y que Ramón Corona aducía ser ajeno a dicho conflicto, todos ellos en conjunto le pedían disculpas por los insultos recibidos.

El capitán del Chanticleer les hizo saber que si todos en conjunto firmaban una carta pidiéndole perdón, él reconsideraría el asunto. Fue así como los principales comerciantes del puerto se unieron para escribir una carta en la cual le pedían disculpas por los insultos recibidos y le rogaban no bombardeara Mazatlán. Al recibir la carta William. H. Bridge convino de inmediato en no bombardear la ciudad. Sin embargo el bloqueo al puerto continuaría en tanto no recibiese instrucciones de su Almirante General en la costa.

Días después los gobiernos mexicano e inglés tomaron el asunto en sus manos  y éste ordenó al capitán del Chanticleer zarpar rumbo a Panamá. Además envió otro navío de su escuadra que se encargaría de reactivar los lazos de amistad con Mazatlán . Por su parte el gobierno mejicano suspendió a los empleados que habían intervenido en el maltrato al capitán del Chanticleer. Jesús Vega, el oficial aduanal que había confiscado el oro al pagador Wallace, aducía en su defensa haber actuado siempre conforme a ley .


La curiosidad…

Todavía estaba reciente el incidente del Ivich cuando la superioridad de la armada inglesa doblegó una vez más a las autoridades mexicanas. Señala el cónsul estadounidense que este nuevo incidente se suscitó cuando un comerciante de la localidad, con la anuencia del gobernador del estado, abrió una correspondencia dirigida al capitán del buque de guerra inglés Amethyst, Sidney Grenfell. Gracias a este acto las autoridades locales se enteraron que se debía a la aduana local una suma por concepto de aranceles de exportación, y de inmediato se intentó cobrar el numerario.

Cuando Sidney Grenfell se enteró de la manera en que las autoridades locales habían investigado este hecho exigió de éstas una reparación por el insulto recibido, demandándoles el pago de una suma de dinero así como saludar a la bandera británica con veintiún disparos de cañón. Con el propósito de hacer entender a las autoridades de Mazatlán que el asunto era de suma seriedad, se ordenó a otro buque de guerra británico, fragata Pylaris, venir a este puerto . El tres de octubre de mil ochocientos cincuenta y nueve a las autoridades civiles de la localidad no les restó sino efectuar veintiún cañonazos en honor de la bandera inglesa que ondeaba en el consulado británico . 


El cónsul contrabandista.

La constante presencia de los buques de guerra ingleses en la costa de San Blas a Mazatlán tenía como motivo principal el contrabando de los metales preciosos extraídos de las minas de las cercanías. “La presencia de los buques de guerra ingleses en esta costa es vergonzosa hasta el último grado. Están aquí mayormente con el propósito de contrabandear, lo cual efectúan con gran descaro y desfachatez” . 

Durante meses los comerciantes de la localidad habían estado a merced de las fuerzas de los conservadores quienes les habían obligado a pagar impuestos imprevistos, o a contribuir con inusuales aranceles de  importación,  cuando en mayo de mil ochocientos cincuenta y nueve las fuerzas federales al mando del general Pesqueira liberaron Mazatlán. Sin embargo, los comerciantes temían que tras la toma del puerto los saqueos se repetirían y buscaron sitios donde guardar sus propiedades.  Y uno de los lugares más seguro era el consulado británico.

Thomas Shelly , quien además de ser cónsul inglés en el puerto también realizaba actividades comerciales,  fue una de las personas que temían los saqueos e intentó llevar hasta un barco de la marina inglesa, el Rapid,  un total de cincuenta mil pesos. Sin embargo, omitió un pequeño detalle: Mazatlán estaba ya en poder de los liberales y las autoridades aduanales lo atraparon y le confiscaron todo el dinero.















Cuando Mazatlán Dejó de Ser Capital del Estado

El veintidós de julio de mil ochocientos sesenta y siete el gobierno federal emitió una ley en virtud de la cual se prohibía que las capitales de los estados tuviesen sus sedes en los puertos. Aunque Mazatlán no era la única población a la orilla del mar en ser capital de una entidad federativa, esta determinación parecía llevar dedicatoria expresa a sus intereses. De inmediato Culiacán alegó derechos de antigüedad. Al Congreso del estado llegó una iniciativa de ley proponiendo a Elota como nueva capital estatal. En la búsqueda de convertirse en asiento de los poderes también entraron San Ignacio y Cosalá, e incluso se propuso construir una ciudad nueva para tal propósito, en algún lugar entre las márgenes de los ríos Piaxtla, Elota y San Lorenzo .  Por su parte los habitantes de la tierra de venados alegaban la superioridad económica de su ciudad derivada del comercio nacional e internacional.

La siguiente es transcripción del decreto por el que Mazatlán dejó de ser capital del estado de Sinaloa:  

“EUSTAQUIO BUELNA, Gobernador etc.
-Que la H. Legislatura del Estado me ha comunicado el decreto que sigue;

Núm 1.- El pueblo del Estado de Sinaloa, representado por su 6° Congreso Constitucional, decreta lo siguiente:

LEY QUE DECLARA A LA CIUDAD DE CULIACAN ROSALES
CAPITAL DEL ESTADO.

Artículo único. Se declara que la ciudad  de Culiacan Rosales es la capital del Estado de Sinaloa, y á ella debe trasladarse la residencia fija de los Supremos Poderes del mismo.

Sala de sesiones del H. Congreso del Estado de Sinaloa. Culiacan Rosales, Septiembre 20 de 1873. –J. M. Gaxiola y B, Diputado vice-presidente. –A. Blancarte, Diputado secretario. –Demetrio Ibarra, Diputado secretario.
Por tanto, mando se imprima, publique y circule, dandosele el debido cumplimiento.
Palacio de Gobierno del Estado. Culiacan Rosales, Septiembre 20 de 1873. Eustaquio Buelna. –F. Armienta, secretario”.






























La Invasión Estadounidense

Hacia el año mil ochocientos treinta Mazatlán no era sino un pueblo de indígenas pescadores en las cercanías del cerro de la Aduana. Diez años después se convirtió en el principal puerto del Pacífico mejicano y alcanzaba ya la suma de diez mil habitantes. De ahí que el gobierno de James K. Polk considerara como máxima prioridad el aseguramiento del puerto sinaloense en caso de una guerra contra la República Mejicana.

El dieciocho de noviembre de mil ochocientos cuarenta y cinco ancló en aguas mazatlecas el buque de guerra Savannah, al mando de John Drake Sloat. El buque saludó la bandera mejicana, que era izada en lo que hoy es el Cerro del Vigía, y el saludo fue respondido de acuerdo con los usos de la época.

Sloat era el Comandante en Jefe del Escuadrón del Pacífico, el cual estaba  integrado por los  barcos: Savannah, de 54 cañones; Congress, de 60 cañones; las balandras Warren, Portsmouth, Cyane y Levant, de 24 cañones cada una; la goleta  Shark de 12 cañones  y el buque Erie.

Drake Sloat  sabía que la guerra entre Estados Unidos y la República Mejicana era inminente, por lo que  permaneció en Mazatlán por varios meses.  Los vientos de guerra entre ambos países estaban presentes desde mucho antes:  el veinte de octubre de mil ochocientos cuarenta y dos, creyendo que la guerra ya había comenzado, el comodoro Thomas C. Jones se  posesionó de Monterey, Alta California, República Mejicana.

Sloat y sus hombres presenciaban  la escuadra inglesa al mando del almirante George Seymour, a bordo  del Collingwood,  ir y venir entre Mazatlán,  San Blas y California. Existían rumores de que la República Mejicana pagaría a Inglaterra su deuda cediéndole la Alta California o que los británicos se apoderarían del territorio por la fuerza.

El diecisiete de febrero de mil ochocientos cuarenta y seis, aún sin declaración de guerra alguna,  el  Portsmouth inició el bloqueo a  Mazatlán. En marzo de ese mismo año excepto el Congress y el Cyane, todo el Escuadrón del Pacífico se encontraba en Mazatlán .

Fue el quince de mayo de mil ochocientos cuarenta y seis cuando la ambición del presidente estadounidense le llevó a firmar la declaración de guerra contra la República Mejicana. No obstante, ni los mazatlecos ni la flota estadounidense en el Pacífico tenían noticias sobre ello.

En aquel entonces, Mazatlán era punto neurálgico del correo. Muchas noticias llegaban a  México  a través de las naves que arribaban  al puerto. En un viaje que duraba aproximadamente siete días a caballo, la correspondencia era llevada de aquí a  lugares como Durango o Guadalajara; el camino inverso del correo  era el mismo. Por esta razón,  la guerra ya había estallado en el Golfo de México, aunque en el Pacífico  Drake Sloat lo ignoraba.

No fue sino hasta el seis de junio de mil ochocientos cuarenta y seis cuando el futuro Comodoro  recibió  noticias de que la guerra había comenzado, por lo que se preparó a entrar en acción. El día siete de junio Drake Sloat  no tomó y ocupó Mazatlán,  sino que zarpó rumbo a la Alta California.  Mucho más importante que posesionarse del puerto sinaloense, John Drake Sloat tenía otra tarea. Como Comandante en Jefe del Escuadrón del Pacífico, él había recibido  instrucciones precisas  de que al momento de tener noticias de que guerra había comenzado se posesionaría del territorio de  California y lo reclamaría para Estados Unidos.

Fue así  como un mes después, el siete de julio de mil ochocientos cuarenta y seis izó la bandera estadounidense en el edificio de Aduanas de Monterey. De ahí, el ejército estadounidense se  apropió de la Baja California.

Entre el seis y siete de septiembre de mil ochocientos cuarenta y seis el buque de guerra estadounidense Warren llegó a Mazatlán y encontró anclado en el puerto la fragata de guerra mejicana Malek Adhel. Era éste un barco mercante que el gobierno mejicano había habilitado como fragata adicionándole varios cañones. Los estadounidenses bajaron una lancha del Warren y prácticamente se la robaron a los soldados mexicanos sin disparar un solo tiro . También durante el bloqueo los soldados estadounidenses se hicieron de una barcaza proveniente de La Paz del cual tomaron azúcar, frutas secas y papas.

El primero de mayo de mil ochocientos cuarenta y siete, de uno de los barcos estadounidenses bajaron dos botes de reconocimiento en busca de un punto donde amarrar el barco en caso de atacar. Sin embargo, los botes se acercaron demasiado a tierra y fueron descubiertos por los soldados mexicanos. Éstos de inmediato se aprestaron a repeler lo que parecía un inminente desembarco. Los tambores resonaban, la caballería mexicana galopaba incesante en la arena, entre trescientos y cuatrocientos soldados tomaban posiciones de ataque, las sedes consulares sin pérdida de tiempo izaron sus banderas, mujeres y niños corrían hacia los cerros. Desde sus botes los estadounidenses hacían más de un disparo al aire y amenazaban con desembarcar, pero sabían que les era imposible y se conformaron con burlarse de los preparativos de guerra de los mexicanos . 

Las autoridades de Mazatlán sabían que el ejército invasor pronto pisaría el suelo mazatleco, por lo que los archivos y documentos importantes fueron enviados a la ciudad de Rosario . Luego de tomar San José del Cabo, la pequeña flota estadounidense se dirigió hacia Mazatlán. Si bien la península había sido presa fácil para el ejército invasor, existía el temor a  los patriotas que mediante  guerrillas osaban atacarlos. De ahí que para resguardo  decidieran  dejar en San José  un batallón de cuatro oficiales y veinticinco soldados al mando del teniente Charles Heywood.

Contrario a lo planeado, tan sólo tres barcos habrían de  tomar el puerto sinaloense: las fragatas Independence  y Congress, y la balandra Cyane. Los demás buques estaban ocupados tomando posesión de California. No obstante, al llegar a Mazatlán encontraron al Erie anclado en las cercanías de la isla del Crestón, navío que sólo estaba destinado al transporte de pertrechos.

La tarde del diez de noviembre los tres barcos se alinearon en la isla de Venados. Luego avanzó  la fragata  Independence y se colocó con un costado hacia la playa Olas Altas; la fragata Congress hizo lo mismo frente a la sección antigua de la ciudad,  vigilando el camino que iba de Mazatlán hacia el norte; en tanto que la balandra Cyane se apostó vigilando la bahía del Fondeadero, muy cerca del edificio de la Aduana. Los  barcos de guerra estaban ya en posición de ataque y sus hombres dispuestos a empezar el bombardeo de la ciudad.

El once de noviembre de la Independence bajó el grupo encargado de llevar a las autoridades mazatlecas el parte de guerra y solicitud de entrega del puerto; el capitán Elie La Vallette, Henry Walleck, el teniente Henry Lewis y el secretario de Shubrick, Henry La Reintrei, quien serviría de traductor.

En tierra, el grupo encontró que el comandante militar de Mazatlán, coronel Rafael Téllez, había abandonado el puerto, mas fueron recibidos por  dos miembros de la Junta y dos oficiales del Ejército Mejicano, quienes los guiaron a la casa del presidente de la Junta, José María Vasavilbazo. Éste informó a los invasores que dicha Junta no tenía voto en las deliberaciones de los militares y que no sabía nada de sus resoluciones respecto a la invasión

Entonces, las capitulaciones fueron enviadas por correo  al coronel Rafael Téllez, quien se encontraba en el cuartel de Palos Prietos, unos cuantos kilómetros  al norte de Mazatlán. Según versiones del ejército invasor, cuando Téllez recibió los documentos, en voz alta los  leyó a su tropa, luego los destrozó enojado y los pisoteó.

Mas Shubrick y sus hombres no esperaron respuesta alguna del coronel Téllez y sus tropas. Ya veintinueve botes habían sido bajados y colocados alrededor de la Independence, y entre las doce y  una de la tarde de ese mismo día, fueron hacía tierra llevando setecientos treinta oficiales, soldados y marines al mando de La Vallette y Halleck. Las lanchas pasaron entre la isla de Crestón y tierra firme hasta llegar al rompeolas. En la playa un nutrido grupo de mazatlecos disgustados miraba la forma en que los invasores desembarcaban y descargaban sus lanchas. Una gran multitud veía desde los techos de las casas a los soldados extranjeros avanzar por las calles de Mazatlán, con una banda tocando, hasta llegar al cuartel. A la 1:10 la bandera estadounidense fue izada en suelo mazatleco y veintiún cañonazos fueron disparados desde esa misma  fragata.

El trece de noviembre la Junta mazatleca no tuvo otra opción sino firmar las capitulaciones y Shubrick nombró a La Vallette como gobernador de Mazatlán y a Halleck como teniente gobernador. Aunque los invasores permitieron que las actividades del puerto  se desarrollaran en forma rutinaria, impusieron un tributo y castigos severos a quienes se opusieran a la invasión, así como  prohibieron la venta de alcohol a las tropas invasoras

El catorce de noviembre el Coronel Téllez movió sus setecientos hombres hacia las cercanías de Mazatlán y con el propósito de cortar las comunicaciones con la ciudad de México, envió a Urías a ciento cincuenta de ellos, al mando del suizo Carlos Horn. Al enterarse de esto, La Vallette envió hacia Urías  a sus hombres. Por tierra iban noventa y cuatro en tanto que sesenta y dos más se desplazaron por el estero en botes. La mañana siguiente, veinte de noviembre, ambos grupos atacaron Urías e hicieron huir a los mejicanos. El ejército invasor reportó un saldo de  cuatro mejicanos muertos y veinte heridos,  así como un estadounidense muerto y veinte  heridos leves.

A finales de diciembre de mil ochocientos cuarenta y siete La Vallette tuvo noticias de que las fuerzas del Coronel Téllez se reorganizaban en Palos Prietos, por lo que envió dos batallones a combatir a los mejicanos.  Luego de una escaramuza en la que resultó un soldado herido, el ejército invasor hizo huir a los mejicanos.

A decir verdad el bloqueo al puerto de Mazatlán nunca fue total, ya que los buques de guerra utilizados tenían que desplazarse entre los diversos puertos del Pacífico  mejicano; constantemente iban y venían entre San Blas, Mazatlán, Guaymas, La Paz, San José.


El desalojo.

Para el primer día del mes de marzo de mil ochocientos cuarenta y ocho llegaron rumores a Mazatlán de que el fin de la guerra se acercaba y que ambos países firmarían un tratado de paz. No fue sino hasta el día treinta de ese mismo mes cuando apareció en el puerto la notificación  oficial del armisticio.

Con el objetivo de realizar los preparativos para la devolución del puerto y salida de las tropas estadounidenses, el teniente Wise y unos cuantos soldados  más fueron enviados con una bandera blanca  a Presidio de Mazatlán  a donde llegaron por la tarde y fueron hospedados en la casa del comisario general, Isidro Beruben. La mañana siguiente los estadounidenses desayunaron en la casa de don Isidro junto con una treintena de militares mejicanos, entre los que se encontraba el general Pablo Anaya. Ahí convinieron en la forma en que Mazatlán sería devuelto a los mexicanos.

El diecisiete de junio los mazatlecos vieron primero a los marineros estadounidenses abandonar el puerto y abordar sus barcos.  Esa tarde llegaron de Presidio de Mazatlán el general Negrete, designado por el general Pablo Anaya para recibir la ciudad, unos cuantos oficiales, y un escuadrón de caballería. Ahí les esperaban los infantes de marina estadounidenses. Los tambores resonaban  mientras ambos bandos presentaban armas. Luego la bandera estadounidense fue arriada y la mejicana izada. Los últimos soldados estadounidenses abordaron sus barcos.  Después vinieron los disparos desde éstos y desde el fuerte en tierra . Mazatlán era de nueva cuenta de los mazatlecos y de los mexicanos en general.












































































La Invasión Francesa

Las fuerzas imperialistas se apoderaban ya de gran parte de México mientras que nuestro estado parecía ajeno al conflicto . No obstante, los gobernantes sinaloenses decidieron que era tiempo de unirse a la defensa del país y conformaron lo que se llamó Brigada Sinaloa. Ésta estaba compuesta por dos mil hombres con doscientos mil tiros y quinientos fusiles sobrantes.  Por fin, el día cinco de febrero de mil ochocientos sesenta y tres salieron de este puerto la fragata Mazatlán, barca Caribe, goleta Emigdia, pailebot Alerta, bergantín-goleta Conde Cavour y vapor Esmeralda. A bordo viajaba la citada brigada rumbo a Zihuatanejo para unirse a la guerra contra los franceses. De ahí pasaron a Acapulco, y luego a la ciudad de México, lugar al que llegaron el treinta y uno de marzo.

A su llegada a la capital un periódico publicó lo siguiente: “He estado ayer en Tlalpam al encuentro de la brigada de Sinaloa y su digno general en jefe y gobernador de aquel estado, C. Plácido Vega. He visto desfilar á esa brigada digna de todo elogio por su patriotismo, y que tanto ha sufrido atravesando después de un largo viaje desde su estado, más de cien leguas de Zihuatanejo á Acapulco y las que hay desde ese punto a esta capital por un clima mortífero y llena de privaciones careciendo de medios de transporte y á veces hasta de alimentos; de tal suerte que el general y su estado mayor salieron á pie de Acapulco, de donde algunos buenos vecinos les mandaron sus caballos.
Dejaron atrás sus equipajes y sus dos músicas antes que abandonar sus armas y pertrechos; también quedaron en Acapulco los uniformes que para la brigada llegaron de San Francisco, y 500 fusiles.
Con lágrimas que la emoción hacía brotar á mis ojos, vi desfilar á esos fronterizos tan sufridos, enfermos  y casi desnudos; la oficialidad en su mayor parte á pie y de huaraches; pero saludando con cariño, llenos de entusiasmo y con su corazón en Zaragoza.
La brigada ha tenido algunas bajas por enfermos que han sido enviados á Mazatlán ó quedan por los pueblos de tránsito; y vienen todavía un centenar de enfermos que han querido seguir trayendo el fúsil á remolque. También ha tenido la referida brigada bastantes muertos” .

De la ciudad de México la brigada Sinaloa pasó a formar parte del Ejército del Centro al mando del general Ignacio Comonfort y participó en la defensa de Puebla. Plácido Vega fue nombrado comandante de la Tercera División de la misma .

A finales de junio de mil ochocientos sesenta y tres llegaron a Mazatlán noticias de que Puebla había sido tomada por el ejército francés, por lo que un gran número de mazatlecos reaccionó encolerizado. Una muchedumbre tomó las armas y se reunió en el mercado. De ahí marcharon por las calles atacando a los franceses que vivían en el puerto, entre treinta y cuarenta, quienes  al ver a la turba huían despavoridos. La noticia llegó a oídos del gobernador Antonio Rosales quien de inmediato se trasladó hacia el mercado con doscientos soldados. Ahí conminó a la muchedumbre a abandonar tan vergonzosa venganza. En realidad el saldo no fue blanco ese día ya que las armas de los alzados mazatlecos causaron un elevado número de franceses heridos y varios muertos .

Entre finales de octubre y principios de noviembre de ese mismo año, seis desertores del ejército francés llegaron a Mazatlán. Uno de ellos había desertado debido a que temía regresar a Veracruz, donde había visto a sus compañeros sufrir de vómito y fiebre; otro había permanecido embriagándose y se olvidó de regresar a su puesto a tiempo, por lo que temía ser arrestado; los otros cuatro habían sido convencidos por los mejicanos  de que la causa imperial era injusta al pueblo de Méjico. El propio presidente de la República, Benito Juárez, ordenó que se les proporcionaran los medios necesarios, comida y hospedaje, en el camino al puerto sinaloense. Una vez en Mazatlán los desertores franceses abordaron el buque Oregon rumbo a San Francisco.  El gobernador del estado pagó los pasajes  y aun les dio dinero para sus gastos . 

La noche del tres al cuatro de febrero de mil ochocientos sesenta y cuatro el fuerte viento arroja al  moderno buque de guerra francés Rhin contra las rocas de la Isla del Crestón resultando averiado. El Rhin, que utilizaba propelas, era considerado como uno de los buques más modernos. Debido a las averías causadas, el barco tuvo que ser remolcado a San Francisco por la fragata Victoire . 


El valiente coronel Gaspar Sánchez Ochoa.

El ocho de abril de mil ochocientos sesenta y cuatro de la fragata inglesa Carybdis, que desde días antes se encontraba en las aguas mazatlecas, salieron cuatro botes que no pararon hasta llegar a la playa. En tierra ya los esperaban más de una treintena de militares mexicanos: el coronel de ingenieros Gaspar Sánchez Ochoa; coronel Molina; capitanes Marcial Benítez y José Gamboa; General Silvestre Aranda; así como Pedro Ogazón, Ignacio L. Vallarta, Enrique Pasos, Miguel Mateos, Doroteo López; además de dos pelotones de artillería. Todos ellos subieron a los botes y fueron hacia el buque inglés. Cuando los mexicanos  abordaron éste la tripulación izó su bandera y su gallardete de guerra y dispararon salvas. Al subir al Carybdis los militares mexicanos fueron recibidos con el himno inglés Dios salve a la Reina.

A bordo, en formación de honor, el almirante Turner, sus oficiales y marineros esperaban a los mexicanos. Una corneta calló la música y uno de los oficiales pronunció el siguiente discurso: “Coronel de ingenieros Gaspar Sánchez Ochoa y vuestros valientes oficiales y artilleros, la bandera inglesa os saluda, porque la bandera inglesa saluda al valor donde quiera que lo encuentra, y lo que hemos presenciado es un combate imposible, audaz, temerario y altamente glorioso para los valientes hijos de México”.

Lágrimas de emoción escapaban a los mexicanos al escuchar tales palabras. Inmediatamente los miembros de la marina inglesa iniciaron un simulacro de guerra en honor de los militares mexicanos. Luego vino una comida de gala.

El coronel Gaspar Sánchez Ochoa había estado presente en la batalla de Puebla del cinco de mayo, pero los ingleses no le rendían tributo por eso. ¿Qué habían hecho él y sus hombres para recibir tales honores?

A principios de marzo de mil ochocientos sesenta y cuatro un buque de guerra francés capturó en las cercanías de San Blas un barco de bandera mejicana  proveniente de San Francisco, y lo obligó a entrar al puerto jalisciense. A bordo encontraron despachos enviados al presidente Benito Juárez . El barco francés en cuestión era una fragata de veintidós cañones llamada Cordeliere .

La mañana del veintiocho de marzo, miércoles de semana santa,  salió de atrás de la isla de Venados la Cordeliere, a su alrededor se encontraban catorce lanchas de desembarque. Unos pocos días antes había llegado a Mazatlán Ignacio Ramírez, El Nigromante, y desde un punto al noroeste del cerro de la Nevería presenció la batalla que se efectuó unos cientos de metros al norte.

Al acercarse a tierra los invasores franceses abrieron fuego contra los soldados mexicanos, éstos ya les esperaban y respondieron con seis obuses. En un momento once de las lanchas se dirigieron hacia la izquierda quedando sólo tres en la escaramuza. El capitán Marcial Benítez y sus hombres, con dos obuses enfrentaron las lanchas en el mar, mientras que el capitán José Gamboa y dos batallones fueron a enfrentar a los franceses que ya se encontraban en la playa. Sobre la arena los mexicanos disparaban sus armas mientras avanzaban. El capitán Gamboa formó a sus hombres en batalla y el fuego de la fusilería se unió al de la artillería. El Nigromante bajó de su escondite y emocionado fue tras los soldados mexicanos que sin descanso disparaban contra los franceses. Éstos, al ver la imposibilidad de tomar el puerto, huían  despavoridos hacia la Cordeliere. En tierra se oían las dianas y aplausos de los mazatlecos que  presenciaban  la batalla. Ignacio Ramírez regresó al punto cerca del cerro de la Nevería y vio las lanchas francesas retornar a su barco llevando sus muertos y heridos.

Sin embargo, el saldo no fue blanco para los mexicanos ya que en una de las lanchas que avanzaba contra los franceses explotó una granada que mató a un sargento y un soldado, y dejó lesionados al capitán Miguel Quintana, teniente Cleofas Tagle y tres artilleros más.

Llegó la mañana del sábado treinta y uno de marzo y la Cordeliere se apareció de nuevo, esta vez  frente al fortín del ejército mejicano. El navío recogió sus velas y desplegó su bandera de guerra. Luego disparó una bomba de ciento veinte libras que fue a caer en el camino que iba hacia el norte. Bien dirigida, la bomba causó varios heridos a los mexicanos. Sobre su caballo a la orilla del mar, el coronel Sánchez Ochoa arengaba a sus soldados. El ejército mexicano movilizó hacia la playa el cañón de mayor alcance que tenía y  enfrentó  la fragata. Los cañones de ésta dirigieron  sus disparos hacia quienes disparaban el mortero mexicano, hacia las colinas inmediatas y hacia el estero que lindaba al norte de la ciudad. En ocasiones el coronel Sánchez Ochoa se apeaba de su caballo y personalmente apuntaba el cañón hacia el barco francés. Durante seis horas la Cordeliere intercambió disparos con el ejército mexicano, hasta que finalmente arreó su bandera y gallardete de guerra para irse a refugiar tras las tres islas seriamente averiada por los cañonazos recibidos. Esa noche el triunfo de las fuerzas mexicanas se vio coronada por la luna que brillaba con todo su esplendor.

Pero no sólo El Nigromante y los mazatlecos fueron testigos de ambos combates. En aguas mazatlecas, prudentemente alejados del teatro de combate, se encontraban dos buques de guerra: el Carybdis, de bandera inglesa, y el Lancaster, estadounidense. Por lo que sus tripulantes pudieron observar ambos combates entretenidos y azorados . De ahí el que los ingleses rindiesen honor al coronel Gaspar Sánchez Ochoa  y sus hombres.


La invasión.

El lunes siete de noviembre de mil ochocientos sesenta y cuatro una fuerte tormenta azotó Mazatlán y sus alrededores ; una más de las célebres y temidas tormentas del puerto. Aún faltaba más de un mes para que iniciara el invierno, sin embargo los días eran muy fríos. Todos los mazatlecos sabían que tarde o temprano los buques de guerra de la marina francesa  se aparecerían en el puerto, algunos lo temían mientras que  otros lo deseaban. Y el sábado doce de ese mes y año, procedentes de Acapulco, llegaron a Mazatlán los buques de guerra Victoire, D’Assas y Diamante, al mando del Comandante Kergrist. Por la mañana un bote con una bandera blanca salió de uno de estos barcos, al llegar al muelle el francés fue recibido por un representante del gobernador Antonio Rosales. Al militar francés le pusieron un paño en los ojos para evitar que viese, y fue conducido al edificio de la Aduana. Ahí se entrevistó con el gobernador a quien le entregó un comunicado  del comandante de la flota francesa por el que se le daba aviso oficial de que Mazatlán sería bloqueado y que las hostilidades comenzarían a partir del día trece. El gobernador Rosales  envió un escrito al comandante francés por el que se daba por enterado.

Ese mismo día  el Comandante Kergrist  envió un segundo comunicado al gobernador Rosales haciéndole saber la extensión del bloqueo y sus efectos sobre los barcos neutrales que se encontraban en el puerto. Antonio Rosales respondió que él consideraría una violación al breve armisticio  si algún bote francés salía de sus barcos y se ponía al alcance de las baterías mejicanas sin portar una bandera de tregua.

Por la tarde de ese mismo sábado apareció una edición extraordinaria de La Opinión de Sinaloa en la que daba a conocer a los mazatlecos  el contenido de las notas de ambos bandos; el temor cundió ante la guerra que parecía inminente.

No obstante, con el fin de evitar que la ciudad fuera bombardeada, las fuerzas del gobernador Antonio Rosales abandonaron la ciudad esa misma noche. La superioridad de los barcos de guerra franceses era conocida a nivel internacional. Meses antes Inglaterra recién había enviado una comisión a Francia para analizar estos buques, la cual  había determinado que, en efecto, el poderío de la marina francesa parecía superior al de la inglesa.

Esa misma noche las fuerzas del gobernador Antonio Rosales abandonaron el puerto. No obstante, él omitió notificar al  comandante Kergrist sobre la evacuación de la plaza. En su primer comunicado, éste había hecho saber al gobernador sinaloense que las hostilidades comenzarían el día trece, pero no precisó  la hora. Y al desconocer la resolución tomada por Rosales,  a las seis y media de la mañana siguiente se escuchó el primer disparo de las naves francesas en contra de la batería del ejército mejicano.  Luego vinieron varios más hasta completar una docena. De inmediato, no sin temor, el prefecto Andrés Vasabilvaso, algunos ciudadanos y diplomáticos extranjeros, entre los que se encontraban los cónsules de Inglaterra, Prusia y Perú, abordaron un bote con una bandera de tregua y fueron hacia el buque donde se encontraba el comandante francés. El prefecto notificó oficialmente a éste que las tropas mejicanas habían evacuado la plaza y que él formalmente se la entregaba . El fuego ya no continuó. Durante el bombardeo no se reportó ni un muerto, y sólo se causaron daños materiales a unas cuantas propiedades, entre éstas una casa en la esquina de las calles Oro y Ancla, frente a la Hojalatería Mejicana; a la Mercería Francesa, en la calle Principal; y a otra casa cerca de la Compañía Mejicana de Vapores.

La tarde de ese domingo alrededor de trescientos soldados franceses desembarcaron, se instalaron en las barracas del propio ejército mejicano y tomaron posesión de la ciudad. Las fuerzas de tierra al mando de Lozada, jalisciense-nayarita imperialista,  entraron casi al mismo tiempo.

El comandante Kergrist convocó a la población a una reunión en el Palacio Municipal con el propósito de elegir a las autoridades de la ciudad. El día de la cita, catorce de noviembre, Andrés Vasabilvaso juró lealtad a Maximiliano I.

El dieciocho de noviembre ancló en el puerto el buque de guerra francés Pallas trayendo a bordo al Comandante en Jefe de la Fuerza Naval en el Pacífico, el Almirante François Achille Bazaine. Junto con los franceses llegaron soldados argelinos y alemanes. El día diecinueve el prefecto escuchó el juramento de lealtad al Imperio Mejicano por parte de sus oficiales.

El día veintiocho de noviembre de ese mismo año apareció el primer número de El Correo de Mazatlán, órgano oficial del Departamento de Sinaloa, Imperio Mejicano.

Con el fin de facilitar el acceso de la artillería y de la caballería, en diciembre de ese mismo año los franceses tenían a más de cuatrocientos hombres reparando el camino que iba  de Mazatlán a Durango.

El cuatro de diciembre se reportó la presencia en el puerto  de los buques de guerra Victoire y Lucifer; éste comandado por M. Gazzielles,  así como el Berranger; los barcos estadounidenses John L. Stephens y Metropolis; y el barco inglés Mazatlan.

La tarde del trece de enero de mil ochocientos sesenta y cinco, en las cercanías de la ciudad se registró una batalla entre las fuerzas francesas y los hombres de Ramón Corona, dejando un saldo de alrededor de sesenta y cinco imperialistas muertos. Los franceses transportaban de Durango al puerto un cargamento de barras de oro y plata con un valor estimado en treinta mil dólares . Al día siguiente Mazatlán se encontraba sitiado; las fuerzas imperialistas en la ciudad, y las fuerzas liberales alrededor de ésta. Otro gran combate librado por Corona y sus hombres se efectuó la madrugada del doce de agosto del año siguiente cuando el mexicano atacó por sorpresa unos fortines de los imperialistas, ubicados en la periferia de la ciudad. No obstante, franceses e imperialistas mexicanos mostraron su superioridad y los obligaron a huir. Las fuerzas de la  República, en ese entonces estimadas entre tres mil y cinco mil hombres, sufrieron alrededor de trescientos bajas entre muertos y heridos. Mientras que los imperialistas vieron caer a dieciséis mexicanos, entre muertos y heridos, además de cuarenta muertos y treinta y ocho heridos de nacionalidad francesa .

Durante todo el tiempo que duró la ocupación rumores iban y venían en el sentido de que el gobierno del Imperio cedería a Francia el territorio de Sinaloa, Sonora, Chihuahua y la península de Baja California .


La Batalla del Agua.

Durante la ocupación francesa, la ciudad de Mazatlán que constantemente vivía en la prosperidad pasó a la decadencia en forma casi instantánea. Los ricos comerciantes extranjeros habían parado de importar bienes de San Francisco y de Europa debido a que no podían venderlos. Por una parte la comandancia francesa no  permitía a nadie la entrada o salida del pueblo, y más allá Ramón Corona y su ejército la tenían sitiada.  Razón por la cual los bienes no podían ser vendidos ni a los propios mazatlecos ni a los habitantes de los pueblos y ciudades vecinos. Y si escaseaban todos los bienes, el agua potable no era la excepción.

Para enero de mil ochocientos sesenta y seis llegaron de Tepic unas quinientas tropas de lozadistas, de los cuales unos trescientos junto con cincuenta franceses recibieron órdenes de limpiar de nacionalistas el camino a Villa Unión y posesionarse de esta población, la cual era punto clave para ambos bandos. De tomar posesión de esta plaza, los imperialistas habrían resuelto de manera inmediata la escasez de agua al apropiarse del río Presidio. El día dieciocho de marzo los invasores se dispusieron a llevar a cabo su misión. Si bien al día siguiente llegaron hasta allá, su cálculo fue errado ya que de inmediato fueron atacados por los nacionalistas. Las escaramuzas entre ambos bandos duraron dos días y al final los invasores se vieron obligados a abandonar su cometido. Una vez más los imperialistas fueron humillados y sufrieron un elevado número de bajas, por lo que se vieron forzados a huir rumbo al puerto aprovechando la oscuridad de la noche yendo por donde mejor podían .
Cosas de la guerra de secesión.

La comandancia francesa no  permitía a nadie la entrada o salida del pueblo. Los superintendentes de las minas, los agricultores y la población en general se encontraban molestos por esta medida, pero nadie se atrevía a contravenir la disposición. Los estadounidenses que vivían en Mazatlán durante la invasión de los franceses se encontraban consternados, no podían por ningún motivo declararse a favor de ninguna de las partes. Los franceses simplemente los ignoraban, y aunado a ello sabían que su propio país se encontraba enfrascado en una guerra interna, derivado de la cual el cónsul estadounidense en el puerto llevaba una lista con los nombres y ciudades de origen de los compatriotas suyos que vivían en este puerto y que simpatizaban con la causa secesionista . Los franceses sabían que los estadounidenses simpatizaban con la causa mexicana, incluso sospechaban que les proporcionaban ayuda . 

Sin embargo, dos estadounidenses, el general Shields y el señor Bowman,  osaron burlar la orden de los franceses y salieron a los alrededores del pueblo en busca de unas reses que les habían sido robadas.  

Cuando ambos hombres regresaron al pueblo fueron apresados de inmediato por los soldados franceses. No obstante, el general Shields fue liberado de inmediato mas no su acompañante. El militar estadounidense pudo evadir la cárcel al declararse ciudadano irlandés, mientras que el señor Bowman se declaró estadounidense.


La odisea de Ramón Corona.

François Achille Bazaine sabía que el Imperio Mejicano era insostenible por lo que invitó a Maximiliano a abdicar y acompañarlo a Europa.  Los soldados franceses en el puerto se encontraban desmoralizados por completo ante la imposibilidad de conquistar a los mexicanos y debido al elevado número de muertos y heridos que sufrían constantemente. Además Francia necesitaba de todos sus soldados para la guerra contra Alemania, que tenía ya en puerta. Desde octubre de mil ochocientos sesenta y seis se corría el rumor de que los imperialistas pronto abandonarían Mazatlán. Razón por la cual el cónsul estadounidense solicitó a su gobierno enviara a este puerto un buque de guerra para proteger los intereses de sus ciudadanos al momento de la evacuación.

Por fin llegó el once de noviembre, día en que aparecieron en el puerto tres barcos de la flota francesa, el Marie, el Talisman y el poderosísimo Rhin. Ello causó expectación entre los mazatlecos e imperialistas franceses y  mejicanos.  Con alegría éstos se prepararon para la partida.

Si bien entre los mazatlecos había alivio por la partida de las tropas invasoras, existía el  temor de que Ramón Corona y sus hombres las atacarían al evacuar y que, en consecuencia, los barcos franceses responderían bombardeando la ciudad. De hecho, a bordo de los barcos franceses el Alto Mando efectuó una junta, la cual determinó que si se realizaba un solo disparo en contra de los franceses al momento de evacuar la ciudad, los tres barcos la bombardearían de inmediato . Esta determinación llegó a oídos del cónsul estadounidense, B. R. Carman , y se dispuso a poner su grano de arena para evitarlo. Anclado en el puerto se encontraba el barco de guerra estadounidense Suwanee y el diplomático  fue al navío para pedir a su capitán, Paul Shirley, una escolta para ir a Villa Unión a parlamentar con Ramón Corona.

Y hasta allá fue el cuasicónsul estadounidense y un soldado a intercambiar palabras y escritos con el militar mexicano, pidiéndole que dejara partir en paz a los franceses. El militar jalisciense le contestó que era su deber como soldado causarle al enemigo tanto daño como pudiera. Sabiendo que su misión voluntaria había sido un fracaso, el cónsul regresó a la ciudad al anochecer. Esa misma noche las fuerzas de Corona atacaron  las líneas enemigas, pero sin causar baja alguna.

Hacia el mediodía del doce de noviembre se dio la última batalla entre las fuerzas de Ramón Corona y los imperialistas, cuando los mejicanos atacaron implacablemente a los invasores causándoles numerosos muertos, incluido un  capitán de nombre Delatock.

Por la mañana del día trece de noviembre el Almirante francés envió una comisión de tregua a parlamentar con Ramón Corona . Si las tropas francesas abandonaban el puerto sin ser atacadas, los buques de guerra franceses no bombardearían la ciudad ni la tropa mejicana. Fue por ello que a las trece horas las tropas imperialistas abandonaron Mazatlán sin ser atacados por los hombres de Corona y sin que los barcos franceses bombardearan la ciudad .

Por la tarde de ese mismo día las fuerzas liberales entraron a Mazatlán en forma ordenada y galante. Se aseguraba que ejército mejor disciplinado no podía encontrarse. Los soldados mejicanos eran saludados con el mayor de los entusiasmos,  la música se escuchaba por doquier. Las casas fueron adornadas con guirnaldas y flores, y mucha gente portaba en sus manos la bandera tricolor.

Al menos dos barcos estadounidenses se encontraban en Mazatlán cuando los franceses evacuaron. Uno era el Continental, perteneciente a la Imperial Steam Packet Company, y el ya citado buque de guerra Suwanee. La compañía naviera solía transportar en sus barcos armas y municiones para los imperialistas, por lo que Ramón Corona y sus hombres se aprestaron a requisar el navío e intentaron apresar a uno de sus tripulantes, de apellido Cross. Fue entonces cuando del Suwanee salió un bote con soldados armados quienes evitaron el arresto.

Para el general mexicano la Imperial Steam Packet Company había violado durante los pasados dos años las leyes de neutralidad al brindar a los invasores elementos para proseguir la guerra, por lo que le exigió una fianza suficiente para cubrir los daños causados a las fuerzas mejicanas,  por el monto de cien mil pesos. Sólo la intervención del capitán Paul Shirley y el consejo de los mazatlecos más influyentes lograron que Corona y sus hombres permitiesen al Continental zarpar sin mayor contratiempo.  
 

















Piratas

El treinta de enero de mil seiscientos ochenta y seis los barcos del pirata Swan anclaron al poniente de las islas de Mazatlán. Durante varios días alrededor de cien de los filibusteros recorrieron  la costa rumbo al norte, en búsqueda de minas y ganado tocaron tierra en varios puntos pero no encontraron nada, por lo que movieron sus barcos un poco al sur. Sus provisiones escaseaban, por lo que les urgía avituallarse. Para el doce de febrero los filibusteros llegaron al delta del río Chametla  y fueron río arriba hasta llegar a Rosario donde robaron maíz .

Pero por supuesto que no sólo este tipo de piratas amenazó las aguas mazatlecas.


Piratas mexicanos.

A mediados del año mil ochocientos treinta y ocho el bergantín Ramón y la goleta Abispa, ambas de bandera mexicana, fueron tomados por un grupo de sediciosos de Guaymas, quienes se hicieron a la mar y se dedicaron a asaltar barcos en el golfo de California; los piratas mexicanos estaban bien armados y causaron temor no sólo en la Baja California y Sonora sino inclusive en Mazatlán. Ya en ese tiempo, desde el Océano Atlántico, con frecuencia llegaban hasta las aguas mazatlecas los barcos de guerra de Estados Unidos.

Todavía para el año mil ochocientos cuarenta y ocho Mazatlán carecía de un cuerpo de policía o de Guardia Nacional debidamente armado que protegiera las personas y sus propiedades, y los pocos elementos destinados para tal fin carecían de armamento suficiente . Las autoridades del puerto temían que los filibusteros llegaran hasta éste para saquearlo, y encontrándose sin las fuerzas para repeler su ataque, pidieron el auxilio del cónsul estadounidense:

“Comandancia Municipal.
Por noticias que acabo de recibir, sé que se hallan en La Paz el Bergantín ‘Ramón’ y la goleta ‘Abispa’, ambas con bandera mexicana, cuyas licencias para navegar deben considerarse ya insubsistentes en razón de haber sido apresados y armados por revoltosos de Guaymas. Deben pues, reputarse como piratas y así los denuncio a V S a nombre del gobierno á que pertenezco. Tengo motivos para creer que su intención es dirigirse á este puerto con la idea de saquearlo; y no encontrándome con la fuerza suficiente para resistir y para asegurar las propiedades tanto estrangeras como nacionales, me veo en la necesidad de recurrir a V S para que en uso de mi deber que es el de tratar como pirata á todo buque armado que no pertenece a ningún gobierno reconocido, se sirva tomar las providencias que estime convenientes.
Esta ocasión me proporciona el gusto de ofrecer a V S las consideraciones de mi aprecio.
Dios y Libertad. Puerto de Mazatlán. Septiembre 20 de 1838.
Firmado Joaquín de la Vega”.

Por esos días llegó a Mazatlán el Lexington, buque de guerrra estadounidense, y el cónsul de este país, John Parrot, pasó la petición de auxilio de las autoridades mazatlecas al capitán del barco, H. Clack.

El cinco de octubre el Lexington zarpó rumbo a la Baja California en busca de los barcos piratas. Los filibusteros  del Ramón ya habían asaltado el Dorotea, barco originario de este puerto. Pronto los soldados estadounidenses localizaron este barco pirata y, aunque al abordarlo encontraron un poco de resistencia, tardaron poco en someterlo. El ocho de noviembre el Lexington regresó a Mazatlán y dio la noticia al cónsul y éste a las autoridades mazatlecas.  Desde Guaymas José L. Yglesias envió una carta de agradecimiento tanto al cónsul Parrot como a H. Clack .


Piratas estadounidenses.

El primero de diciembre de mil ochocientos cincuenta y tres, a bordo del barco Carolina llegaron a San José del Cabo  el estadounidense William Walker, J. A Robinson, el señor  Watkins junto con  cincuenta y cuatro hombres que no eran sino piratas. Para el día tres los filibusteros pasaron a La Paz donde apresaron al gobernador del estado, de apellido Espinoza. Entonces el líder de los filibusteros,  William Walker, declaró a los estados de Baja California y Sonora independientes de México. 

Días atrás Antonio López de Santa Anna había nombrado al nuevo gobernador de la península, quien el día ocho llegaba a la capital sudcaliforniana para tomar posesión de su cargo, mas fue apresado por los piratas independentistas.  En un principio el país emergente tomó el nombre de República de Baja California, y luego su presidente, William Walker, lo sustituyó por República de Sonora, constituido formalmente por los estados de Sonora y de Baja California.

Este hecho no agradó mucho al gobierno de Santa Anna ni a los mexicanos y se aprestaron a combatir a los invasores independentistas. Tampoco a los indios yaquis causó gusto esta situación, y se declararon preparados para defender sus tierras hasta las últimas consecuencias. Y una vez más el gobierno local pidió el auxilio de los comerciantes de Mazatlán de quienes, en nombre del patriotismo, obtuvo un préstamo de treinta mil dólares para financiar la expedición que desde este puerto habría de salir para enfrentar y derrocar a los invasores independentistas.

El día veintiséis de noviembre zarparon de Mazatlán rumbo a la Baja California los barcos Desterrado, Gurrier, Eclipse y otro al parecer de nombre Suerte. A bordo viajaban entre cuatrocientos y quinientos elementos del ejército mexicano bien armados. Y más tropas seguían llegando a Mazatlán y a Guaymas para salir a combatir a los filibusteros en la península .






























El Turismo

Una noche de febrero de mil ochocientos cuarenta y seis William Maxwell Wood caminaba por la plazuela cuando reconoció a un pordiosero envuelto en una cobija, sentado en una de las bancas. Se trataba en realidad de un ciudadano estadounidense avecindado en el puerto, quien de haber sido un hombre rico había caído en la pobreza. Muy cerca de él se encontraban dos o tres léperos, mendigos mazatlecos. Llorando amargamente, el encobijado se quejó con el recién llegado que aquéllos le molestaban y golpeaban por su origen. Wood no pudo dejar de sentir lástima por aquel conciudadano y lo tomó bajo su protección.

El teniente le preguntó al pordiosero si existía algún lugar donde éste pudiese pasar la noche, obteniendo por respuesta que existía un local donde se hospedaba siempre que podía.  El encobijado guió al marinero hasta una casa de hospedaje.  Los dos hombres llegaron a un caserón, cruzaron al portal  y se encontraron en un atrio cuadrado rodeado de hileras de cuartuchos, que más parecían pesebres, mismos que eran rentados a residentes permanentes del puerto o a visitantes temporales. En uno de los cuartos vivían el encargado, su esposa e hijo; judíos provenientes de Alemania. William Maxwell Wood explicó a aquéllos el motivo de su visita y se comprometió a pagar por el pobre diablo techo y sustento.  El hostelero respondió al militar estadounidense que ya que el hombre no tenía casa ni nada qué comer, era  bienvenido a vivir en su cuarto y a comer de lo que ellos comieran, si así lo quería. Pero que no podría cobrar por realizar ese acto de caridad.  Este acto piadoso de la familia judía hacia aquel pobre diablo resulta  excepcional  si tomamos en cuenta las circunstancias que lo envuelven. Se trata de una familia de judíos apiadándose de un cristiano, teniendo como marco Mazatlán, una ciudad de Méjico, país donde el catolicismo era obligatorio no sólo en el sentido legal. 

El teniente Wise señala que durante la invasión estadounidense, él recibía alimentos del Hotel Francés. No obstante, es seguro que no se trataba sino de una fonda o de un mesón, ya que en noviembre de mil ochocientos cuarenta y nueve Tomas B. Eastland llegó a Mazatlán y señala “como todos los otros pueblos mexicanos, este no tiene hotel, el viajero se detiene en lo que se llama maisone (mesón), donde uno alquila un cuarto ‘desnudo’ por un precio al día, procurándose su propia comida de la mejor manera posible” .  Estas mismas condiciones del mesón, un cuarto desnudo y falta de alimentos, son corroboradas por Geo S. McKnight, quien el primero de agosto del mismo año llegó al puerto y asevera  “llegamos a Mazatlán a las dos de la mañana y fuimos a un masoni (mesón). Dormimos en una parte y pusimos los caballos en otra. Rodeados por una pared de seis pies de alto a la que llaman taberna mexicana. Coma donde le plazca” .


Los primeros hoteles

Para el año mil ochocientos sesenta y dos se reporta la existencia del Frank Hotel, mejor conocido como American Exchange, propiedad del capitán estadounidense Edward Moore o S. P. Moore .  Este hotel contaba con servicio de alimentos en los que “la mesa está provista con lo mejor que el mercado ofrece y anexo al hotel existe  un bar y billares donde los mejores licores –seleccionados en San Francisco por el propietario-  se pueden encontrar” . También existía el St. Charles Hotel, en la esquina de las calles Recreo y Sacrificio,  propiedad de M. C. Martín. Este establecimiento se anunciaba como “el hotel más grande en la ciudad. Y está ubicado convenientemente. Los dormitorios siempre serán encontrados en buen orden y escrupulosamente limpios” .

El Evening Bulletin de San Francisco,  en su edición del dos de enero de mil ochocientos sesenta y cuatro daba cuenta sobre la existencia en este puerto de tres hoteles y tres restaurantes, aunque ninguno de ellos era de primera clase.

Durante la época en que las diligencias hacían sus recorridos entre Mazatlán y diversas  poblaciones, existía en esta ciudad el Hotel de Diligencias .

Henry Edwards, comediante de profesión y ciudadano de los Estados Unidos, llegó a Mazatlán en enero de mil ochocientos setenta y cinco y se hospedó en el Hotel Nacional. Este hotel ya se anunciaba en los diarios locales desde mayo del año mil ochocientos cincuenta y nueve. Este artista se refirió a dicha casa en los siguientes términos: “El hotel en el que nos hospedamos es el Hotel Nacional y era, por fortuna para nosotros, manejado por una persona que hablaba inglés y que había pasado algún tiempo en San Francisco. El hotel era un edificio grande de adobes, con cerca de veinte cuartos, construido en forma de un cuadrado al centro del cual estaba enteramente abierto, con curiosos árboles y arbustos. En este cuadrado a veces llegaban manadas de mulas a alimentarse mientras sus dueños hacían lo propio en la plaza abierta, rodeada de enrejado, que formaba nuestro comedor. Los dormitorios de este establecimiento eran de unos dieciséis a dieciocho pies cuadrados y  casi de esta misma altura; con pisos de ladrillo y paredes lechadas, en cuyas esquinas grandes arañas y cucarachas hacen su hogar durante el día, para salir de noche para cazar lo que encuentran. Las arañas, a pesar de ser tan formidables, son inofensivas; y las cucarachas, aunque vuelan en enjambres, les resultan terribles sólo a personas que poseen nervios más débiles que los nuestros. De hecho,  debo decir que me gustaron  ya que pude seguir mi estudio de entomología sin las usuales caminatas, y estoy feliz de anunciar que he descubierto al menos una nueva especie de cucaracha  en nuestra recámara. Fue a este cuarto a donde nos retiramos a descansar después de nuestra primera y larga caminata por la ciudad (¿dije descansar?) ¡Oh, qué poco  aplica  esa palabra. Al amante de una cama confortable en la cual la suavidad le rodea, que le adormece hasta el reposo y que a la mañana siguiente le compele  a dormitar un poco más, enfáticamente yo le diría “No vayas a Mazatlán”. Ahí no hay camas, los lugares que lo engañan a uno son simples catres de hierro sobre los cuales se extiende un pedazo de lona cubierta por una simple sábana; en eso uno se acuesta.  Entonces viene otra sábana, una especie de tapa que más parece una cortina que otra cosa; eso se posa sobre uno. Y eso es todo: no hay colchón, no hay plumas ni cobertores. Las almohadas son redondas y duras como si hubieran sido fabricadas a base de madera, y aun para las más duras y pasadas cabezas resulta imposible hacer una impresión. Luego, en adición  a esta solemne mofa de cama –puerto de descanso por la que cada mortal cansado clama y disfruta tanto– miles de pulgas hacen su residencia  en cada catre y pican y muerden con furia toda la noche totalmente evadiendo la vigilancia y riéndose de tus intentos de atraparlas. Éstas no son como las de los países civilizados, gordas, buenas y de apariencia saludable, que te agarran honestamente y te dan oportunidad de atraparlas; éstas son pequeñas, viciosas y activas que te dan una ostentosa mordida y entonces brincan para morderte otra parte del cuerpo. Se dice que una pulga ordinaria es capaz de brincar doscientas veces su propia estatura, pero estoy seguro que estas proporciones han de ser mucho mayores en el caso de las pulgas de Mazatlán, ya que son más pequeñas y brincan mucho más lejos que cualquier pulga que yo haya visto” .

Para mil ochocientos setenta y ocho se anunciaba en la prensa local el Hotel Iturbide, propiedad de Bartolomé Carvajal y Serrano. El establecimiento se encontraba ubicado frente a la Plazuela Machado y contaba con vista hacia Olas Altas. Para servir mejor a los huéspedes y visitantes en general, contaba con repostería y cantina. Por otra parte, en el local que ocupaba el Boliche de las Américas, calle del Muelle número cuarenta y dos, el día dieciséis de septiembre del mismo año se inauguró el Hotel del Pacífico, propiedad de Antonio Charlioni. En este hotel el precio de hospedaje diario con comida incluida era de un peso con veinticinco centavos ó  treinta pesos mensuales. El restaurante de este local  servía los domingos  macarrones y rabioles. Ambos hoteles contaban con atrios adornados por arbustos y flores nativos de la región, incluidos jacintos y enredaderas .


Los primeros guías de turistas.

Los famosos cargadores de Mazatlán cumplieron una doble función en la economía del puerto. Cuando los barcos anclaban en la bahía del Fondeadero, los turistas y demás pasajeros eran llevados en lanchas hasta muy cerca de la playa. Desde ese punto los cargadores, desnudos de la cintura para arriba, personalmente los bajaban de las lanchas hasta posarlos sobre la arena para evitar que se mojaran. El señor E. Gilbert señala que una hilera de cargadores se formaba desde la lancha hasta la arena, el primero de ellos bajaba al pasajero del bote y lo pasaba a otro cargador, y éste a otro, y así sucesivamente hasta que el pasajero era posado seco sobre la arena .  Estos hombres cargaban los equipajes y guiaban a los visitantes hasta el edificio de la aduana donde eran revisados por las autoridades. Una vez que las pertenencias eran inspeccionadas, los cargadores servían de guías de turista, ya que llevaban a los visitantes hasta el hotel donde se hospedarían. A principios de noviembre de mil ochocientos sesenta y cuatro llegó el señor G. V. S quien recibió dichos servicios de cuatro hombres, mismos que le cobraron la elevada cantidad de siete dólares con cincuenta centavos .
















































Modernidad Decimonónica

Las diligencias.

Todavía a principios de la década de los años mil novecientos setenta recorrían las calles de Mazatlán unas carretas jaladas por un caballo, llamadas Arañas, las que servían para el transporte de pasajeros. Estas carretas con lonas color verde constituían vestigios de las diligencias y los primeros taxis que alguna vez recorrían los caminos de Sinaloa y de la ciudad.

El primero de mayo de mil ochocientos sesenta y tres salió de Mazatlán la primera diligencia de pasajeros con rumbo a La Noria. La compañía propietaria de este moderno medio de transporte se denominaba First American Stage. El propietario era S. P. Bowman, originario de San Francisco.  Este hombre de negocios, quien en esa ciudad era conocido como el señor Omnibús, ofreció su ayuda al gobierno para construir un camino con condiciones para que sus diligencias corrieran entre Mazatlán y Copala . 

En los viajes a Rosario las diligencias del señor S. P. Bowman, con capacidad para nueve pasajeros, partían a las cuatro de la mañana de los días lunes, miércoles y viernes; e iniciaban el viaje de regreso a la misma hora los martes, jueves y sábados. Los precios eran de seis dólares a Rosario, dos dólares cincuenta centavos a Presidio y tres  cincuenta a Aguacaliente . En los mismos días, pero a las cinco de la mañana, la diligencia efectuaba el recorrido entre este puerto y  La Noria y viceversa; el precio de pasaje era de tres dólares .

Para diciembre de ese mismo año la diligencia recorría el  trayecto diariamente . Pronto se comenzó a reparar el camino para realizar viajes hasta Culiacán; se reportó que el primer viaje de diligencia de Mazatlán a Elota se realizaría antes del primero de enero de mil ochocientos sesenta y cuatro .

El señor Adolfo Vergne fue otro empresario de los carruajes o diligencias de la localidad. Sin embargo su negocio quebró y fue rematado en almoneda pública,  razón por la cual en noviembre de mil ochocientos setenta y dos esta compañía de diligencias cambió de nombre y de propietario, para hacerse llamar Diligencias del Pacífico. Empresa en Sinaloa .

El nueve de mayo de  mil ochocientos setenta y tres, se publico en el Boletín de Debates de la Legislatura del Estado de Sinaloa un dictamen  por el que se consultaba un proyecto de decreto por el que se exoneraría de cualquier impuesto, estatal o municipal, durante cinco años a las líneas de diligencias establecidas o por establecerse en el estado.

En octubre de mil ochocientos setenta y ocho las Diligencias Generales de Occidente anunciaban sus viajes de Mazatlán a Culiacán, pasando por Venadillo, Potrero, Camacho, Quelite, Limón, Coyotitán, Piaxtla, Elota, Agua Nueva, Vinapa, Abuya, Quilá y Laguna Colorada; el precio por pasajero era de veinte pesos. Para ese entonces el destino final de la diligencia ya no era la capital del estado, sino Álamos, Sonora, hasta donde uno podía viajar por sólo cuarenta pesos. La frecuencia era de tres veces por semana .

Los servicios de las diligencias eran constantemente interrumpidos durante la temporada de lluvias ya que ante la inexistencia de puentes era imposible cruzar los ríos crecidos. Sin embargo, durante esa época, en los viajes hacia Villa Unión y Rosario, las diligencias se desviaban un poco hacia la sierra y en un punto donde el río Mazatlán se angostaba, eran subidas a una balsa  para cruzarlo . Al culminar la temporada de lluvias en octubre del año mil ochocientos setenta y ocho se publicó la siguiente noticia: “Las Diligencias del Rosario. Ha quedado nuevamente establecida la línea de Diligencias entre este Puerto y el Rosario, que estaba suspensa en virtud de la estación de aguas” .


Magnolia.

El siete de abril de mil ochocientos ochenta y dos el señor Allen, ciudadano de los Estados Unidos, dejó boquiabiertos tanto a mazatlecos como a culiacaneros   cuando logró que una melodía fuera escuchada simultáneamente en ambas ciudades. En las oficinas de telégrafos de Mazatlán la Banda del Séptimo Batallón tocó la danza Magnolia y fue escuchada perfectamente en las oficinas de Culiacán gracias al teléfono .  Ese mismo año se estableció en esta ciudad la central telefónica .


Transporte y alumbrado público.

“Carruages de sitio. Se hace indispensable que el síndico del ayuntamiento intervenga para que se fije una tarifa de precios y se observe. Son muy frecuentes los abusos de los cocheros, que cobran ad libitum, y el público, por no cuestionar pasa por ello” .

Ya para el año mil ochocientos setenta y ocho existía la Compañía del Ferrocarril Urbano, cuyo presidente era el señor Guillermo Harper. Las carretas de esta empresa eran las encargadas de dar el servicio de transporte de pasajeros dentro de la ciudad. Previamente el Ayuntamiento, al realizar la concesión, había establecido que el precio del pasaje sería de seis centavos. No obstante, esta compañía ofrecía los boletos a cinco centavos a quienes por adelantado compraban cinco de ellos .

El treinta y uno de octubre de mil ochocientos sesenta y ocho la compañía del señor Alfred Howell obtuvo la concesión para dotar a Mazatlán de alumbrado público a base de gas . Con el objeto de que la nueva compañía comenzara sus labores, el Ayuntamiento le otorgó un terreno con extensión entre seis mil y ocho mil metros cuadrados en las cercanías del panteón viejo . Los nuevos faroles a base de gas habrían de sustituir a los de petróleo.


Fotografías.

En mil ochocientos sesenta y cuatro, directo desde San Francisco, el señor A. Beaven trajo a Mazatlán los instrumentos y materiales necesarios para abrir su Galería Fotográfica declarándose preparado para tomar retratos en cualquier estilo del arte .  En julio de mil ochocientos sesenta y cinco los señores Hodapp y Zuber anunciaban en El Monitor del Pacífico la apertura de la Galería Fotográfica, ubicada en la calle Diana, frente a la Herrería Francesa. Ahí podrían los mazatlecos acudir para hacerse retratar o, si lo deseaban, comprar tarjetas postales de diversos países y ciudades. Debemos a ambas Galerías Fotográficas  las primeras fotografías de las calles,  playas e islas de nuestra ciudad y puerto.

William L Zuber era de nacionalidad estadounidense, y para el año mil ochocientos ochenta y tres él se hizo cargo de la galería fotográfica junto con su hijo, del mismo nombre. Hacia el año mil ochocientos ochenta y ocho uno de ellos fue invitado a unirse a la legación estadounidense con el cargo de vicecónsul, mismo que cumplió por un breve período .


Agua potable.

En septiembre de mil ochocientos cincuenta y nueve las caras de los mazatlecos se veían felices como nunca antes, y la plática general en las calles, plaza y Olas Altas no era otra sino el contrato que el gobierno había celebrado con el señor Minik D. Casson. El contrato aludido, con duración de cincuenta años, comprometía al empresario a introducir a la ciudad agua potable desde el río Presidio. Para esas fechas el señor Casson se encontraba en San Francisco comprando maquinaria e implementos a la vez que invitaba a inversionistas  a unirse a su empresa mediante el lanzamiento de acciones. Sin embargo la empresa del señor Minik D. Casson no prosperó.

Hasta entonces el agua que bebían los mazatlecos era de muy poca calidad, con sabor salado y cargada de impurezas. Principalmente el vital líquido provenía de depósito denominado Confite, ubicado unos veinticinco kilómetros de esta ciudad, muy cerca de Presidio . Sin embargo, la mejor agua que se distribuía en Mazatlán era la proveniente del arroyo de una de las islas cercanas, de la cual un cántaro costaba la elevada suma de veinticinco centavos .

Para el año mil ochocientos sesenta y ocho se hizo un nuevo intento de traer agua potable entubada desde el río Presidio. Los señores Ignacio C. Ocadiz, Leva, Brady y Lytle, comerciantes de la ciudad, se habían unido para llevar a cabo la empresa . El catorce de octubre de ese año el Ayuntamiento local desechó el proyecto de estos señores e hizo una convocatoria pública para llevar a cabo tan anhelado plan.

Todavía en mil ochocientos setenta y cinco la distribución de agua se hacía de la manera siguiente: “Mulas y burros también efectúan el traslado del agua para la ciudad. Este invaluable elemento es casi invariablemente obtenido de numerosas lagunas  de agua fresca en las afueras de la ciudad y consecuentemente no es de excelente calidad. Durante la temporada de lluvias grandes cantidades de agua se almacenan en aljibes en algunas de las casas, pero el grueso de la población depende de estos aguadores y sus mulas que desfilan por las calles todo el día. Cada mula carga cuatro cántaros, como de tres galones cada uno,  con un costo de quince centavos. Mucha de esta agua está fuertemente impregnada de materia vegetal  y ciertamente no se puede usar sin antes filtrarla” .

Un nuevo intento de introducir el agua potable se llevó a cabo para el año mil ochocientos setenta y seis. “Para proceder á los trabajos de la interesante obra que debe introducir á esta ciudad el agua potable, ya se ha hecho por la comisión respectiva la exploración del terreno por donde debe pasar el acueducto; y aunque juzgamos costosa y difícil la obra. No la creemos remota, atendida la buena disposición y empeño con que ha sido secundado el Sr. Arce por los ilustrados representantes de este municipio” .

En los primeros meses de mil ochocientos ochenta y uno el Congreso del Estado decretó otorgar una subvención al señor Harpper para la construcción de un pozo artesiano .  A pesar de los diversos intentos, señala la Junta Municipal de Agua Potable que no fue sino hasta el año mil ochocientos noventa cuando llegó el agua entubada a Mazatlán.





La carretera a Durango.

El veintidós de septiembre de mil ochocientos sesenta y ocho el Congreso de la Unión emitió un decreto en cuyo artículo primero estableció: “Se abrirá un camino carretero de la ciudad de Durango á la de Mazatlán, pasando por la Sierra  Madre” .

Tiempo después llegó a esta ciudad el encargado por el gobierno federal para la realización de esta obra,  ingeniero Rosalío Banda, quien se dispuso a iniciar los trabajos en los días siguientes .


El panteón nuevo.

La tarde del catorce de noviembre de mil ochocientos sesenta y ocho los integrantes del Ayuntamiento de la localidad celebraron una sesión extraordinaria en virtud de la cual se trasladaron en carruajes hasta un terreno en las afueras de la ciudad. Los acompañaban varios ciudadanos y otras autoridades. Un día antes los ediles habían acordado trasladarse a dicho sitio para la ceremonia oficial de colocación de la primera piedra de lo que sería el nuevo panteón municipal. El señor Julio Valade fue el encargado de dar el discurso oficial y, una vez concluida la oratoria, él mismo colocó la piedra angular. De inmediato los concurrentes la cubrieron de mezcla. Ahí mismo levantaron y firmaron el acta respectiva y la depositaron junto a la primer piedra del cementerio para la posteridad .  Para tal efecto se hizo una copia de dicho documento.

En la sesión ordinaria del día anterior, el Ayuntamiento había acordado colocar a la entrada del cementerio una placa de fierro con la siguiente leyenda: En nombre de la ciudad de Mazatlán. A todas las clases de la humanidad abre las puertas de esta mansión el Ayuntamiento de 1868 . No obstante, no fue sino hasta finales de marzo de mil ochocientos setenta y uno cuando la obra quedó terminada por completo .


Prostitución.

En sesión ordinaria celebrada el día dieciséis de octubre de mil ochocientos sesenta y ocho, el Ayuntamiento local acordó iniciar un proyecto de reglamento para regular la prostitución en la ciudad . 



























Las Pestes

Desde los primeros años de existencia de Mazatlán se dieron a conocer los problemas de salud a través de enfermedades en la población. Cuando el Héros llegó a estas aguas, en noviembre de  mil ochocientos veintiséis, Edmond le Netrel encontró los alrededores de Mazatlán son muy insalubres. La mitad de la población está enferma o convaleciente . Cuando Abel Aubert du Petit-Thouars ancló el Vénus en el puerto la sociedad mazatleca realizaba bailes en honor de los marineros franceses, sin embargo el capitán del navío hubo de declinar las invitaciones cuando cayó “gravemente enfermo” .

Antes de la invasión estadounidense un comerciante de la localidad tuvo la idea de construir su casa de descanso sobre una eminencia cónica, rodeada de lagunas y  a doscientos cincuenta metros de la playa, desde donde se vigilaba el camino principal. Y a pesar de tener la mejor vista de la villa, las miasmas provenientes de las lagunas obligaron a él y su familia a desistir de aquel sueño. Sin embargo aquella construcción no quedó abandonada del todo, ya que cuando las tropas estadounidenses se posesionaron del puerto, un batallón se apropió de ella y hubo de comprobar la razón por la que aquel comerciante prefirió deshacerse de la propiedad. En realidad la casona estaba infectada de pulgas las cuales poco a poco, con constantes lavados de agua salada, huyeron del lugar. Los soldados también se encargaron de hacerle reparaciones y emplastes para luego pintarla de blanco. Pronto la especie de atalaya fue conocida como la Casa Blanca. Sin embargo, antes de que esto sucediera, mordida tras mordida los insectos fueron diezmando la salud de los soldados invasores, de tal suerte que de los ciento siete soldados que tuvieron ocasión de prestar sus servicios en tal puesto, sólo uno faltó de caer enfermo .

Aunado a lo anterior, por una u otra causa, día tras día muchos de los soldados estadounidenses caían enfermos. Las fragatas estadounidenses reportaban hasta sesenta enfermos por día. La Congress prácticamente se había convertido en un hospital flotante, cuyas cubiertas se encontraban llenas de soldados enfermos .

El día veinticuatro de octubre de mil ochocientos cuarenta y ocho, con el objetivo de elevar  al gobierno del estado  seis  puntos petitorios, se reunieron en el teatro de este puerto las autoridades locales, presididas por Pedro Gama y José Antonio Aldrete, ciudadanos y comerciantes nacionales y extranjeros. La solicitud que ocupó el cuarto lugar se refería al establecimiento de un hospital. Así se hizo la petición respectiva  “Otro de los males que sufre este puerto que es de notoriedad y V. E. conoce personalmente, es la falta de un hospital de sanidad, falta más que nunca sensible en la estación de lluvias, en que puede asegurarse que cada año perece una parte muy considerable de su población. El puerto de Mazatlán que entre otras contribuciones directas é indirectas, produce cada año más de cien mil pesos, solo en las rentas que se llaman pertenecientes al Estado, que por si solo ha contribuido siempre con todo el contingente de sangre, á que debian concurrir proporcionalmente los demás pueblos del mismo estado, merece bien que á proporción de la importancia de sus sacrificios, se atiendan de alguna manera sus necesidades más urgentes entre ellas la en que se interesa mas la salubridad de su población” . Para que el gobierno del estado fundara el anhelado hospital los peticionarios rogaban se utilizara lo recaudado mediante impuestos de la Junta de Fomento del Puerto, y otros más, mismos que se desviaban hacia otros rubros. Los mazatlecos sabían que las lagunas que rodeaban la ciudad eran parte u origen del problema de salud y por ello incluían en tal solicitud “Y no hay otra cosa ni tan necesaria ni en que mas se interese la humanidad que el establecimiento de sanidad referido  y la disecación de las lagunas que en los tiempos de lluvias, son la causa mas influente de las enfermedades que se sufren en este Puerto” .

Los prospectos de gambusinos que pasaban por Mazatlán rumbo a la Fiebre del Oro, a menudo se encontraron pestes azotando el puerto.  Cuando Tomas B. Eastland llegó  a Mazatlán en noviembre de mil ochocientos cuarenta y nueve encontró “Ahora el cólera prevalece aquí, y nos priva de las buenas frutas que esperábamos disfrutar, las autoridades han prohibido su venta hasta que la salud de la ciudad se restaure” . 

Cuando el señor E. Gilbert llegó a esta ciudad en enero de mil ochocientos cincuenta reportó “El cólera, del cual todo rastro ha abandonado la ciudad, se llevó muchos cientos, principalmente de las clases bajas, pero no supe que se conservaran  datos estadísticos sobre los estragos de la enfermedad”  En efecto, lo señalado por el señor Gilbert es verdad, las autoridades no llevaban una estadística cierta de el número de personas afectadas por las enfermedades.

Entre el veinte de agosto y el veinte de septiembre de mil ochocientos ochenta y tres se reportó la muerte de trescientas veinte personas debido a la fiebre amarilla. Para el día veintiuno del mismo día de septiembre cinco soldados del ejército mexicano murieron de la misma enfermedad. Herman Evers, administrador de la fábrica de algodón que existía en las cercanías de los muelles, señala que esta enfermedad había llegado a Mazatlán en un barco proveniente de Panamá . Para septiembre del año siguiente esta enfermedad cobró  la vida de sólo cuatro personas y para octubre los estragos de habían cedido por completo. Los lugareños  parecían haberse hecho inmunes a la enfermedad ya que los nuevos casos que se reportaban eran sólo de visitantes.


El Lazareto de la isla Belvedere.

Desde mayo de mil ochocientos noventa y siete el ciudadano estadounidense Ernest H. Arnold se encontraba hospedado en el Hotel Central cuando ya cerca del mediodía del veinticuatro de septiembre el mismo jefe de la policía y dos agentes lo sacaron de ahí cubierto por dos sábanas y lo subieron a un carruaje para trasladarlo hasta los muelles. Ya ahí lo subieron a una canoa y lo llevaron a la isla Belvedere. Algunos conciudadanos del señor Arnold reportaron los hechos al vicecónsul estadounidense, Arthur de Cima,  quien horas más tarde fue a investigar lo acontecido. De sus indagatorias él encontró que el huésped de dicho hotel había sido llevado al lazareto por orden directa del Delegado del Consejo Superior de Salubridad de México,  doctor  José María Dávila. La noticia era aterradora; trece años después de haberse registrado el último caso de fiebre amarilla, una vez más ésta se hacía presente en el puerto.

El administrador del Hotel Central, Francisco Quevedo, dio por escrito su versión del caso al cónsul estadounidense Louis Kaiser: A las diez y media de la mañana del diecisiete de septiembre, en su cuarto del hotel,  el señor Arnold fue operado por los doctores J. M. Dávila y M. Carvajal. Al día siguiente permaneció en cama y un día después, domingo, aparentemente repuesto, pidió un carruaje y salió a la calle por una hora. Cuando regresó el administrador del hotel le recomendó guardar reposo. Para el lunes el hombre empezó a tener fiebre, aunque el doctor que lo vio pensó que era producto de la cirugía. El miércoles el recién operado fue auscultado por otro doctor, estadounidense de apellido Mc Hutton. Sin embargo, ninguno encontró motivos de alarma. El jueves una enfermera cuidó de él y por la mañana del viernes uno de los doctores que habían efectuado la operación fue a revisarlo de nuevo sólo para descubrir ya los síntomas de fiebre amarilla. El doctor Dávila ordenó que el estadounidense fuera llevado de inmediato al lazareto, donde fue aislado.  El hombre murió unas nueve horas después. 

Debido a que Ernest H. Arnold  era empleado de la fábrica de algodón, Herman Evers también brindó su testimonio al respecto y corroboró en esencia lo narrado por el administrador del Hotel Central . 

En realidad este hombre no fue el único en contraer la fiebre amarilla sino que tres personas más, residentes de la misma manzana de la fábrica de algodón, ya habían perecido de la misma enfermedad. Los días siguientes se presentaron  nuevos casos de la enfermedad. No obstante, con el fin de no alarmar a la población y no interrumpir el comercio marítimo, las autoridades guardaban en secreto el nuevo brote de la enfermedad y cuanta persona caía enferma era trasladada de inmediato al lazareto. 


El hospital civil.

Los esfuerzos de los mazatlecos por contar con un hospital civil se vieron coronados en enero de mil ochocientos cincuenta y cuatro cuando fue inaugurado el Hospital Civil. José María Yáñez, gobernador del estado, se había empeñado en abrir el nosocomio y toda vez que el municipio carecía de fondos, el gobierno a su cargo se encargó de financiarlo. El hospital contaba con doce camas y comenzó a funcionar en una casa rentada. El médico encargado de auscultar a los enfermos era el director del Hospital Militar , doctor Carlos Lancaster Jones, quien por sus nuevos servicios recibía cuarenta pesos mensuales.

Al año siguiente se adicionaron catorce camas más, haciendo un total de veintiséis, y más tarde había cuarenta.  Para mil ochocientos cincuenta y siete se atendieron un total de 12 452 casos, los cuales costaron al erario municipal la suma de $ 7 356.00 .




























Turbiedades de la Aduana

En su edición del año mil ochocientos ochenta y tres la Enciclopædia Britanica  brinda el siguiente concepto de nuestra ciudad: “MAZATLÁN, una ciudad y puerto de México, en el estado de Cinaloa, en la costa del Pacífico, cerca de la entrada al Golfo de California, en los 23° 18’ Latitud Norte y 106° 56’ Longitud Occidental. Ocupa una situación atractiva, pero como la mayor parte de las casas  son bajas, no tiene una apariencia imponente. El Puerto es visitado a menudo por barcos ingleses y americanos, y consecuentemente es sede de varios agentes consulares. Anteriormente se efectuaba contrabando a gran escala, mucho por las mismas líneas  que en el presente realizan tráfico legal –exportación de lingotes, tinturas y perlas e importación de bienes manufacturados de Europa y frutas  y legumbres de San Francisco. En 1878 el valor de las importaciones fue aproximadamente de £600 000 y el de las exportaciones de £500 000. La población, que contiene un gran número flotante, fue  de 12 706 en 1871”. 

En efecto, Mazatlán se dio a conocer en Europa y otros lugares del mundo no sólo por las extracciones de las minas del sur de Sinaloa y de otras partes del propio estado y del país, sino también debido a la corrupción  que imperaban en su aduana.  William Maxwell Wood señala “tiene una apariencia fresca, floreciente y de prosperidad, inusual de los pueblos mexicanos.  De ser una pequeña villa  de repente se ha erigido en toda una ciudad gracias al contrabando”...  Y,  por supuesto, no puede omitirse la prepotencia tan común de los administradores y demás empleados aduanales. Ya desde el año mil ochocientos veintinueve, en oficio del día treinta de junio, el cónsul estadounidense se quejaba al Departamento de Estado: “Ningún barco ha descargado aquí desde el pasado treinta y uno de diciembre pasado. Esto como consecuencia de la abierta hostilidad de un oficial de la aduana en contra de todo comercio con el extranjero, particularmente con el de EE. UU. El cónsul hace una queja formal de su conducta” . 

El incidente del buque de guerra Chanticleer da una clara idea de la prepotencia con que actuaban los agentes aduanales. Aunque no tan grave, otro caso nos lo brinda la siguiente nota:“El ‘W. L. Richardson’ después de haber manifestado su carga en la aduana de Guaymas se le permitió proseguir a Santa Bárbara para descargar, evitando así el doble manejo de la maquinaria  al no reembarcarlo de un barco a otro, lo cual ahorró costos y posibles daños. Esta facilidad ofrecida por las autoridades de Guaymas contrasta con los obstáculos que contínuamente ponen las autoridades de Mazatlán. Ilustrativo es la siguiente transacción realidad en éste; Recientemente maquinaria fue embarcada en el ‘Sunny South’ para la mina Picacho en Baja California. Después de entrar a Mazatlán los propietarios estaban deseosos de descargar en Ventana, Baja California, el embarcadero más cercano a la mina, y solicitaron a las autoridades dicho privilegio –el cual fue negado. Entonces los dueños ofrecieron pagar a las autoridades aduanales el precio que pagarían a un barco mexicano por transportar la carga  de Mazatlán a Ventana, para evitar  así el costo y posibles daños por descargar y reembarcar. Las autoridades consintieron  en esto. Pero aun teniendo el dinero obligaron al Richardson a descargar la maquinaria y entonces reembarcarla, ello para que los trabajadores no perdieran sus honorarios y pillaje. Este es sólo un tipo de las transacciones  de Mazatlán, y sería peor si no tuvieran un hombre como el gobernador Morales quien está en guerra continua con los oficiales de la aduana en un esfuerzo para hacerlos actuar como hombres honestos” .

William Maxwell Wood narra que cuando los barcos de carga eran avistados, desde la aduana un bote salía a su encuentro y le advertía no acercarse al puerto en tanto no recibiera una señal. Cuando todo estaba arreglado, el barco recibía la señal acordada por lo que llegaba hasta las cercanías de la isla del Crestón. El capitán del navío, o el enviado de éste, iba a la aduana y ahí efectuaban un arreglo en virtud del cual las mercaderías eran bajadas en el puerto sin que se pagaran en su totalidad los impuestos de importación. En agradecimiento el encargado del buque regalaba al aduanal cierta cantidad de dinero y depositaba  en la tesorería de la Nación un mínimo porcentaje de lo que legalmente debería de pagar por concepto de importación . El procedimiento para la exportación era similar. Grandes cantidades de metales y otros productos eran exportados desde Mazatlán sin que se pagaran los impuestos respectivos o pagando sólo un ínfimo porcentaje.  William Wood deploraba la situación del contrabando en Mazatlán y la participación de barcos ingleses y estadounidenses: “Mazatlán, en común con los puertos de Sudamérica, es el escenario de la más vergonzosa clase del robo: el contrabando de dinero.  Para evitar los aranceles de exportación, las  casas extranjeras contrabandean todo lo que desean sacar del país, y, por desgracia, quienes ayudan y fomentan tan desacreditadle proceder  son los barcos nacionales de los Estados Unidos y Gran Bretaña. Los comandantes de estos barcos hacen fortunas de los porcentajes que cobran por transportar el dinero. Esto generalmente se hace por la noche” .

El señor Colorado, residente de San Francisco, pasó una temporada en nuestro puerto y pudo comprobar la mala fama de su aduana: “El cargo de contrabandear, bienes al interior y metales y dinero al exterior, ha sido hecho repetidamente y nadie hace caso; y de hecho, ya que quien esto escribe residió una temporada en ese puerto,  el cargo es real y no puede ser negado. Los comerciantes extranjeros lo practican en forma habitual y, de hecho, es una costumbre común, y que toda persona que haya vivido ahí y ha observado las instituciones y hábitos de su gente, conoce la veracidad del cargo. Él debe saberlo porque se hace abiertamente y muchas veces a plena luz del día, cerca del edificio de la aduana, con los barcos británicos cerca” .

Circunstancias determinantes del modo de actuar de los contrabandistas y de los agentes aduanales eran los incontables pronunciamientos y asonadas que sufría  Mazatlán.  Mientras los conservadores se mantenían en el poder el contrabando se efectuaba a plena luz del día,  en tanto que cuando los liberales o republicanos tomaban las riendas del gobierno el estraperlo aunque se hacía con mayor  precaución nunca fue extinguido.

Otra de las características de la aduana decimonónica mexicana era que los aranceles podían variar de puerto en puerto, por lo cual  el administrador de la aduana cobraba las recaudaciones en forma discrecional . De ahí el que los comerciantes a menudo optaran por realizar las importaciones desde el puerto cuya aduana les cobraba los más bajos aranceles. En mayo de mil ochocientos sesenta y ocho barcos provenientes de Europa descargaron en Guaymas mercancías destinadas a las empresas Melchers Hermanos y Fernando Redo y Compañía . Desde ese puerto sonorense las mercancías fueron traídas a Mazatlán cubiertos ya los requisitos de ley.


Recaudaciones tentadoras.

Pero en la aduana local no sólo existía corrupción dentro de sus administradores y empleados, sino que la elevada cantidad de dinero recaudado tanto por exportaciones como por importaciones generaba la ambición de los militares mexicanos y a menudo fue causa de pronunciamientos por parte de éstos. Los militares se pronunciaban en contra del gobierno y lo desconocían. Entonces tomaban posesión de la aduana y durante semanas o meses, lo que durara el pronunciamiento antes de ser reprimido, cobraban los impuestos de importación o exportación respectivos . La primera reacción del gobierno de la República era emitir un decreto por el que el puerto  quedaba cerrado para el comercio por lo que quedaba prohibido exportar o importar desde aquí un solo producto.   Cuando Abel Aubert du Petit-Thouars llegó a Mazatlán el gobierno recién había cerrado el puerto al comercio el cuatro de septiembre anterior .

En noviembre de mil ochocientos setenta y uno la guarnición de la plaza se sublevó contra el gobierno de la República y tomo posesión de la aduana. De inmediato aquél declaró al puerto de  Mazatlán cerrado al comercio, en virtud del cual todo barco estaba impedido para realizar actos de exportación e importación desde este punto. No obstante, los sublevados continuaron cobrando los impuestos relativos a la importación de barcos que ignoraban o hacían caso omiso al decreto en alusión. 

Unos cuantos meses después, en mayo de mil ochocientos setenta y dos las fuerzas federales, al mando del general Rocha, tomaron el puerto y restablecieron el orden constitucional. Éste convocó a una junta de todos los comerciantes que obligados o en complicidad habían pagado los impuestos a los amotinados. Antes de huir los sublevados quemaron toda la documentación relativa a la contabilidad de la aduana, sin embargo gracias a esta junta se supo que los sediciosos habían recaudado más de medio millón de pesos .


Mazatlan’s Custom House.

En el año previo a la invasión estadounidense las importaciones y exportaciones generaban a la aduana local tres millones de dólares .  Uno de los aciertos de los invasores estadounidenses fue permitir el comercio y controlar las actividades de la aduana. H. W. Greene fue nombrado administrador de ésta, asistido por otro militar, de apellido Speiden,  y en sólo cinco meses se colectaron doscientos mil dólares. Según ellos, los comerciantes locales estaban gustosos y satisfechos de la manera en que se cobraban las tarifas aduanales ,  ya que por vez primera se sabía con certeza los impuestos que habrían de pagar y acabaron la prepotencia, turbiedades y discrecionalidad que caracterizaban a la aduana local.


































Pronunciamientos y Asonadas

Varios cientos de miles de pesos eran recaudados anualmente en la aduana local, además de los impuestos generados por el comercio en general. Y estas elevadas sumas de dinero despertaban la codicia de los diferentes grupos militares.  Fue por ello que durante el siglo diecinueve Mazatlán fue presa de un elevado número de pronunciamientos durante los cuales un determinado grupo se apoderaba de la localidad, desconocía al gobierno legítimo y organizaba la aduana a su conveniencia con el fin de cobrar los aranceles.

La primer reacción del gobierno federal era cerrar el puerto al comercio, prohibiendo toda importación o exportación a través de éste. Sin embargo, esto no era un remedio eficaz ya que el grupo que comandaba Mazatlán continuaba cobrando los aranceles, y los comerciantes, generalmente coludidos en la asonada, bajo cualquier pretexto continuaban pagándolos. Cuando las fuerzas federales lograban restablecer el orden solían encontrar que los libros de la aduana habían sido quemados o  robados por los sediciosos, intentando así que no se supiera cuánto dinero habían tomado de las recaudaciones.

La siguiente es una relación de los principales pronunciamientos que sufrió Mazatlán en apenas poco más de la mitad del siglo diecinueve:

1.- El día dos de noviembre de mil ochocientos treinta y siete se descubrió que el teniente José Ortega y el alférez  Antonio Chacón, oficiales de guardacosta, pretendían iniciar un pronunciamiento e incitaban a sus compañeros a que los secundaran. Su objetivo era exigir préstamos forzosos a los comerciantes de la localidad. No obstante, el movimiento fue descubierto y ambos fueron a parar a la cárcel. El comandante general Lino Acosta se trasladó desde Rosario al puerto para investigar los hechos y al no encontrar mayores problemas regresó a aquella ciudad 

2.- El tres de abril de mil ochocientos cincuenta y nueve las fuerzas federales al mando de Ignacio Pesqueira dan fin al pronunciamiento que el General Arteaga había encabezado desde noviembre del año anterior.

3.- El cinco de marzo de mil ochocientos sesenta y ocho el gobernador Domingo Rubí emitió en Copala un decreto en virtud del cual declaraba cerrado el puerto de Mazatlán al comercio. Con anterioridad el comandante de la plaza, general  Viviano Dávalos se había visto obligado a abandonarla junto con los oficiales de la aduana cuando un grupo armado  se posesionó de la ciudad.

4.- En noviembre de mil ochocientos setenta y uno la guarnición de la plaza se sublevó contra el gobierno de la República. El cinco de mayo de mil ochocientos setenta y dos las fuerzas federales, al mando del General Rocha, tomaron el puerto y restablecieron el orden constitucional.

5.- El último lunes del mes de febrero de  mil ochocientos setenta y uno, en el local contiguo a la administración de correos, se llevó a cabo una sesión del porfirista Club Cinco de Febrero, en virtud de la cual se renovó su directiva. La presidencia y la  vicepresidencia respectivamente quedaron a cargo de los periodistas Carlos F. Galán y J. C. Valadés. Meses después, el domingo tres de noviembre, encabezados por una banda de música militar, recorría las calles de Mazatlán un gran número de miembros de este club y ciudadanos que apoyaban las candidaturas de Porfirio Díaz y Manuel Márquez. A las diez y media de la mañana el grupo llegó al Teatro del Recreo, donde ya les esperaba más gente. El mitin del Partido del Progreso a favor de Porfirio Díaz para la presidencia de la República terminó en la expulsión de todos los oficiales federales, quienes tuvieron que refugiarse en el buque de guerra estadounidense Mohican. Los porfiristas nombraron a Mateo Magaña como gobernador del estado en sustitución de Rafael Buelna, a Francisco Cañedo como director de la aduana, Ignacio Tapia como prefecto y a Pedro Victoria como capitán de puerto . Cierto es que este caso no derivó de las recaudaciones aduanales sino de la situación política.

6.- Para octubre de mil ochocientos setenta y dos las fuerzas del gobernador y comandante militar del estado, y jefe de la División de Occidente, general José Ceballos, tenían a Mazatlán en estado de sitio. El cabecilla de los pronunciados, Francisco Cañedo, comprendió que era mejor entregarse y acogerse a una ley de amnistía promulgada ex profeso. Cañedo envió una comisión a entrevistarse con Ceballos y pactar la entrega de la ciudad. La tarde del día doce Francisco Cañedo y sus hombres se entregaron a las fuerzas constitucionales en la plaza del Puerto Viejo .

7.- La mañana del veintiséis de junio de mil ochocientos ochenta un elevado número de hombres al mando del  exgeneral Jesús Ramírez asaltó por sorpresa la guarnición de la plaza y se apropió de la ciudad.  El líder de los pronunciados  estableció un préstamo obligatorio a los comerciantes de la localidad, logrando recaudar cerca de ochenta mil pesos en efectivo más veinte mil en documentos cobrables . A pesar de contar con unos cuatrocientos hombres bien armados, Jesús Ramírez  se vio obligado a huir la noche del tres de julio luego de que el barco Demócrata de  las fuerzas federales bombardeara el cuartel donde se encontraba. El saldo del bombardeo fue un elevado número de mujeres y niños muertos ya que de los veinticuatro disparos del barco sólo tres acertaron en el cuartel mientras que los restantes veintiuno fueron a parar a las casas vecinas .


Los préstamos forzosos.

A finales de abril del año mil ochocientos cincuenta y nueve, Juan Pasador, comerciante radicado en  nuestro puerto, pero de nacionalidad italiana, cometió la majadería de suicidarse . La razón del suicidio fue un nuevo  préstamo obligatorio que le había fincado el comandante militar de la plaza. Este tipo de préstamos obligatorios con los que los militares y autoridades civiles socavaban a los comerciantes locales fueron cosa común durante el siglo diecinueve.

El mismo Ramón Corona recurrió a ellos para defender la causa en contra de los imperialistas. Días antes de que los franceses se apoderaran de Mazatlán él y sus hombres entraron en esta ciudad y tomaron cuanto dinero encontraron en la aduana además establecieron un préstamo forzoso a los ciudadanos, en especial uno de diez mil pesos a una casa de comercio que previamente había prestado igual suma a oficiales contrarios a Corona . Es de notarse que el comportamiento de los soldados de este general era distinto al de los usuales pronunciados ya que él sí tenía verdadero control de sus hombres.

En octubre de mil ochocientos setenta y dos el gobierno del estado realizó en el edificio de la aduana una junta con los comerciantes de la localidad, a quienes solicitó un préstamo de veinte mil pesos, mismos que serían destinados a socorrer las fuerzas de la federación estacionadas en lo que en ese entonces era la capital del estado, Mazatlán. El gobierno estatal pagaría a los prestamistas dicho empréstito con intereses. Sin embargo, en esta ocasión no fue posible que  los comerciantes locales reunieran la cantidad solicitada. Esto no desanimó a las autoridades estatales, quienes concedieron a los obligados comerciantes un nuevo plazo para reunir el numerario, y aun la facilidad de entregarlo en dos partidas, pero dentro del citado mes .





Dos de Ramón Corona y la Iglesia

Ramón Corona peleó contra los invasores franceses en forma independiente cuando se desligó del gobernador Antonio Rosales; hay quienes aseguran que el señor tenía un carácter muy especial. Sin embargo, no puede negarse el carisma que tenía este patriota nacido en Jalisco. El corresponsal del Evening Bulletin de San Francisco lo vio en acción y respecto a él escribió en los días previos a la invasión aludida: “Corona tenía un excelente mando de sus hombres, y sus órdenes eran no causar molestias ni a las personas ni a las propiedades. Actuaba en todos los aspectos de una manera honorable como en la guerra más ilustre,  mostraba que su único objetivo era defender su país hasta el final, y para hacerlo se valía de todo medio honroso” . 

Pero además de ser un militar patriota que no se dejaba amedrentar ni por nacionales ni por extranjeros, él era una persona que sentía respeto por la iglesia. Y con justicia y respeto se comportó en sus relaciones con la esta institución.

El ocho de octubre de mil ochocientos cuarenta y dos el obispo de Sonora, Lázaro de la Garza y Ballesteros, fundó el Colegio Seminario Conciliar de Culiacán. El cual comenzó a funcionar en la casa particular de Rafael Vega y Rábago. Cuatro años después se ubicó en una nueva sede . Sin embargo, el diecisiete de enero de mil ochocientos sesenta y uno el gobernador del estado, Plácido Vega, ordenó su clausura. Cinco años después tocó a Ramón Corona hacer justicia a la iglesia, cuando el veinticuatro de septiembre de mil ochocientos sesenta y seis ordenó que el edificio fuera devuelto a la institución religiosa para que reanudase sus labores. El seminario reabrió sus puertas el veintiséis de marzo siguiente .

La única iglesia que existía en Mazatlán era la ubicada en la parte oriente del cerro de la Nevería y su condición se describía como “la derruida capilla que existe, es un facsimil, indigno de la grandeza á que está destinada y de la categoría de esta población” .  Fue por ello que todos los sectores alentaban la construcción de un  nuevo centro de oración. Sin embargo, la obra avanzaba a pasos lentos debido a la falta de recursos. Fue entonces cuando el héroe de la guerra contra Francia entró en acción. En agosto de mil ochocientos sesenta y ocho Ramón Corona organizó una reunión con los comerciantes de la localidad y les pidió fondos para acelerar la construcción del edificio. De ellos obtuvo “donativos de consideración bastantes para el objeto indicado”  .

A decir verdad habrían de pasar varios años antes de que la nueva iglesia fuera inaugurada. Con el fin de recabar más fondos para la construcción del edificio se formó la Junta Directiva de los Trabajos de la Iglesia. Para febrero de mil ochocientos setenta y uno el tesorero de ésta, M. Careaga,  enfrentó acusaciones de no saber manejar el capital mientras que la prensa le reprochaba “Nosotros, vemos mucha tibieza en los voluntarios contribuyentes y que al paso que vamos, ni los hijos de nuestros hijos verán acabado el nuevo templo. En su conclusión está interesado el buen nombre de la ciudad, que en mengua de su cultura, ve los domingos á sus bellas hijas arrodillarse en la calle para oir misa en las espaldas del que está delante, porque de la iglesia solo ve las paredes  exteriores y oye la voz del celebrante a muy largos intérvalos”. Para su descargo, junto a esta nota de reproche, el señor Careaga hizo publicar un balance de los ingresos y egresos de la junta .


Unas merecidas vacaciones.

Otro dato curioso de la vida de este militar sucedió el día veintiséis de junio de mil ochocientos sesenta y ocho cuando necesitaba hacerse cargo de unos asuntos familiares, y creyendo que la crisis del Chanticleer ya había pasado pidió licencia para separarse durante seis meses de su puesto de comandante de la Cuarta División del Ejército. No fue sino hasta el día veintidós de julio cuando del gobierno federal recibió una negativa aduciendo la crisis del barco inglés.  Seguro de que tal problema había sido resuelto, el día catorce de agosto solicitó de nuevo el permiso, mismo que le fue autorizado el día ocho de septiembre. Su puesto lo asumió el general Donato Guerra .